Se presentan los resultados de la primera investigación arqueológica efectuada en el Mineral de Caracoles (Región de Antofagasta, Chile), la cual ha permitido identificar por medio de prospecciones y registro de los espacios y la arquitectura, los diversos sectores y distritos que componen el sitio. A partir de la confrontación de fuentes documentales y testimoniales, exponemos en este artículo una síntesis de los resultados obtenidos de nuestra aproximación, en la cual ha sido posible caracterizar materialmente y correlacionar cronológicamente los espacios identificados.
We present the results of the first archaeological research done in the Caracoles Mineral (Antofagasta Region, Chile), which has identified through surveys and registration of space and architecture, the various sectors and districts that make up the site. From the comparison of documentary and testimonial sources, we present in this article a summary of the results of our archaeological approach, in which it has been possible to characterize materially and correlate chronologically the identified spaces.
Apresentamos os resultados da primeira pesquisa arqueológica feita no Mineral de Caracoles (Regiáo de Antofagasta, Chile), que identificou através de pesquisas e registro do espaco e da arquitetura, os diversos setores e distritos que compóem o site. A partir da comparacáo das fontes documentais e testemunhais, discutimos neste artigo um resumo dos resultados da nossa abordagem arqueológica, em que foi possível caracterizar materialmente e correlacionar cronologicamente os espacos identificados.
A mediados de la segunda mitad del siglo XIX, José Díaz Gana, explorador minero radicado en Antofagasta, salió con cinco hombres desde el puerto con la misión de localizar algún mineral en los recónditos parajes del desierto absoluto. Luego de semanas de marcha, el 23 de marzo de 1870 el grupo alcanzó los cerros más tarde nombrados como la Sierra de Caracoles. Al día siguiente, los exploradores encontraron en la llamada Quebrada La Deseada abundante plata nativa: “Caracoles no era una mina, era una comarca de plata” relató Méndez, lider del equipo de cateadores (Bravo 2000). Así comienza una de las historias más esplendorosas de la minería metálica en el Desierto de Atacama.
El sitio arqueológico del antiguo Mineral de plata de Caracoles se constituyó desde entonces en el resultado de un significativo proceso histórico regional que fomentó, entre otros desarrollos sociales, el surgimiento e impulso urbano de la zona, significativas migraciones y fuertes inversiones económicas desde fines del siglo XIX y todo el siglo XX (Bravo 2000). Como bien lo señalan Pinto y Ortega: “El año 1871 nos muestra una zona ya cambiada. El descubrimiento del mineral de plata de Caracoles, el año anterior, había contribuido también a alterar el quehacer de la costa” (Pinto y Ortega 1990:116). Es así que en un periodo de tiempo relativamente corto, este extremo contexto ambiental se transformó en el escenario de un masivo asentamiento humano, presentando una particular distribución espacial a lo largo de sus cerros, llanos y serranías. De esta forma, el espacio habitado creció y se complejizó en la medida en que la migración se hacía mayor. Este proceso dejó como resultado una infinidad de restos materiales de aquellas actividades: faenas mineras de diversas escalas, rutas carreteras por parajes ahora solitarios, antiguos caseríos con abundantes vestigios materiales de sus habitantes, rastros de antiguas fundiciones, e incluso los restos de los propios caracolinos en sus numerosos cementerios.
Nuestro trabajo se encuadra dentro de la nueva dinámica de la valorización patrimonial del continente, representando en sí una novedosa fuente de información para la investigación de la historia de Chile y Bolivia durante los siglos XIX y XX1. En este artículo presentamos desde una perspectiva descriptiva las evidencias espaciales y arquitectónicas de esta ilustre historia regional, entregando una caracterización preliminar del sitio. Para ello hemos enmarcado parte de nuestra investigación en dos objetivos generales:
En términos metodológicos, se procedió de manera secuencial en la recolección de datos, empezando por la documentación histórica y continuando con prospecciones arqueológicas en los distintos sectores. En éstas se desarrollaron registros arquitectónicos y de evidencias arqueológicas en superficie, los primeros realizados en el lugar con la asistencia de un especialista (Arquitecto), mientras que los segundos a través de unidades de registro (3 x 3 m), aplicadas a intervalos regulares (20 m) en los principales basurales y de manera selectiva en determinados sectores con depósitos restringidos. Los registros incluyeron el uso de fichas específicas, considerando también un registro fotográfico sistemático y la georeferenciación de sectores, recintos y unidades (posibilitando el desarrollo de análisis espaciales en programas computacionales). Complementariamente, se realizaron entrevistas destinadas a la identificación in situ de los distintos recintos y sectores arqueológicos. Finalmente, las diferentes fuentes de información fueron discutidas desde una perspectiva comparativa.
El Mineral de Caracoles se sitúa “en pleno desierto de Atacama, al Sureste del cerro del Limón Verde” (Labastie 1901:6), en la comuna de Sierra Gorda, Región de Antofagasta, Norte grande de Chile (Figura 1). El sitio se ubica al interior de una amplia zona climática clasificada como “Desértico Normal”, la cual se caracteriza por limpidez atmosférica, baja humedad relativa, fuerte oscilación diaria de temperatura y ausencia casi absoluta de precipitaciones. Esas características climáticas implican una gran aridez, de manera que en Caracoles está ausente todo tipo de vegetación (Fuenzalida Ponce 1965). El área de la ocupación del Mineral corresponde al sector Sur-central de una unidad geográfica menor: el horst de Limón Verde-Caracoles, la que a su vez forma parte de otra unidad morfo-estructural regional: la precordillera o Cordillera de Domeyko (Montaño 19706). El distrito geográfico de Caracoles puede describirse como un cordón montañoso central alongado con una orientación Norte-Sur aproximada, y con una disminución de la elevación hacia la periferia del área, donde en general se encuentran zonas tipo llanura, especialmente al Norte y Oeste (Cabello 1978:6). Dos quebradas mayores cortan el relieve arriba descrito: Quebrada La Descubridora, al Este de los cerros de Caracoles, y Quebrada Honda, al Sur de los mismos (Cabello 1978:6). A pesar de lo anterior, en términos hidrológicos, el área se ubica en una región arreica caracterizada por la ausencia de escurrimiento superficial (Cabello 1978:8), constituyendo un escenario de dramática sequedad, lo que ha permitido que los vestigios materiales de su extensa historia minera se hayan conservado de manera bastante óptima.

Como punto de inicio, es necesario considerar que la historia del Mineral comprende una serie de ocupaciones, que de acuerdo a la década de que se trate, pueden relacionarse a determinados sectores (con diferencias entre los espacios habitados). Por esta razón es importante comenzar realizando un esbozo histórico de las diferentes “secciones o distritos” que conformaron el mineral, con el fin de generar un marco espacial en el cual situar las evidencias materiales.
Sólo dos años después del descubrimiento de Caracoles, el delegado en el Departamento del Litoral del Supremo Gobierno de Bolivia, señalaba en su informe que dicho mineral, situado a 20 leguas al Sur de Calama, se dividía en “tres secciones denominadas 1°, 2° i 3° Caracoles” (El Ferrocarril, sábado 9 de marzo de 1872). Asimismo, el punto de división del mineral en las mencionadas secciones, se encontraría en la “sierra baja que se interpone i que se le llama la Isla”, la cual intersecta “la serranía que corre de norte a sur por más de diez leguas”, escenario principal del Mineral de Caracoles (El Ferrocarril, sábado 9 de marzo de 1872). De forma parecida, el Ingeniero Carlos Plisson en su informe sobre Caracoles, señalaba que el mineral se conformaba del “1°, 2°, 3° y 4° Caracoles” (El Copiapino, 11 mayo de 1872). También señalaba que el Primer Caracoles se ubicaba en una alta sierra orientada de Norte a Sur, conformada por “una infinidad de lomas más o menos altas” (El Copiapino, 11 mayo de 1872), mientras que Caracoles Segundo se localizaba en los macizos de cerros ubicados al Sur de la anterior. Asimismo, Caracoles Tercero se encontraba en una pequeña y alta sierra, también orientada de Norte a Sur, existente sobre “una pampa espaciosa i alta” emplazada unas siete leguas al Sur de Caracoles Primero (El Copiapino, 11 mayo de 1872). Como puede observarse, el Ingeniero Plisson agrega la existencia de un cuarto sector en la ocupación del sitio, mientras que la variabilidad en la cantidad de sectores del mineral constituye un elemento siempre presente en las descripciones de la época. Felipe Labastie, por ejemplo, señalaba la división del mineral en cuatro “secciones”, denominadas Primero, Segundo, Tercero y Cuarto Caracoles, mientras que más adelante menciona la existencia de cinco secciones, denominadas Placilla Norte, Placilla de la Isla, el grupo de minas San Juan o “2° Caracoles”, las minas ubicadas en la Sierra de Orengo o “3° Caracoles i el 4° Caracoles, allá en la extremidad sur de sus límites” (Labastie 1901:307). No obstante lo anterior, en la descripción de límites, Labastie se inclina por la división en cuatro “secciones”, señalando que por Caracoles primero se entendía “Placilla norte que comprende todos los grupos de minas que se encuentran al norte de Quebrada Honda”; por Caracoles segundo, “Placilla de la Isla, que tiene por límites Quebrada Honda por el norte, San Juan por el naciente, el Centinela por el sur y el llano por el poniente”; mientras que por “tercero i cuarto Caracoles”, varios grupos de minas ubicadas al Suroeste del Grupo de La Isla, con límite Sur en la mina de cobre “Flor en el Desierto”, Ubicada siete leguas al sur del mencionado grupo (Labastie 1901:6). Ahora bien, Labastie menciona que existian distintas versiones para la designación del Segundo y Tercer Caracoles, señalando que el Grupo de La Isla debiera ser el Tercer Caracoles, mientras que el grupo de minas de San Juan el Segundo (Labastie 1901:72), aunque muchas personas denominaban al “distrito” de la Isla como Segundo Caracoles (Labastie 1901: 307).
Por su parte, una vez finalizada la Guerra del Pacífico (1879-1883) se crea bajo gobierno chileno la Provincia de Antofagasta, conformada por tres departamentos y con Caracoles como capital departamental (Labastie 1901:11). Posteriormente, en el contexto de la entrada en vigencia de la ley del 22 de diciembre de 1891 (comuna autónoma), el mineral es reorganizado en términos administrativos durante 1892 (Labastie 1901:11). La nueva Subdelegación 6* de Caracoles presentaba así entonces como límite Norte “una línea recta imajinaria que, partiendo de Limón Verde en dirección sureste, pase por las aguadas de la Providencia i termine en el punto denominado el Bordo; por el este, el meridiano 68,30; por el suri este, con los límites de las subdelegaciones 4a i 5a” (Labastie 1901:11). En el contexto de la nueva administración chilena de la región, la subdelegación se dividió en seis distritos. El primer distrito o de La Placilla, comprendía “la parte de la población al norte de la calle Mineros”; el segundo o de San José, “la parte de la población existente entre la calle Mineros, la quebrada de San José y el grupo de la Blanca Torre”; al distrito tres o de la Deseada, pertenecía “el grupo mineral de este nombre y el de Bellavista”; mientras que al cuarto o de Quebrada Honda, correspondían “los grupos mineros de Quebrada Honda, Fortuna y Sudamérica”; el distrito quinto o La Isla, comprendía “el pueblo de este nombre i grupo mineral”, así como también el de “San Juan, Julia, Tercero y Cuarto Caracoles”; y, por último, el sexto distrito de Aguas Dulces, que comprendía la Aguada de este nombre, limitando “por el norte y este con los confines de la subdelegación” (Labastie 1901:11). Como se puede observar, éste es el segundo modo de ordenamiento espacial del mineral de Caracoles referido en las fuentes documentales, indicando en detalle los elementos que conformaban cada uno de los distritos. No obstante lo anterior, la división espacial en “cuatro Caracoles” representa la más extendida de las visiones históricas respecto de la espacialidad de este sitio arqueológico.
En este contexto, es Luis Risopatrón quien entrega la más precisa de las descripciones, señalando incluso la ubicación de los sectores en términos de latitud y longitud (Risopatrón 1924). Según él, el Primer Caracoles se habría Ubicado en los alrededores del cerro La Deseada, en los 23° 02' Lat. Sur y 69° 01' Long. Oeste, constituyendo el sector de mayor importancia en el contexto del mineral (Risopatrón 1924:699). Por su parte, el Segundo Caracoles o Mineral de La Isla, se habría ubicado entre la quebrada Honda y la del Centinela, en los 23° 05' Lat. Sur y 69° 05' Long. Oeste (Risopatrón 1924:838). El Tercer Caracoles (“grupo mineral”) se habría ubicado frente al cerro Centinela, 10 km al Suroeste del Grupo de La Isla, en los 23° 07' Lat. Sur y 69° 07' Long. Oeste (Risopatrón 1924:8706). Finalmente, el Cuarto Caracoles (“grupo mineral”) se habría ubicado en un “morro” al Suroeste del Cerro Centinela, unos 8 km del grupo anterior, en los 23° 11' Lat. Sur y 69° 08' Long. Oeste (Risopatrón 1924:269).
Finalmente, es importante precisar la distribución de las diferentes faenas. Ciertamente su distribución debió obedecer al emplazamiento de la riqueza argentifera, generando un mapa de explotaciones según la distribución del mineral. El propio Labastie señalaba la existencia de tres “grandes corridas o vetas reales”, además de ciertos “grupos de minas, todos ellos divididos por llano o cerros” (Labastie 1901:69). Éste es el marco espacial que utilizaremos en la descripción del sitio arqueológico del mineral de Caracoles, considerando dentro del esquema de sectores, los vestigios arqueológicos registrados en el área.
Durante el año 2008 realizamos prospecciones en el área, registrando diversos tipos de evidencias arqueológicas y determinando la existencia de diferentes sectores del sitio arqueológico. Las referencias históricas, por su parte, nos permitieron identificar determinados sectores registrados en un extenso cuadrante de más de 25 km. Esta información fue cruzada con las propias interpretaciones de los sectores hechas in situ por un informante que trabajó durante la década de 1950 en el mineral.
Según Labastie, la extensión del mineral, “considerando su longitud desde Bellavista hasta el Cuarto Caracoles i su latitud desde el grupo de minas denominado 'Todos Santos' hasta el grupo de la 'Mariana', abarcaría una superficie de 500 km2, bajo la forma de una paralelogramo, dentro del cual existen tres grandes corridas o vetas reales, i grupos de minas todos ellos divididos por llano o cerros” (Labastie 1901:69). Si bien estos vestigios presentan una distribución heterogénea en el espacio, presentando zonas donde son inexistentes, los principales sectores registrados corresponden a agrupaciones de restos arqueológicos de tipos diversos, separados por determinados hitos geográficos. De este modo, existen áreas de agrupación de antiguas minas, zonas de minas dispersas, antiguos poblados o placillas (conjuntos de estructuras habitacionales), lugares de fundición, etc., siendo posible diferenciar entre los restos arqueológicos de faenas extractivas (contextos productivos) y aquellos asociados a la cotidianeidad (contextos habitacionales). En nuestra descripción de los sectores arqueológicos, comenzaremos por el mayor de los cuatro Caracoles.
El primer Caracoles, considerado desde un comienzo como “el asiento principal” por las autoridades bolivianas (El Ferrocarril, 1872) y el de “mayor importancia dentro del grupo de Caracoles” (Risopatrón 1924:699), comprendía una serie de minas y caseríos, emplazados en los alrededores del cerro La Deseada (Risopatrón 1924:139). Las descripciones señalan que por Primer Caracoles “se entiende la Placilla Norte, que comprende todos los grupos de minas que se encuentran al norte de Quebrada Honda” (Labastie 1901:6-7). De esta forma, Placilla Norte representaba el más importante contexto habitacional del primer Caracoles (Figura 2), convirtiéndose en capital administrativa y residencia de las autoridades bolivianas (Bravo 2000:49). Tal fue su importancia, que en 1873 habría llegado a tener plazas, calles delineadas, iglesia, subprefectura, casa de correos, recova, cárcel, cuartel, juzgado, hospital, lazareto, cementerio, matadero, teatro, cuartel de bomberos, dos hoteles y grandes casas de comercio (Bravo 2000:49). En este sector, la “quebrada del Correjimiento”, que se iniciaba en las llamadas “goteras de la población de Placilla norte”, correspondía a “una calle muy animada, de dos kilómetros de estensión i llegaba hasta los cerros de la Perseverancia” (Labastie 1901:11). Asimismo, dos grupos de minas presentaban contextos habitacionales comprendidos por Placilla Norte, constituyendo parte esencial del Primer Caracoles. El grupo de La Deseada, que habría formado “un verdadero pueblo”, poseía casas para administración de las minas, “almacenes i vastas i cómodas dependencias”, así como también “varias calles bordadas de casas en las que vivía la jente trabajadora”, asemejándose “a una colmena humana” (Labastie 1901:11). Finalmente, el grupo de Casa de Tabla, además de minas, habría llegado a tener “fuertes casas compradoras de metales, casa comercial, estación de carretas”, formando “el conjunto de otro pueblo” (Labastie 1901:11). Comenzaremos la descripción arqueológica del primer Caracoles por este último sector.

Según Labastie, los viajeros que hacia fines del siglo XIX deseaban llegar al Mineral de Caracoles, debían dejar la estación de Sierra Gorda, siguiendo rumbo recto al oriente durante 42 km, por un camino carretero bastante suave, hasta llegar al grupo de minas denominado “Casa de Tabla” (23° 01' Lat. Sur y 69° 02' Long. Oeste), ubicado en la base de los cerros de Caracoles (Labastie 1901:6). En este punto es posible observar numerosas faenas de extracción (piques y socavones), así como estructuras constituidas principalmente por muros pircados, todos asociados a múltiples y abundantes materiales en superficie, Este conjunto de recintos y antiguas minas se ubican en una amplia dispersión espacial, conformando un área irregular con un eje predominante de 605 m con orientación Noroeste-Sureste. Es la propia tradición oral local la que identifica este punto como el grupo Casa de Tabla, situación que fue ratificada in situ durante la visita al sitio de Don Fortunato Ahure, quien trabajó en el lugar en la década de 1950. Este sector se emplaza a unos 2,78 km al Noroeste del conjunto principal de estructuras denominado Placilla Norte. En Casa de Tabla además de numerosas minas, habrían existido importantes almacenes y depósitos de la “Compañía Comercial de Caracoles” (alimentos y agua), así como el consulado de la República de Chile (Bresson 1875:39).
Ocupando el lecho seco y plano de la quebrada, identificamos también la existencia de numerosas estructuras conformadas por muros pircados2 y planta rectangular, asociadas a grandes muros perimetrales. En el caso del sector Casa de Tabla, si bien las numerosas minas evidentemente remiten a una orientación minera extractiva, también existen otros tipos de evidencias y contextos arqueológicos probablemente asociados al núcleo comercial y estación de carretas que habría existido en el lugar (Labastie 1901:11). Resulta probable que este conjunto de estructuras presente una importante asociación espacial con el camino de carretas que conducía a Placilla Norte de Caracoles. Sin embargo, esta posibilidad presenta una dificil evaluación, considerando que desde hace décadas ciertos caminos han sido reutilizados como caminos vehiculares. En síntesis, con Casa de Tabla en la base de los cerros, el camino hacia Placilla Norte representaba un ascenso hacia los cerros de Caracoles. Desde esta zona y hasta “la cabecera de la Comuna, la subida es algo más brusca, pero en ningún punto es superior a 6 por ciento” (Labastie 1901:6), constituyendo la continuación del camino que el viajero había iniciado en la “aldea de Sierra Gorda” (Risopatrón, 1924:843). De esta forma, llegamos al sector más importante del poblamiento del Mineral, denominado Placilla Norte o Placilla de Caracoles.
Según Risopatrón, el histórico poblado que constituyó la “cabecera de la Comuna” se habría emplazado en un “sitio desigual”, al pie del mineral del mismo nombre, en los 23° 02' Lat. Sur y 69° 03' Long. Oeste, a una altitud de 2.865 m.s.n.m. (Risopatrón 1924:139). No obstante lo anterior, los restos arqueológicos de Placilla Norte o de Caracoles se ubican en los 23° 02' Lat. Sur y 69° 00' Long. Oeste, en los faldeos occidentales del Cerro Deseada de Caracoles a una altitud que varía entre los 2.736 y 2.760 m.s.n.m. Este sector se compone de una serie de vestigios entre los que se cuentan, además del antiguo poblado, varios basurales, cementerios, minas y una planta industrial, siendo identificado por la propia tradición local como Placilla Norte de Caracoles. La Placilla, centro neurálgico del Primer Caracoles, habría contado desde la década de 1870 con ordenadas casas de madera y lata, iglesia, plaza, hoteles, sucursales de casas comerciales y edificios administrativos (Bresson 1875:38), así como diversas edificaciones, servicio de correos, telégrafo, registro civil y escuelas públicas hacia el cambio de siglo (Risopatrón 1924:139), dando cuenta de un asentamiento humano bastante complejo, que produjo diversas y abundantes evidencias arqueológicas relacionadas a diferentes épocas históricas. A continuación, describimos parte de los diferentes tipos de contextos que conforman este sector del sitio.
En primer lugar, es posible observar vestigios de un extenso sector habitacional, correspondiente a los restos del legendario poblado del siglo XIX, emplazados en el punto de unión de dos quebradas tributarias. En este lugar existe un importante conjunto de recintos habitacionales de muros pircados (Figura 3), varias plataformas o aterrazamientos de la superficie (es decir, espacios rectangulares o cuadrangulares aplanadas, en ciertos casos con elevación respecto del suelo), sobre las cuales pudieron haber existido casas de madera o calamina3, así como varias vías de circulación que ordenan los anteriores elementos en manzanas e hileras irregulares. Según Don Fortunato Ahure, este tipo de restos de viviendas ya eran evidencias arqueológicas en la década de 1950. Los mencionados recintos habitacionales y aterrazamientos (e.g. planta ortogonal) se acomodan a la caprichosa topografía del entorno, ocupando un área aproximada de 165.000 m2. En esta extensa zona es posible discriminar tres sectores principales, entre los cuales destaca un cuadrante central, ubicado sobre las dos quebradas.

Este extenso cuadrante central (23° 02,28242' Lat. Sur y 69° 00,36935' Long. Oeste) presenta numerosas estructuras habitacionales dispuestas en un espacio de 352 x 466 m. En este espacio, si bien las estructuras habitacionales se agrupan en torno a un perímetro de superficie despejada (a modo de plaza), que ocupa el centro del plano inclinado, los restos constructivos se prolongan hacia el Oeste, descendiendo por el fondo de la amplia quebrada. En el cuadrante central es posible observar recintos de muros pircados, así como los mencionados aterrazamientos de superficie en algunos puntos. Por su parte, las construcciones y aterrazamientos presentan un ordenamiento dado por varias calles, evidenciando las trazas de un verdadero pueblo. Esta extensa área con restos habitacionales evidencia, además del cuadrante central, la estrecha asociación de dos quebradas con restos de antiguas viviendas. Como se mencionó, las estructuras de muros pircados, así como los aterrazamientos de superficie para instalar casas (posteriormente desmanteladas) existentes en estas quebradas, constituyen los restos de un solo poblado.
En el corazón del poblado, ocupado durante el siglo XIX, fueron registrados los restos arquitectónicos de las instalaciones construidas por el Instituto de Fomento Minero de Antofagasta (IFMIA) en la década de 1930 y reocupadas por la Corporación de Fomento a la Producción (CORFO) en la década de 1950, las que se componen básicamente de un área habitacional y otra industrial. Durante la visita realizada al sector junto con Don Fortunato Ahure, fue posible identificar las casas de la jefatura, donde vivían el administrador y los capataces, correspondiendo a cuatro casas con paredes y bases de cemento. A un costado de éstas se ubicaba la fonda o casino, y frente a ella, en el espacio despejado, la cancha de fútbol utilizada durante la década de 1950. En las cercanías del casino y las casas, pero en el lado opuesto al de la cancha, fue identificado el garaje, e inmediatamente al Norte de éste, se ubicaban las viviendas de los trabajadores. Éstas estaban construidas sobre aterrazamientos de piedra y cemento dispuestos en corridas paralelas sobre la pendiente de la ladera, y estaban hechas de madera. Unos metros al Norte se encuentran los restos de lo que fue la Posta Médica. Finalmente, fueron registrados un pequeño recinto de cemento que habría sido parte de un estanque de agua, y la Casa de Fuerza, Ubicada al Norte del anterior.
Por Último, la planta industrial de Caracoles representa uno de los sectores de mayor complejidad arquitectónica del sitio, siendo altamente visible desde su emplazamiento sobre un lomaje. La planta de Caracoles, totalmente erigida de hormigón y cemento, se ubica vistosamente a unos 90 m al Noreste de la Casa de Fuerza, presentando varios silos de concreto utilizados como estanques y restos arquitectónicos de la Administración y Casa de Química, con sus canchas de acopio al Norte del lomaje. Emplazada en los 23* 02,167” Lat. Sur y 69* 00,207” Long. Oeste, representa uno de los sectores emblemáticos en la reocupación del Mineral durante el siglo XX. La superficie construida ocupa un área de 4.200 m2*, así como unos 103 m de longitud en sentido Noroeste-Sureste y 56 m en sentido Suroeste-Noreste.
El antiguo poblado presenta además otros tipos de vestigios que dan cuenta de la magnitud del poblamiento en el lugar. Se trata de tres cementerios denominados por nosotros Cementerio Caracoles 1, 2 y 3, así como dos importantes basurales arqueológicos.
El más importante de los cementerios, en términos de esfuerzo arquitectónico asociado, así como por la cantidad de entierros, es el que hemos denominado Cementerio Caracoles 1. Éste se ubica a los pies de la serranía que flanquea por el Norte la quebrada de Casa de Tabla y Placilla de Caracoles. El cementerio presenta un perímetro rectangular (irregular), delimitado por un muro pircado y con un acceso orientado al Sureste (hacia la propia Placilla de Caracoles), a modo de portería, conformado por cuatro columnas de madera y lata ondulada, y tres vanos para el ingreso. En el interior se encuentran numerosos ataúdes y restos esqueletales expuestos, que en muchos casos conservan adherencias orgánicas como vestimentas y tejidos blandos (conservados por la extrema sequedad ambiental), siendo posible observar dos tipos de entierro: ataúdes colocados directamente en el sustrato excavado, o bien dentro de cámaras construidas bajo el nivel de la superficie, utilizando madera y latas onduladas (que revisten la propia excavación). Por último, registramos el mausoleo de los bomberos de Caracoles, correspondiendo a una estructura semi-subterránea de madera revestida por lata lisa y ondulada, así como delicadas terminaciones decorativas en madera, ubicada unos 22 m al Noroeste del acceso. Lamentablemente, el Cementerio Caracoles 1 fue salvajemente saqueado durante la década de 1990, constituyendo un importante caso de destrucción patrimonial.
Al Noreste del extenso contexto habitacional descrito, en las cercanías del más extenso de los basurales arqueológicos de Caracoles y sobre un plano inclinado surcado de pequeños lomajes y quebradas, se encuentran dos cementerios que hemos denominado 2 y 3. El Cementerio Caracoles 2 (23° 02,03422' Lat. Sur y 69° 00,26821' Long. Oeste) se emplaza sobre el lecho de una pequeña quebrada con orientación Noroeste-Sureste, a una altitud de 2.725 m.s.n.m. En este caso, no es posible observar muros perimetrales de ninguna especie, mientras que los numerosos enterratorios observados resultan bastante sencillos, sin enrejados, ni estructuras de madera o concreto. Por su parte, el Cementerio Caracoles 3 (23° 02,11284' Lat. Sur y 69° 00,19305' Long. Oeste) se ubica sobre una pequeña quebrada, unos 125 m al Sureste del anterior, en un área de 72 x 50 m, colindante con el Basural Arqueológico 1. Al igual que en el caso anterior, no es posible observar muros perimetrales, estructuras de portería, enrejados o cercos para ataúdes, ni cámaras funerarias. Este cementerio, interpretado localmente como “Cementerio de Chinos”, resulta comparativamente bastante más informal que el primero, siendo reconocido como un sector muy antiguo por quienes trabajaron en el mineral en la década de 1950 bajo la explotación de CORFO.
En cuanto a los basurales, es Placilla Norte la que posee un enorme potencial de información arqueológica contenida en sus dos principales basurales. El Basural Arqueológico 1 (23° 02,15444' Lat. Sur y 69° 00,15659' Long. Oeste), se emplaza inmediatamente al Sureste del tercer Cementerio y 300 m al Noreste del contexto habitacional, sobre suaves lomajes y pequeñas quebradas. Este basural presenta una extensa dispersión de materiales (especialmente en el fondo de pequeñas quebradas), ocupando un área de 12.800 m2 y con un eje de 231 x 196 m (en sentido Noroeste-Sureste y Este-Oeste respectivamente). Sobre la superficie es posible observar una alta densidad y variabilidad de objetos, tales como fragmentos de vidrio, metales, loza, porcelana, textiles, restos óseos y papeles. Por desgracia, la profundidad del depósito ha quedado expuesta debido a las excavaciones realizadas por anónimos saqueadores. Según Don Fortunato Ahure, el área mencionada era ya un basural histórico por aquel entonces, señalando que la basura producida en su época era sepultada con los propios subproductos del proceso industrial. Asimismo, señala que muchos de los objetos y productos existentes en el basural, no estaban en uso en la década de 1950 (siendo considerados “antiguos” ya en aquellos años).
El Basural Arqueológico 2 (23° 02,23451' Lat. Sur y 69° 00,32379' Long. Oeste) se emplaza en el fondo de una pequeña quebrada que discurre de Noroeste a Sureste, inmediatamente al Norte de los vestigios habitacionales del poblado. En este caso es posible observar una dispersión de objetos arqueológicos a lo largo de 300 m. A diferencia del anterior, este basural no presenta evidencias visibles de saqueo patrimonial, por lo que resulta probablemente un mejor depósito en términos de representación material.
Una de las características principales del Mineral de Caracoles como sitio arqueológico, es que las evidencias de extracciones mineras se encuentran ampliamente distribuidas por los alrededores de cada sector. De esta forma, desde Placilla Norte es posible observar una gran cantidad de faenas o minas arqueológicas, representadas por piques y socavones, agrupadas principalmente al Este y Sur del poblado, sobre los faldeos de la extensa serranía existente. De este modo, se configura una irregular área cercana a los 8 km2, donde encontramos un gran número de piques y socavones, los que se agrupan en el espacio evidenciando al menos tres ejes paralelos de dirección aproximada Norte-Sur.
El primero de ellos corresponde a una clara agrupación de minas en los faldeos occidentales de la citada serranía, ocupando un espacio de largo aproximado de 4 km. En ella hay un gran número de piques y socavones, de profundidades considerables, y asociados a canchas de chancado, estructuras habitacionales y muros de contención, conformando un área aproximada de 2,1 km2. Es probable que estas evidencias constituyan en conjunto la legendaria “Gran Corrida de Caracoles”, que se extendía desde Quebrada Honda hasta las minas “Resurrección i Buenos Aires” por el Norte (Labastie 1901:69).
Separada de la anterior por más de 1 km, es posible observar una segunda agrupación de faenas extractivas. En este caso, los restos se distribuyen de acuerdo a un eje de aproximadamente 3,2 km de largo, ocupando un área de 0,99 km2. Tal como en el caso anterior, es posible observar faenas extractivas de gran magnitud, claramente asociadas con elementos constructivos (e.g. canchas de chancado, estructuras habitacionales y muros de contención). En base a la información geográfico-histórica disponible, nos encontraríamos probablemente ante “el filón de corrida “Flor del Desierto” (Labastie 1901:70), de gran importancia en la historia del Mineral, considerando que habría entregado “casi la mitad de la producción de todas las demás corridas i grupos de Caracoles” (Labastie 1901:69).
Por último, es posible observar otro eje agrupador de antiguas faenas de extracción, ubicado sobre los faldeos orientales de la mencionada serranía y también separado del anterior por más de 1 km lineal, el cual presenta una dispersión de las evidencias de minas a lo largo de 3,1 km, ocupando un área aproximada de 0,91 km2. Considerando las menciones históricas de tres “grandes corridas o vetas reales” (Labastie 1901:69), las que se encuentran respaldadas por estudios mineralógicos relativamente recientes (Cabello 1978:40), existe la posibilidad de que este tercer eje corresponda a la antigua “corrida Descubridora” (Labastie 1901:70), la cual se habría emplazado “en la falta oriental de la misma serranía, paralela i al este de la corrida Flor del Desierto” (Labastie 1901:70). A pesar de lo anterior, la identificación particular de cada uno de los sectores con restos de faenas extractivas, así como la descripción arqueológica cabal de éstas, es un trabajo de gran magnitud que aún queda por hacer.
El llamado “Grupo de La Isla” o Segundo Caracoles constituye un importante conjunto de restos relacionados fundamentalmente con un antiguo poblado, así como con múltiples y antiguas minas. Según Labastie, el Grupo de La Isla se habría ubicado al Suroeste de la Placilla Norte, a unos 6.930 m de ésta, y a una altitud de “2.604 metros sobre el nivel del mar, i por consiguiente a 200 m en desnivel inferior de la Placilla norte” (Labastie 1901:309). De igual modo, señala que “al noroeste de la desembocadura de la quebrada de San Juan al llano, se encuentra el gran grupo de minas denominado “Grupo de La Isla”, cuyos cerros parecen “islotes en medio de un llano” (Labastie 1901:71). Asimismo, el llamado “mineral de la Isla” se habría ubicado “sobre unos cerritos aislados de la serranía principal, cuya base en esta parte, parece la ribera de un lago antiguo” (Labastie 1901:308). De esta forma, la ubicación de “las minas i población que forman el grupo (...) dentro i sobre estos cerros”, habría motivado la denominación de este sector del sitio como “Isla de Caracoles” (Labastie 1901:308). El propio autor indica los límites de este sector: “Quebrada Honda por el norte, San Juan por el naciente, el Centinela por el sur y el llano por el poniente” (Labastie 1901:6).
En este sector del sitio se construyó un importante poblado que habría tenido una “calle “Comercial”, de uno i medio kilómetro de largo” mientras “sus calles adyacentes se estimaban a igual extensión” (Labastie 1901:14). Por su parte, la población residente habría alcanzado los 4.000 habitantes al considerar también “los grupos circunvecinos de San Juan, Julia, Sierra Espejo i 4° Caracoles” (Labastie 1901:14). Asimismo, se desarrolló un gran número de importantes “casas destinadas a la esplotación de las minas”, las cuales “coronaban los cerros” de este sector del sitio (Labastie 1901:14). De esta forma, en base a la importancia y magnitud que el Grupo de La Isla habría alcanzado, en términos de su desarrollo y poderío económico, habría pretendido “eclipsar la importancia de la Placilla norte”, solicitando “independizarse” de la anterior a través de su “propia administración, pero quedó i será siempre un arrabal de Caracoles” (Labastie 1901:14).
Lo anterior resulta evidente al considerar los vestigios arqueológicos existentes en este sector en particular, En efecto, el Segundo Caracoles o Grupo de La Isla, presenta una fuerte concentración de faenas extractivas o minas arqueológicas, emplazadas fundamentalmente en las laderas de los cerros contiguos al poblado o placilla. Donde el amplio llano se une con las laderas meridionales de éstos, es posible observar los restos materiales de lo que fue el principal contexto arqueológico habitacional del sector. Asimismo, el sector se compone de una buena cantidad de evidencias de faenas extractivas (piques y socavones), distribuidas ampliamente por los cerros contiguos a este espacio nucleado. Según Risopatrón, el Segundo Caracoles o “Mineral de La Isla”, se habría ubicado entre la “quebrada Honda” y la “quebrada del Centinela” (Risopatrón 1924:433), emplazándose en los 23° 05' Lat. Sur y 69° 05' Long. Oeste (Risopatrón 1924:838). Si consideramos por separado los contextos arqueológicos correspondientes a las faenas y aquellos del antiguo poblado, las primeras ocuparian un área nuclear de 0,66 km2 y las segundas unos 0,28 km2. Completan el panorama numerosas minas históricas individuales y aisladas, desperdigadas por los alrededores de la mencionada área nuclear. A continuación nos centraremos en la descripción de la legendaria Placilla de La Isla.
El poblado corresponde a un conjunto de restos habitacionales, basurales y un cementerio, ubicados en los 23° 05' Lat. Sur y 69° 03' Long. Oeste. El emplazamiento de estos restos varía entre los 2.514 y 2.547 m.s.n.m., aunque según Risopatrón la “Placilla de La Isla” habría presentado una altitud de 2.758 metros (Risopatrón 1924:166). De todas maneras, en “Placilla de la Isla” es posible observar diversos tipos de estructuras de muros pircados, a veces canteados, así como los denominados aterrazamientos, sobre las cuales probablemente se erigieron estructuras de madera y calamina. Asimismo, entre los diversos tipos de estructuras pircadas, de planta rectangular y cuadrangular, es posible observar la utilización de adobe (en determinadas porciones de los muros). Estas constituyen las únicas evidencias arquitectónicas de los sectores habitacionales del poblado de La Isla, que se encuentra en su mayoría derruida o desmantelada.
Por su parte, las estructuras pircadas y los aterrazamientos evidencian una organización espacial en torno a un eje de circulación principal, actualmente transformado en camino vehicular, el cual presenta una orientación general Este-Oeste y una longitud de 985 m. La placilla no presenta una planta ortogonal clara, sino que la estructuración de los espacios habitacionales (o de otras funcionalidades) parece haberse dado en asociación al eje principal de circulación interna. Resulta bastante complejo poder identificar otras vías de circulación interna (e.g. calles), así como un claro patrón de organización del espacio habitacional en la placilla, donde solamente se esbozan irregulares conjuntos de viviendas. No obstante lo anterior, es posible observar estructuras y aterrazamientos en ambas veras del camino, elementos que se desperdigan hasta unos 120 m y 193 m al Norte y Sur de éste, respectivamente. La principal concentración de los restos de viviendas, presenta una longitud de 541 m con un sentido Este-Oeste aproximado, resultando bastante evidente la estrecha asociación de los mencionados aterrazamientos con el camino que articula este sector. Cabe la posibilidad de que el mencionado eje corresponda a la histórica “calle comercial”, mientras que es preciso identificar las “calles adyacentes” (Labastie 1901:14). Por otra parte, resulta bastante interesante notar la existencia de un espacio despejado, ubicado entre estructuras pircadas en determinado punto (al Sur del camino articulador). Este tipo de elemento también fue observado en el caso de Placilla Norte de Caracoles.
Si bien los vestigios habitacionales de la placilla no reflejan directamente la ocupación de 4.000 habitantes (Labastie 1901:14), es posible indicar la existencia de un importante cementerio asociado a los restos del poblado. El mencionado cementerio de La Isla, ubicado al Sureste de los vestigios del poblado, en los 23° 04' Lat. Sur y 69° 02' Long. Oeste, presenta un área de 754 m2 delimitada por un muro de pirca de 1,30 m de altura, conformado por piedras irregulares que generan un recinto de planta cuadrangular. Adicionalmente, adosado a su cara Suroeste, es posible observar un área de 1.143 m2, delimitada por un borde de piedra canteada que si bien no constituye claramente un muro, señala una evidente ampliación del área de entierros. En el primero de los espacios es posible observar tumbas individuales en ataúdes de madera, los cuales en muchos casos se encuentran saqueados. La cantidad de entierros y la existencia de la mencionada ampliación delimitada, hacen suponer que el primero de los espacios llevaba varios años de utilización al momento del abandono de este sector del sitio. Por su parte, el segundo de los espacios delimitados, indica la funcionalidad de cementerio debido a la existencia de un escaso número de tumbas (también saqueadas), las cuales ocupan un porcentaje ínfimo de la superficie delimitada por el borde de piedra canteada.
En el caso de “Placilla de La Isla” resulta bastante clara la articulación de los espacios habitables, es decir las estructuras pircadas y los aterrazamientos, con otro tipo de vestigios asociados. De esta forma, nos encontramos con un espacio correspondiente a los restos del histórico poblado, imbricado estrechamente con basurales más o menos informales e irregulares. De la misma forma, es posible observar que las diferentes minas se asocian en términos espaciales con los vestigios de estructuras pircadas y terraplenes, lo que resulta especialmente evidente en el extremo oriental de aquellos espacios habitacionales, donde amplios desmontes asociados a profundos piques se encuentran a escasos metros de los primeros. Lo anterior no hace más que confirmar lo evidente: el asentamiento humano habría encontrado origen y lugar en la actividad minera, quizás de manera espontánea e informal a juzgar por la llamativa proximidad de ambos tipos de contextos arqueológicos. De esta manera, solamente en el mencionado extremo oriental del área nuclear del Grupo de La Isla, contamos con más de 60 faenas extractivas (piques y socavones) rodeados por amplios y oscuros desmontes. Respecto a lo anterior, las informaciones históricas indican que la principal mina que existió en el sector correspondió a “Esilda”, la cual suministraba agua para las operaciones metalúrgicas (Risopatrón 1924:28), mientras que otra mina importante del grupo habría sido “Julia” (Risopatrón 1924:447). Asimismo, indican que este sector del Mineral habría presentado un terreno “atravesado por vetas”, que en las coordenadas donde se asociaron con “afloramientos”, habrían entregado grandes “riquezas de minerales clorurados de plata en asociación a rocas eruptivas” (Risopatrón 1924:433). En definitiva, los vestigios materiales son bastante claros en reafirmar la definición histórica del sector, vale decir, una población organizada en torno a un grupo de minas ubicadas al Suroeste de la Placilla Norte (Labastie 1901:307).
Ahora bien, las fuentes históricas coinciden en señalar a Quebrada Honda como el límite Norte del Grupo de La Isla (Labastie 1901:6). En este lugar, observamos restos industriales (hornos) asociados a los procedimientos metalúrgicos que se realizaban a fines del siglo XIX con el mineral extraido de las faenas. Por ejemplo, aunque no contamos con la fecha precisa del inicio del funcionamiento de estas instalaciones, sabemos que Álvaro F. Alvarado fue autorizado por el término de 10 años para instalar “hornos de beneficio de metales” en Quebrada Honda (Arce 1930:250). Los hornos de fundición de “minerales de plata” de esta quebrada (Arce 1930:158), así como “el interés que durante un momento llegaron a tener sus minas i la esplotación de minas que producían Únicamente fundente para los hornos”, habrían contribuido a que se levantara una población de 1.500 habitantes (Labastie 1901:14). Si bien los vestigios de un contexto habitacional de esa magnitud no resultan evidentes en el sector, salvo por cierta concentración de estructuras ubicadas a 1,5 km al Sureste, es posible observar restos generados por estos “hornos de beneficio de metales”. Aquí fue registrada una serie de recintos cuadrangulares y rectangulares adosados entre sí, delimitando un espacio construido de 64 x 79 m (Norte-Sur y Este-Oeste respectivamente), emplazados en los 23° 03' Lat. Sur y 69° 02' Long. Oeste, a una altura de 2.562 m.s.n.m., conformando un área de 9.042 m2. Resultan bastante evidentes las actividades metalúrgicas desarrolladas en estas instalaciones, considerando el elevado número de crisoles manuales y ladrillos refractarios, así como un área cercana de 3.2600 m2 donde la escoria de fundición fue depositada.
Las instalaciones recién descritas, completan su contexto en términos de evidencias arqueológicas, con un camino de carretas proveniente del sector Norte del sitio (probablemente el grupo Casa de Tabla o bien Placilla Norte). En este caso, resulta probable que corresponda a uno de los caminos que unían los núcleos poblacionales de “Placilla Norte con Placilla de La Isla”. Según Labastie, ambas poblaciones estaban “unidas por un camino carretero en mui mal estado de conservación i mui quebrado por encontrarse trazado dentro los cerros i lomajes, que son los contrafuertes de la serranía de Caracoles (...)” (Labastie 1901:307). Así, el histórico establecimiento y posterior crecimiento demográfico en Caracoles debe su existencia a una importante red caminera, por la que fue posible el abastecimiento, tránsito y comercio con la costa y las tierras altas del interior de la región. Las óptimas condiciones ambientales de preservación, así como el súbito abandono de los parajes históricamente transitados, permitieron el registro de estos caminos carreteros a lo largo de varios kilómetros. Esta multiplicidad y diversidad de la histórica red caminera asociada a Caracoles, da cuenta entonces de un intenso tráfico y un masivo tránsito ocurrido en esta parte del desierto desde fines del siglo XIX.
Finalmente, completan el conjunto de sectores del Mineral los llamados Tercer y Cuarto Caracoles. Según Labastie, por Tercer y Cuarto Caracoles se designaban varios grupos de minas ubicadas al Suroeste del Grupo de La Isla, con límite meridional en una mina de mineral de cobre denominada “Flor en el desierto”, la cual se encontraba ubicada “siete leguas al sur” (Labastie 1901:6). De esta forma, el Cuarto Caracoles correspondía al extremo meridional de todo el asentamiento minero. Por su parte, si bien en otros pasajes se denomina Tercer Caracoles al “distrito de La Isla”, mientras que por Segundo se indica el “grupo de minas de San Juan” (Labastie 1901:72), la mayoría de los autores coinciden en señalar el Grupo de La Isla como el Segundo Caracoles. De esta forma, el “tercero” comprendería las minas denominadas “Julia, San Juan, San Pedro, i otras que no llaman tanto la atención (...)” (Delegado del Gobierno de Bolivia 1872).
Este sector, ubicado a unas “siete leguas del primer mineral, en línea casi recta al sur”, se habría emplazado sobre “una pampa espaciosa ¡ alta” (Plisson 1872), mientras Risopatrón señala que se habría ubicado 10 km al Suroeste del Grupo de La Isla, frente al cerro Centinela (Risopatrón, 1924:8706). Según Plisson, en las inmediaciones del Tercer Caracoles se levantaría una sierra bastante elevada, con “3.330 metros en la carpa i 3 mil 400 en la punta más elevada”, la que presentando una orientación Norte Sur “domina toda la rejión vecina”, al considerar que desde sus cumbres se podría divisar “desde la cordillera nevada hasta los cerros relativamente bajos de la costa” (Plisson 1872). No obstante lo señalado por Risopatrón, al Noroeste de la desembocadura de la quebrada de San Juan al llano, se encontraba el Grupo de La Isla (Labastie 1901:70), mientras que entre uno y otro punto se accedía por una quebrada con sentido Noroeste- Sureste, la cual separaba “la cadena de cerros de que es jefe el Centinela” de las septentrionales (Labastie 1901:70). De esta forma, minas como San Juan y Julia se consideraban circunvecinas al Grupo de La Isla (Labastie 1901:14). En un área donde abundan las evidencias individuales o agrupadas de faenas extractivas, resulta bastante compleja la identificación de las propias minas así como del sector, considerando que las descripciones históricas sobre el Tercer Caracoles resultan contradictorias. En este contexto, conjuntos de evidencias arqueológicas que agrupan faenas extractivas con estructuras habitacionales nucleadas, en una suerte de Grupo de La Isla de pequeña escala (como aquellas ubicadas en los 23° 7' Lat. Sur y 69° 0' Long. Oeste), resultan bastante dificiles de identificar. Ello se debe a que, por una parte, tenemos menciones geomorfológicas que resultan coherentes, mientras que por otra, tenemos menciones históricas en grados decimales que no se relacionan con lo anteriormente señalado.
Por otra parte, las menciones históricas señalan que el Cuarto Caracoles se habría ubicado unos 35 km al sur del Grupo de La Isla, siguiendo el rumbo de la Sierra de Pinto, pero dentro de la serranía de Caracoles (Labastie 1901:71). De igual forma que en el caso anterior, el Cuarto Caracoles es descrito fundamentalmente como un grupo de minas, mientras se indica además que se habría ubicado sobre un morro al Suroeste del Cerro Centinela (23° 11' Lat. Sur y 69° 08' Long. Oeste) (Risopatrón 1924:269). En este caso, nos encontramos ante una situación similar a la descrita para el caso anterior, aunque complejiza el panorama la extrema distancia y aislamiento del sector, exigiendo prospecciones arqueológicas con una planificación logística bastante rigurosa. De todas formas, las menciones históricas sugieren que la Placilla de La Isla se habría visto poblada, al menos en parte, con los propios mineros que trabajaban en el Tercer y Cuarto Caracoles (Labastie 1901:14). Por ello en estos casos es esperable encontrar una mayoría de contextos meramente extractivos (piques y socavones). En conclusión, el registro sistemático de las evidencias mineras asociadas al tercer y cuarto sector del Mineral de Caracoles requiere aún de sucesivas campañas de prospección, específicamente orientadas a la georeferenciación y descripción de las mismas. Es fundamental para la identificación del registro arqueológico de estos sectores, nuevas y detalladas revisiones documentales específicamente orientadas a estos fines.
En Caracoles es posible observar diversos tipos de recintos, utilizados cada uno en diferentes épocas de ocupación del Mineral. En este sentido, resultan bastante gráficas las menciones realizadas por Bresson, observador del poblamiento inicial del Mineral, quien indica la existencia en 1870 sólo de “una choza de piedra seca, una mala carpa que había pertenecido a don José [Díaz Gana] y otra que nos servía de refugio” (Bresson 1875:38). En 1871, Placilla Norte presentaba sin embargo una apariencia de “caserio”, habiéndose construido algunas casas conformadas por “muros de piedras secas (pircas) cubiertos de viejas alfombras o de tela de buque” (Bresson 1875:38), “lonas como techo o simplemente sacos” (Recabarren 2002:40), así como “ocho casas de madera” (Bresson 1875:38). De todas maneras, durante aquel año la mayoría de los habitantes vivían en carpas “de todas formas y todos tamaños, desde la que servía de café restaurante, hasta el pequeño refugio del explorador o del minero” (Bresson 1875:38), ubicadas de manera irregular y desordenada, “ofreciendo el aspecto más miserable” (Bresson 1875:38). Sin embargo, durante 1872 la situación cambió notoriamente, asociado a la llegada de numerosos pobladores. Se construyeron casas de madera por doquier, “iguales a las de Mejillones” así como “algunos edificios de lata ondulada y galvanizada” (Bresson 1875:38). Así también, se estableció un alineamiento de las calles de acuerdo a la dirección general de la quebrada, formalizándose el asentamiento humano en Placilla Norte. En resumen, en un proceso que tomó años, “este rincón del desierto fue transformado en una ciudad populosa y rica” (Bresson 1875:38), perfectamente habitable para miles de trabajadores.
La transformación implicó un paulatino cambio desde un modo provisorio de vivienda (carpas), a lo que hemos denominado “arquitectura local”, correspondiente a prácticas de construcción y vivienda basadas en los propios recursos materiales del entorno (estructuras pircadas). Esta transformación caracteriza el inicio del poblamiento del Mineral, siendo posible observar evidencias arqueológicas del segundo tipo en los poblados. Consideramos que esta transformación, así como la posterior aparición de casas de madera y lata galvanizada, evidentemente se relaciona con un poblamiento pensado sobre la base de una permanencia temporal mayor en el lugar. A manera de hipótesis, la vivienda en Caracoles habría evolucionado desde simples y rústicas carpas, que no dejan restos arqueológicos claros, a la multiplicación de la arquitectura local representada por diversos tipos constructivos de muros pircados, posibles de observar actualmente, los que habrían coexistido con la aparición de numerosas viviendas formales de madera y lata galvanizada, desmanteladas en momentos posteriores a su abandono (salvo por el mausoleo y pórtico del Cementerio Caracoles 1).
Así entonces, la arquitectura local existente en Caracoles presenta una alta variabilidad constructiva. Resulta bastante probable, aunque se requieren estudios específicos para cada caso, que varios de los tipos constructivos que fueron definidos en el sitio (Garcia-Albarido et al. 2008) hayan correspondido a viviendas ocupadas durante las décadas finales del siglo XIX (sin contar los muros de contención o los vestigios de la fundición). Asimismo, resulta probable que este tipo de viviendas de arquitectura local hayan coexistido con las desmanteladas casas de madera y calamina, cuando éstas se masificaron. De todas formas, las características constructivas de las viviendas sugieren que determinados sectores del sitio pueden tener relación con el poblamiento inicial de Caracoles, época en que “pircas bajas y estrechas de caliche cubiertas con trapos sucios, y una que otra tienda de campaña, armada en débiles puntales, señalan el campamento de aquel ejército de bravos que luchan contra la madre tierra y contra todos los elementos para alcanzar la riqueza” (Lastarria 1871). Sin embargo, no debemos descartar la reutilización de los espacios por aquellos grupos de menos recursos económicos: peones, pequeños mineros y pirquineros (Salazar 1989).
Por otra parte, las construcciones de Placilla Norte edificadas durante el siglo XX varían significativamente de la arquitectura recién descrita (mayoritariamente asociable con las décadas finales del siglo XIX). En el primer caso, Es posible discriminar dos zonas, correspondientes al área industrial y de campamento, construidas por el IFMIA en la década de 1930 y ocupadas por CORFO posteriormente. En ambos casos, las construcciones fueron asentadas sobre suelos previamente tratados y adaptados con un sistema de muros de contención. En algunos casos, sobre suelos con una leve inclinación, los cuales generan un piso plano en un emplazamiento con leve pendiente. De esta forma, las superficies aterrazadas se conforman por piedras canteadas de aparejo muy regular, unidas con mortero de cemento de acabado sencillo. Este reforzamiento de muros de contención que circundan todo el sector del siglo XX, constituye un sistema de plataformas que controlan las diferencias de nivel del terreno, sobre las que se adosan los paramentos. Estas formas arquitectónicas presentan en general una planta rectangular y aparejo recto. El área de campamento se encuentra constituida por el citado sistema de plataformas paralelas y contiguas, así como por viviendas separadas con muros de cemento. Siguiendo a Don Fortunato Ahure, sobre las primeras se habrían construido en madera las casas de los trabajadores casados (quiénes vivían con sus familias), así como las de los trabajadores varones solteros, mientras que en las segundas habrían vivido las jefaturas, presentando madera en techumbres y finalizaciones de muros. Por su parte, las construcciones de la zona industrial son de hormigón armado o concreto reforzado, correspondiendo fundamentalmente a estructuras de marcos rígidos, en las cuales los elementos como pilares y vigas se encuentran armados con barras de acero (técnica constructiva de principios del siglo XX). Para estas construcciones, resulta bastante evidente la popularización del uso del cemento y hormigón en la edificación, elementos que no habrían estado presentes en las décadas finales del XIX, época en que habría resultado muy popular la construcción en madera y calaminas, así como la mencionada “arquitectura local” de Caracoles.
El sitio del histórico Mineral de Caracoles, compuesto por diversos sectores y vestigios arqueológicos asociados, presenta una multiplicidad de problemáticas de investigación, relacionadas tanto a la historia como a la arqueología. En el ámbito arqueológico, hemos caracterizado los diferentes elementos que componen el Primer y Segundo Caracoles, y de esta forma, los objetos arqueológicos más representativos de ellos podrán ser asociados con informaciones espaciales, documentales y tipolágicas (Garcia-Albarido et al. 2009). La compleja ocupación de Caracoles, conformada por numerosos poblados y caseríos, una importante red caminera, paraderos, aguadas, así como un significativo número de minas de diversa magnitud, requiere de un registro sistemático de sectores, orientado a caracterizar completamente la histórica ocupación de estos parajes del desierto. En este sentido, resultan necesarias nuevas investigaciones orientadas a la localización, identificación y registro sistemático del tercer y cuarto Caracoles, así como cada una de las grandes minas que operaron. El presente trabajo constituye sólo una primera caracterización a esta compleja realidad material, abriéndose al futuro múltiples y fructíferas líneas de investigación.
La relevancia de la investigación sobre el Mineral de Caracoles radica en que ella representa una invaluable oportunidad de estudio de la realidad material que posibilitó el funcionamiento de amplios segmentos de una sociedad inmersa en el desierto más árido del mundo, desde fines del siglo XIX hasta fines del siglo XX. A nivel latinoamericano, da a conocer vestigios materiales de un histórico fenómeno minero que abarcó y dinamizó, más allá de los límites políticos, a amplias zonas de Bolivia, Norte de Chile, y Noroeste de Argentina. Así entonces, el sitio representa la posibilidad de desarrollar una arqueología de aquellas comunidades mineras que articularon (y articulan) esta zona andina en particular. Asimismo, creemos que se deben tomar todos los resguardos necesarios para la conservación y estudio sistemático de estos importantes vestigios patrimoniales históricos, valorando la importancia de esta compleja fuente de información de nuestro pasado, que creemos, representa uno de los sitios arqueológicos minero-históricos más importantes de nuestro pais.
1. Este trabajo forma parte del Proyecto Fondart 2008 n*56301 (Consejo Nacional de la Cultura y las Artes).
2. Estructuras con muros construidos de piedras no canteadas.
3. La calamina es un material liviano de construcción, definida históricamente como “lata ondulada y galvanizada” (Bresson 1875:38)..
Agradecemos a los arqueólogos Catherine Westfíall y Carlos González, por la posibilidad de conocer este sitio arqueológico; a las arquitectas Catalina Echeverría Gatta, por las definiciones y material gráfico de los Tipos Constructivos; a Catalina Rivera, por los croquis de planta de los diferentes sectores; a Germán Salazar, de asesorías Cartográficas, por su colaboración digital; y a Diego Damm, por los mapas históricos. Agradecemos también a la comunidad de Sierra Gorda por su buena disposición durante la realización de este proyecto, especialmente a Don Fortunato Ahure por su ayuda en la identificación de los sectores y su asociación cronológica.
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