Desde el año 2006 desarrollamos desde el Instituto de Investigación en Arqueología Ibérica el Proyecto denominado ‘Baecula’, centrado en el análisis de los restos conservados de esta batalla, donde se enfrentaron Escipión el Africano y Asdrúbal Barca (208A.D.). En ese escenario, debemos articular el análisis de asentamientos que cuentan con una amplia secuencia hasta estructuras utilizadas en el rango de unos días, si bien, el aspecto más novedoso de nuestro proyecto incide precisamente en la constatación de un campo de batalla (armas, impedimenta, monedas,...), los restos de varios campamentos, así como el camino que siguió el ejército romano en su ataque, revelado por un indicador muy claro: los clavii caligari (restos de clavos de hierro de las sandalias romanas). Nuestro campo de batalla es un laboratorio arqueológico. Nuestra metodología articula el uso de la prospección de superficie, los detectores de metales así como la realización de sondeos puntuales. Todo ello se articula mediante un SIG que permite la integración de todo el registro a través de dos tipos de entidades: área y punto. La primera responde al registro de materiales de superficie; en cambio, las entidades tipo ‘punto’ recogen aquéllos elementos (fundamentalmente metálicos) asociados a la batalla que poseen información propia y cuyo análisis de distribución es la clave para interpretar su desarrollo. La distribución de determinados items en el campo de batalla nos conduce a valorar que estamos analizando un evento de unos días pero dentro del mismo existen cambios, tiempos más cortos: horas o quizás minutos.
Since 2006, the Institute of Iberian Archaeology Research has been undertaking the “Baecula” project focusing on the analysis of the preserved remains of the battle of that name, in which Scipio the African and Hasdrubal Barca clashed in 208 BC. In this scenario we need to structure the analysis of the settlements, which range from longterm sequences to structures used over just a few days. However, the most innovative aspect of our project impacts on the attestation of a battlefield (weapons, impedimenta, coins, etc.), the remains of various camps, and the path taken by the Roman army in their attack, which is clearly revealed by clavii caligari (Roman sandal nails). Our battlefield is an archaeological laboratory. Our methodology is based on surface surveying, metal detecting and digging test trenches at specific points. All this is backed up by a GIS that allows the whole record to be integrated through two types of entity: area and point. The former corresponds to the surface finds record, and the latter −the points− to those mainly metallic items associated with the battle that contain their own information and whose distribution analysis is a key factor in interpreting how the battle unfolded. The distribution of certain items on the battlefield tells us that we are analysing an event that took place over several days, but within which there were changes and shorter periods of hours or even perhaps minutes.
Desde 2006, desenvolvemos a partir do Instituto de Pesquisa na Arqueologia Ibérica o Projeto chamado ‘Baecula’, que tém o centrou na análise dos restos preservados desta batalha, onde lutaram Scipio Africanus e lutou Hasdrubal (208 A.D.). Neste cenário, temos de articular a análise dos assentamentos que têm grande sequência e estruturas utilizadas no intervalo de poucos dias, no entanto, o aspecto mais novo do nosso projeto cai precisamente na constatação de um campo de batalha (armas, impedimenta, moedas...), os restos de vários acampamentos e o caminho seguido pelo exército romano em seu ataque, revelou por um indicador muito claro: os clavii caligari (pregos de ferro restos de sandálias romanas). Nosso campo de batalha é um laboratório arqueológico. Nossa metodologia articula o uso da prospecção de superfície, detectores de metais e estudos específicos. Tudo isso é organizado através de um SIG que permite a integração de todo o registro através de dois tipos de entidades: área e ponto. O primeiro responde ao registo de materiais de superfície; no entanto, as entidades do tipo “ponto” recolher esses elementos (principalmente metais) associados com a batalha que tém informação própria e que sua análise da distribuição é a chave para interpretar o seu desenvolvimento. A distribuição de determinados itens no campo de batalha nos leva a perceber que estamos analisando um evento de alguns dias, mas dentro do mesmo encontramos alterações, tempos mais curtos: horas ou talvez minutos.
El proceso de investigación arqueológica desarrollado desde 2002 por el Instituto Universitario de Investigación en Arqueología Ibérica de la Universidad de Jaén en torno a la localización y análisis de la Batalla de Baecula en el ámbito del Alto Guadalquivir (Figura 1) se ha convertido en un paradigma metodológico que, desde aquí, queremos detallar en base a las nuevas experiencias que estamos llevando a cabo y en base a las problemáticas propias de cada proceso de investigación que se ocupe de este tipo de contextos.

El análisis de campos de batalla debe, como en otras líneas de investigación arqueológica, someterse a las coordenadas espaciotemporales propias. Parece una cuestión lógica si comparamos la escala técnica y humana de un enfrentamiento militar del siglo XIX respecto de una batalla del siglo III A.D. o, si como veremos más adelante, nos enfrentamos a su estudio a través de la prospección arqueológica superficial o mediante la excavación en extensión. En todo caso, existen matices, realidades que muestran la complejidad y peculiaridad de este tipo de ‘yacimientos’ o eventos históricos que deben afrontarse con una batería metodológica adaptada a cada caso.
Son numerosos los trabajos de síntesis sobre la Arqueología del Conflicto (Conflict Archaeology) o la Arqueología de los Campos de Batalla (Battlefield Archaeology) (Keegan 1978; Keeley 1996; Clastres 1997; Carman y Harding 1999; Guilaine y Zammit 2002; Lendon 2006; Raaflaub 2007; Brizzi 2008; Hanson 2011) y existe todo un bagaje historiográfico desde el punto de vista filológico, con un enorme peso específico en la investigación sobre la guerra en la antigüedad clásica greco-romana y sus respectivas ‘periferias’ mediterráneas. Nuestro trabajo debe comprenderse dentro de este panorama general, en el que los casos conocidos sobre ‘violencia en la prehistoria’ son aún casos concretos, dispersos y fruto de su hallazgo casual más que fruto de una acción programada (Guilaine y Zammit 2002; Guiliane 2003; Molina y Cámara, eds., 2003; Thorpe 2003). Como defendió Keeley (1996), tanto la antropología como la arqueología habrían contribuido (hasta finales del siglo XX) a mostrar una imagen pacífica del pasado, un pasado en el que la violencia y la guerra habrían sido tangenciales al mismo, proyectando una imagen antropológica del ser humano a través del espejo de la antropología y la arqueología en la que no se mostraba ese aspecto. Esta reacción académica se vio impulsada por el interés social en el conocimiento de los grandes desastres bélicos del siglo XX: las guerras mundiales y la Guerra Fría (Schofield et al. 2002).
Nuestro trabajo recoge el proceso de investigación realizado y debe comprenderse en los parámetros de un enfrentamiento bélico de primer orden: la Segunda Guerra Púnica a finales del siglo III D.C. En este momento se enfrentaron dos modelos de ‘hacer la guerra’ distintos en teoría (el helenístico frente a las legiones consulares romanas) pero que amalgamaban grupos culturales y tradiciones procedentes de todo el Mediterráneo (Brizzi 2008). Por ejemplo, la infantería pesada ibérica fue trascendental en los ejércitos anibálicos en Italia, integrándose en los complejos procesos tácticos puestos en práctica en distintas batallas campales que en nada parecen haberse puesto en práctica en la propia Iberia. No hemos pretendido mostrar materiales o realizar discusiones tipológicas o cronológicas concretas considerando que nuestra aportación pasa más por una reflexión metodológica que por los propios resultados obtenidos en un marco cronológico concreto. Existe, además, una bibliografía actualizada y completa al respecto (Bellón et al. 2015a), en la que se muestran las hipótesis sobre los resultados más recientes y aquéllas aún abiertas. Utilizamos, sin embargo, en nuestra idea de incidir sobre el papel de la arqueología para el análisis de este tipo de contextos, varios ejemplos que nos parecen paradigmáticos aportados desde nuestro caso de estudio.
Nos interesa también llamar la atención sobre nuestro objeto de estudio: la Arqueología de la Guerra. Objetivamente es una línea de investigación válida que está experimentando un fuerte empuje en los últimos años, y debe comprenderse -como otras líneas de investigación- como parte del análisis histórico-arqueológico que genera conocimiento y que ayuda a comprender la globalidad de los hechos sociales investigados. Por otra parte, como ocurriría en España, no es fácil separar sus métodos y objeto de análisis con la historia más reciente del país, donde el silencio sobre los abusos de la dictadura del General Franco quedan aún sepultados bajo el mutismo de las instituciones pese a la promulgación de una Ley de Memoria Histórica. Es esta proximidad y ‘utilidad’ de trabajo con la memoria más reciente lo que debe hacernos cuestionarnos como arqueólogos la necesidad de trabajar en esta línea de investigación en cualquier etapa histórica (González Ruibal 2012).
Las guerras producen cambios sociales, políticos, culturales, demográficos... los cuales deben ser considerados por nuestro proceso de investigación. Su registro más perceptible -las fuentes escritas, en su caso- no dejan de ser instrumentos con información parcializada, o cuanto menos sesgada porque la narración es síntesis y pérdida de detalles precisos. El desarrollo de metodologías adecuadas al respecto pone de manifiesto nuevos datos, escenarios desconocidos para las fuentes escritas que deben pasar a formar parte de la complejidad y diversidad de nuestra larga y, por desgracia, violenta historia.
Por otra parte, aproximarse a esta especialidad implica manejar datos que social o culturalmente pueden tener cierto sesgo negativo. Como ha señalado F. X. Hernández, la guerra es “una temática incómoda, políticamente incorrecta, es la cara fea de la historia... y la reflexión sobre ella puede conducir a debates ideológicos problemáticos pero la guerra es también parte del pasado, y una parte importante, y a menudo determinante, y por ello su no consideración conlleva a una percepción acientífica de la historia” (Hernández 2007: 5).
Las fuentes clásicas relativas a la Batalla de Baecula son ricas en la descripción del evento si las comparamos con otros casos similares; sin embargo, como ha demostrado recientemente A. Domínguez (2015), no dejan de ser parciales y contradictorias en algunos aspectos clave de la narración. Los datos descriptivos relativos a la configuración del escenario, su morfología o la cita de elementos puntuales (hitos) son trascendentales para el desarrollo de una metodología arqueológica que no desecha el dato filológico en este sentido.
Contamos con dos fuentes fundamentales al respecto: Tito Livio (Ab Urbe Condita) y Polibio (Historias), las cuales coinciden genéricamente en la descripción topográfica del sitio de la batalla. Citan elementos que hemos considerado como determinantes para el diseño de una prospección selectiva destinada a la localización del escenario que consideraremos más adelante (ver anexo final, con los textos de Polibio y Tito Livio).
Nos interesa resaltar aquí que la narrativa romana dibujó a un general romano (Escipión) decidido y determinado para la acción contra Asdrúbal Barca, diseñando una táctica de ataque contra una posición defensiva consistente en un movimiento frontal en una primera fase para posteriormente atacar por los flancos del enemigo en una maniobra típica envolvente (tenazas). Frente a la disciplina, sacrificio y tesón del ejército romano se nos dibuja un ejército cartaginés desorganizado, sorprendido, superado, el cual no tiene otra opción que la huída. Pero, como también veremos más adelante, el propio discurso institucionalizado entra en contradicción con el desenlace/resultado del combate: si bien es cierto que Escipión ganó la posición al enemigo, también lo es que éste consiguió escapar con su ejército (suponemos que una gran parte del mismo) y el tesoro, la caja militar, con lo cual nos encontraríamos ante una victoria pírrica del bando romano. Y no solo eso, el senado romano, pocos años después, en plena campaña de desprestigio de Escipión, cuestionó la acción en Baecula al haber permitido la huida de Asdrúbal a Italia, poniendo así en peligro a la propia ciudad de Roma. Es en estas contradicciones donde el análisis arqueológico se convierte en fundamental.
El análisis historiográfico de la Batalla de Baecula debe entenderse en un contexto más amplio, ya que entre los siglos XVII y XIX una nube de anticuarios, eruditos y cronistas locales, tenía entre sus objetivos primordiales la identificación de las ciudades antiguas citadas en las fuentes escritas con sus propias localidades. Esta situación ha generado dos efectos historiográficos: por un lado, obras escritas en los siglos XVI o XVII parecen convertirse en autoridad científica por su propia antigüedad. La ‘proximidad’ temporal al dato les otorga ese rango de veracidad que no puede ser discutido desde la lejanía de nuestro presente; por otra parte, estas identificaciones construyen poco a poco identidades colectivas en torno a las mismas, las cuales deben ser comprendidas como parte patrimonial de un colectivo, más allá del aval científico que posean en la actualidad.
A modo de ejemplo cabría destacar el debate sobre la localización de Iliturgi (Fernández et al. 2009), ciudad que ha sido ubicada en Isturgi (Los Villares de Andújar), en Santa Potenciana y, finalmente, en Cerro Maquiz (Mengíbar) (Blanco y Lachica 1960; Poveda y Benedetti 2007), lugar que aún hoy sigue siendo cuestionado por la investigación epigráfica (Schmidt 2013). El peso de la tradición erudita queda reflejado en la inercia de las identidades y usos locales de la misma y, por ejemplo, aún hoy los habitantes de Andújar siguen denominándose Iliturgitanos o a que exista una asociación, también heredada del siglo XIX, que identifica a Mengíbar con la antigua Ossigi, situada en Cerro Alcalá, entre Jimena y Mancha Real. Un caso similar ocurría en el propio Santo Tomé (donde hoy situamos Baecula), identificado con la Mentesa Oretana de las fuentes clásicas debido a la citada tradición erudita (Ceán Bermúdez 1832) y a la falsificación de una inscripción epigráfica a comienzos del siglo XX (Román Pulido 1914; 1915). En la actualidad está suficientemente demostrado que dicha ciudad se localizaría en Villanueva de la Fuente (Ciudad Real) (Benítez de Lugo et al. 2012).
Un caso similar ocurría con Baecula. Distintos eruditos, como el Padre Ruano o Chao, situaron la antigua ciudad citada en las fuentes en el entorno de la actual localidad de Bailén; dicha identificación respondía a un cálculo filológico más que a una evidencia arqueológica, puesto que dicha hipótesis ni siquiera estaba apoyada por un documento epigráfico, que hubiera sido lo fundamental en la época. Por consiguiente, tanto la hipótesis Bailén=Baecula, como Baeza (Viatia) = Baecula y Vilches (Baesucci) = Baecula, respondían a una afinidad o proximidad fonética y de ahí la profusión de propuestas, realizadas a lo largo del tiempo, identificándola con Úbeda, Baeza, Vilches o Bailén (Bellón et al. 2004).
El siguiente paso que nos conduce a la fosilización de la teoría filológica, de corte erudita, que identificaba Bailén con Baecula (además de su propio pasado, puesto que en la localidad tuvo lugar la famosa Batalla de Bailén, en 1808) será la entrada en escena de varios autores alemanes que recogieron acríticamente esta identificación. Brewitz (1914) fue el pionero en plasmar cartográficamente la batalla, eso sí, con una escala y localización desproporcionadas y con fallos evidentes en la misma (situaba Cástulo al sur del Guadalimar o fijando el campo de batalla en una extensión de 20 km entre los ríos Guadalimar y Rumblar) (Figura 2).

Pocos años más tarde, cuando se realizaron los grandes atlas sobre las batallas del mundo antiguo, realizados por Kromayer y Veith (Kromayer 1903-1931; Kromayer y Veith 1922-1929) éstos autores recogieron las informaciones aportadas por A. Schulten y el General Lammerer (Schulten 1935) y sentenciaban la localización del campo de batalla en la periferia inmediata a la ciudad de Bailén sin ningún tipo de evidencia arqueológica o epigráfica (Figura 2). Sólo la topografía y la toponimia validaban un escenario que podría repetirse infinitamente en el vasto territorio del Alto Guadalquivir. Schulten fue un excelente filólogo, autor de las Fontes Hispaniae Antiquae, pero un pésimo arqueólogo desde el punto de vista metodológico. Ya Luis Pericot, uno de los padres de la prehistoria española, cuestionaba sus dotes arqueológicas y atribuía su capacidad de identificar sitios citados en las fuentes a su “barita mágica” (Schulten 1953: 63). El propio Schulten reconocía que su investigación sobre Baecula fue “una investigación menor”, frente a otras más ambiciosas, como la situación de Munda, Ilorci, el templo de Hércules en Cádiz, aún sin resolver, o defender -no es cierto- que habría sido el responsable de las primeras excavaciones en Numancia o Ampurias. Schliemann y Troya.
Desde el punto de vista historiográfico, la obra de Adolf Schulten ha sido bien estudiada (Cruz 1987; Wulff 2004), desde su concepción del Estado como el cénit de la civilización cultural hasta sus ideas sobre los procesos de colonización/invasión del suroeste peninsular. Sus investigaciones se centraron en aquéllos hitos trascendentales para la arqueología histórica peninsular: Numancia, Cáceres o Tartessos (Álvarez 2005), investigaciones que trascendieron más allá de nuestras fronteras y que motivaron su aceptación acrítica dado el prestigio del investigador alemán.
Las propuestas de Schulten, plasmadas en los Schlachten-Atlas zur antiken Kriegsgeschichte de Kromayer y Veith, consolidaron la posición/ localización de Baecula, si bien, el debate sobre las tácticas desarrolladas en la batalla o las consecuencias de la misma a nivel estratégico fue más variado y rico (Walsh 1961; Toynbee 1965; Scullard 1970; Lazenby 1978; Walbank 1979; Goldsworthy 2000). La historiografía más reciente (nacional) ha cuestionado esta ubicación; por ejemplo, R. Corzo (1975) proponía su localización entre las campiñas de Jaén y Córdoba; F. Quesada (1999) llamaba la atención sobre algunas contradicciones internas de la composición del escenario en la propuesta de Schulten o, finalmente, su situación era puesta en duda, dada la escasez de evidencias arqueológicas o epigráficas en la Tabula Imperii Romani (Corrales 2001),
Ya desde la arqueología existen datos que son contundentes a la hora de desechar la localización de Baecula en el entorno de Bailén. No existe un oppidum bajo el casco urbano de la actual localidad de Bailén, cuyo origen parece remontarse a época medieval, y tampoco en la periferia inmediata a la misma existen asentamientos que puedan fecharse entre los siglos IV-III A.D.; el poblamiento en la zona, entre los siglos IV y III A.D. se concentra en los grandes oppida de Isturgi, Espeluy o Iliturgi y, si bien, existen otros asentamientos de menor tamaño, localizados en las orillas del Guadalquivir, como Cuatro Vientos o Plaza de Armas de Sevilleja, los mismos poseen cronologías más tardías o no tienen las condiciones topográficas descritas en las fuentes clásicas para el escenario de la Batalla de Baecula.
Este largo debate historiográfico ha adolecido siempre de la carencia de una investigación arqueológica, entendida ésta como un análisis territorial, una contrastación empírica de los datos y, finalmente, una hipótesis sustentada en materiales arqueológicos. Recientes trabajos ponen de manifiesto un cambio en la metodología sobre la investigación de este tipo de escenarios y en la introducción del discurso arqueológico dentro de la amplia temática sobre la guerra (Quesada 1997, 2003, 2008a; Morillo 2002, 2003; Gracia Alonso 2003; Morillo y Aurrecoechea 2006; Noguera 2008, 2009), representados -muy genéricamente- a nivel internacional por los casos de Kalkriese (Harneker 2004) o Vindolanda (Birley 2009), la existencia de instituciones destinadas a estas líneas de investigación (Centre for Battlefield Archaeology-Glasgow) y congresos monográficos, entre los más especializados el Conflict Archaeology Conference.
Finalmente, es sintomática la desaparición de la asociación Bailén=Baecula en recientes síntesis sobre la Segunda Guerra Púnica (Hoyos 2011), lo cual demuestra la incorporación de los resultados de la investigación a determinadas publicaciones, si bien, siguen existiendo resistencias y cautelas, propias también de la fase de análisis en la que nos encontramos.
Existe, desde el punto de vista metodológico, el riesgo de generar un proceso paralelo y ligado a la información aportada por las fuentes escritas pero ello no implica que debamos prescindir de ellas, limitando el análisis arqueológico.
En nuestro caso, las descripciones de Polibio y Tito Livio se han convertido en la base para el desarrollo de una estrategia metodológica destinada a la localización del lugar de la batalla a través de prospecciones arqueológicas selectivas, las cuales debían cumplir una serie de condicionantes (impuestos por las fuentes y por la arqueología) y debían, consecuentemente, ratificarse a través del dato arqueológico1. Desde este punto de vista, superamos el paradigma filológico que atribuye a las fuentes la prevalencia sobre el dato arqueológico pero la propia identificación arqueológica del sitio y de la narrativa escrita podría conducir a un sistema de validación continua de los datos filológicos, sometiendo de este modo al proceso de investigación arqueológico.
Una vez identificado el campo de batalla, qué puede aportar la arqueología más allá de los datos aportados por las fuentes? En nuestro caso, hemos comprobado que la estructura genérica del escenario arqueológico coincide con la descripción de las fuentes pero existen matices, detalles no aportados por las mismas y existe una nueva propuesta de interpretación sobre las tácticas empleadas por ambos ejércitos que no sólo son novedosas en sí mismas sino que se convierten en paradigmas para otros casos de análisis. Es decir, la arqueología es imprescindible para este tipo de investigaciones. Por otra parte, la materialidad del registro recuperado es un instrumento de referencia, un modelo de contrastación que juega tanto en escenarios presentes en las fuentes como en otros potenciales escenarios anónimos.
Como hemos indicado anteriormente, nuestra metodología para la localización de la Batalla de Baecula se basaba en dos pilares fundamentales: por un lado el conocimiento del territorio del Alto Guadalquivir, desde sus propios aspectos físicos hasta los propiamente históricos, avalados por más de 40 años de investigaciones destinadas precisamente a la práctica de la Arqueología del Territorio o Arqueología Espacial (Ruiz y Molinos 1993, 2007; Molinos et al. 1998; Ruiz et al. 2001; Gutiérrez 2002). Este primer factor nos permitía reconocer la secuencia genérica de cada uno de los asentamientos potencialmente partícipes del muestreo selectivo para localizar Baecula, porque Baecula, además de una batalla era, según las fuentes, una ciudad (Baeculam urbem) y en sus inmediaciones debió de producirse el enfrentamiento.
El otro aspecto a destacar es metodológico, ya que la puesta en práctica de numerosos estudios territoriales nos permitió poner en marcha un sistema de muestreos de prospección arqueológica selectiva (con detector de metales)2 destinados a localizar la batalla. Este aspecto viene reforzado por la inclusión –en este caso, imprescindible puesto que era el objeto de estudio- de los datos aportados por las fuentes, los cuales determinaban elementos que a priori eran aquéllos que nos permitirían localizar el campo de batalla bajo una serie de condicionantes. No obstante, tras las primeras evidencias localizadas en el Cerro de las Albahacas, las cuales cumplían los requisitos establecidos, no fue hasta bien avanzado el proceso de análisis intensivo y sistemático del lugar cuando nuestra hipótesis se vio confirmada, es decir, que la fase de localización fue ratificada por la posterior fase de análisis sistemático.
Los elementos aportados por las fuentes, considerados para la prospección arqueológica selectiva fueron:
El método consistió en localizar (topográficamente) entidades similares a la descritas por las fuentes en torno a oppida ibéricos con secuencia de finales del siglo III A.D., en un territorio amplio (zona oriental del Alto Guadalquivir), de los cuales desconociésemos su nombre antiguo, es decir, quedaban descartados sitios como Iliturgi, Isturgi, Castulo, Ossigi, Aurgi, Tugia, Iltiraka...(Figura 3). En cada caso de estudio, analizábamos qué cerros cumplían las condiciones topográficas en un radio de 5 km en torno al lugar central (oppidum), distancia que considerábamos efectiva y viable logísticamente para desmontar, trasladar y establecer un campamento en una sola noche (calculamos un mínimo de unos 25.000 efectivos).
En los lugares seleccionados -con topografía coincidente (río, contorno abrupto, terrazas,...)- realizábamos muestreos con detector de metales destinados a comprobar la presencia/ausencia de elementos relacionables con un campo de batalla. De este modo fueron analizados: Loma del Perro, Úbeda la Vieja, Puente Tablas, Castellones de Mogón, Bujalamé, Cerro del Gato, El Molar y Turruñuelos (Figuras 3 y 4). Se analizaron otros casos, como Baeza e Iznatoraf, considerando que las descripciones de las fuentes respecto de la posición del campo de batalla se realizasen sobre una escala regional y no inmediata. Por ejemplo, considerando que el río a las espaldas del campamento cartaginés estuviese localizado a kilómetros de distancia del mismo.


Finalmente, en el entorno del oppidum de Los Turruñuelos, se detectaron evidencias (dardos, glandes de plomo, lingotes de plomo,...) en 2004 y se procedió al análisis sistemático del sitio (el Cerro de las Albahacas)4. Un análisis a nivel regional de esta nueva propuesta de localización de Baecula nos dibuja dos factores a considerar: primero, que Baecula se localizaba al este de Cástulo e Iliturgi, ciudades procartaginesas y, por consiguiente, permite dibujar un escenario general de los frentes más coherente (la posición de Baecula en Bailén la situaría entre Ilipa y Cástulo/Iliturgi, en territorio cartaginés. Por otra parte, el oppidum de Turruñuelos (=Baecula) se sitúa en una zona tradicional de vados en el río Guadalquivir y en una zona de acceso fácil a la Loma de Úbeda y, más al norte a la vía Heraklea, quizás la vía de comunicación más importante a nivel histórico de la antigüedad peninsular. La vía de acceso desde la costa almeriense a la altiplanicie granadina y de ahí al valle del Guadalquivir a través del Guadiana Menor, se realizaría siguiendo el curso de este río hasta Fraxinum para más tarde dirigirse a Tugia y de ahí a Baecula, atravesando la zona este del Cerro de las Albahacas antes de girar al norte para encontrarse con la zona de vados citada.
Una vez localizado el campo de batalla, lo cierto es que con unos indicios bastante pobres (apenas una veintena de ítems) pero confirmados por otras fuentes de información como las monedas hispano-cartaginesas depositadas en el Museo de Jaén, procedentes del Cerro de las Albahacas, y por la noticia de la existencia de ‘tesorillos’ en la zona adscribibles a esta etapa (Chaves 1990) procedimos a analizar el campo de batalla.
Hay dos cuestiones previas importantes: la primera es que las fuentes nos indicaban la existencia de un campamento en la zona, con lo cual, existía este condicionante desde el punto de vista interpretativo; y en segundo lugar, si bien es cierto que la historiografía al respecto señala que un factor epistemológico relacionado con el análisis de campos de batalla son sus dimensiones (Quesada 2008) no disponíamos de una escala de referencia para establecer un sistema de muestreo adaptado a esta situación. Al respecto de la primera cuestión, fue gracias al análisis de la fotografía aérea cuando pudimos comprobar la existencia de una anomalía en la cima del Cerro de las Albahacas, un ‘recinto’ cuyos límites podrían ser interpretados como restos de una estructura campamental.
La batería metodológica utilizada para el análisis del campo de batalla -al cual nos gusta denominar ‘escenario’, ya que define con mayor claridad su complejidad, la existencia de distintos elementos y su interacción dinámica en el tiempo- y más allá de la exposición de los resultados conseguidos ha consistido en la articulación de distintas estrategias metodológicas destinadas en conjunto a documentar dicha complejidad.






Esta relación sintética de la metodología aplicada (ver Bellón et al. 2015b), responde no sólo al objetivo último de analizar el escenario de la batalla sino también a las peculiaridades del contexto arqueológico al que nos hemos enfrentado:
El impacto del registro arqueológico sobre las interpretaciones centradas exclusivamente en las fuentes escritas puede ser considerado a distintas escalas, desde la local hasta la regional, desde los efectos demográficos causados por un conflicto concreto a su trascendencia, en nuestro caso, en todo el Mediterráneo Antiguo.
En este caso nos centraremos en dos aspectos. En primer lugar, en cómo los datos generales sobre el escenario de la Batalla de Baecula, sustentados por el registro arqueológico, varían y aportan a la historiografía al respecto, basada exclusivamente en las fuentes. No se pretende y no se produce -tautológicamente- una contradicción pero sí que se observan pautas y detalles que no aparecen en las fuentes, limitadas en lo que se refiere a narrar de forma genérica un combate y parcializar o mostrar la información en modo que sustente una idea preconcebida de lo narrado. En segundo lugar, nos centraremos en las consecuencias o impactos a nivel local.
La producción científica en torno a la Batalla de Baecula se ha limitado, en líneas generales, en aceptar la propuesta de localización de Schulten y se centró más que en la estructura de la batalla en las decisiones estratégicas previas, fundamentalmente si Asdrúbal tenía decidido marchar a Italia antes o después de la misma o por qué Escipión no decidiese perseguirle en su huida (Scullard 1970; Lazenby 1988; Goldswortthy 2000; Brizzi 2009; Le Bohec ed. 2015).
5 Pero la clave, recogida por Yann Le Bohec, no deja de ser otra que la decisión de Asdrúbal respecto de su estrategia a medio plazo: perder la posición pero salvar al grueso de su ejército. Le Bohec también acierta en considerar Baecula como la primera batalla en campo abierto vencida por Escipión en este contexto, como ya hiciese Lazenby (Le Bohec 1996).
Es en este aspecto en el que el dato arqueológico muestra dos evidencias que deben ser consideradas: la primera que es imposible realizar una huida programada, ordenada, de todo un ejército, según nos narran las fuentes, es decir, que la huida de Asdrúbal debió de realizarse con un margen de tiempo y espacio suficientes como para permitirse salvar al grueso de su ejército y a la caja militar (Quesada 2013, 2015; Bellón et al. 2015c) y no improvisadamente, una vez que el enemigo se encuentra próximo, puesto que una huida en desbandada es un desastre potencialmente elevado. En este sentido es sintomático que la distancia entre el campamento romano de ataque (Camp C) y el campamento cartaginés atacado (Camp A) sea lo suficientemente amplia como para permitir esta maniobra. Pero hay otro factor, relacionado con la propia topografía del Cerro de las Albahacas y la posición relativa del atacante romano (Bellón et al. 2016a, 2016b): la visibilidad. Conocemos el itinerario seguido en formación de columna por el ejército romano desde su salida del campamento hasta la zona en la que se desplegó. Es en esta amplia zona (más de 1.5 km) en la que hemos aplicado un ensayo de visibilidades, el cual nos muestra que toda la zona norte y este del escenario eran zonas oscuras para el ejército romano, precisamente donde existe una antigua vía que unía Tugia con Baecula, y que pudo ser la utilizada por Asdrúbal en su maniobra de escape (Figura 11).

Es más, el escenario de la batalla analizado se convierte en un paradigma de este modo, por la necesidad intrínseca del dato arqueológico para la sustentación de cualquier hipótesis relacionada con el desarrollo de determinadas tácticas militares o los factores implicados en la misma para su desenlace. Ergo, no podemos situar los campamentos sobre un plano deliberadamente y en base a criterios estrictamente topográficos, y, obviamente, tampoco el campo de batalla, porque existen matices en cada espacio, posición o desplazamiento que implican a todo el sistema analizado.
En nuestro caso de estudio, jamás habríamos situado el Campamento C en el lugar que se localiza arqueológicamente. Y en la tradición historiográfica, la posición fijada para los campamentos por Schulten no sólo es contradictoria con las fuentes sino inviable en base a la propia estructura de la batalla (se sitúa a apenas 1.5 km).
El segundo aspecto que consideramos para el análisis es el impacto de la batalla a nivel local y cómo se refleja en el proceso histórico regional (Ruiz et al. 2013). En la cima del Cerro de las Albahacas hemos atestiguado la presencia de toneladas de material cerámico, principalmente de almacenaje, directamente relacionado con el acontecimiento y procedente, sin lugar a dudas, del vecino oppidum de Los Turruñuelos (=Baecula). Consideramos que este material fue transportado por los ejércitos participantes en la misma con el objeto de abastecerse de los víveres necesarios durante el rango temporal que permaneciesen acampados en la zona. Casi con toda seguridad es el material que refleja el saqueo de los almacenes del asentamiento destinado a satisfacer las necesidades de consumo inmediatas de un ejército cartaginés que se estima -con las debidas cautelas- en unos 25.000 efectivos (Quesada 2015) y un ejército romano integrado por unos 40.000 efectivos (Quesada 2015). El impacto directo sobre las reservas del oppidum sería traumático, considerando además la posibilidad de que fuese saqueado tras la batalla. Las excavaciones realizadas en el oppidum muestran una amplia secuencia que arranca a finales del siglo VI A.D. y cuyo final podría relacionarse con los factores anteriormente expuestos. Si bien no poseemos indicadores directos de una destrucción violenta en su última fase (finales del siglo III - inicios del siglo IIA.D.) no cabe duda de que el sitio es abandonado en el primer cuarto del siglo II A.D., abandono que parece responder también a una política impuesta por Roma a nivel regional (Alto Guadalquivir) y en particular en el territorio de Cástulo (Ruiz et al. 2013).
Si durante los siglos VI al III A.D. el patrón de asentamiento en el territorio político de Baecula respondía a un único asentamiento, fortificado y de grandes dimensiones (aprox. 22 has), tras la conquista romana y su abandono, aparecen en la zona pequeños asentamientos no fortificados, factorías localizadas en el entorno de la vega del río y las zonas más productivas, respondiendo, sin lugar a dudas, a un sistema de poblamiento de transición, consecuencia de la conquista pero sin los sistemas de explotación y de reparto de tierra propios del sistema imperial romano que, en la zona acabarán instaurándose en torno al s. I A.D. con la aparición de un gran asentamiento que estructuraría el poblamiento disperso de las villae romanas en torno a un municipium, probablemente localizado en el entorno próximo al lugar en el que se situaba el oppidum.
Finalmente, una breve reflexión sobre la proyección social del conocimiento generado en esta línea de investigación. Los campos de batalla históricos, recientes, han sido considerados como paisajes sacrificiales, los cuales se trasmutan en monumentos conmemorativos en sí mismos (Saunders 2003) pero han sido comprendidos o interiorizados de formas diversas por las sociedades con las que mantenían una relación identitaria. Las formas de transferir el conocimiento son objeto de otras especialidades o disciplinas científicas (museografía/museología si se quiere) pero los contenidos, con un marcado carácter arqueológico, no dejan de mostrar una realidad que impacta social y culturalmente: la violencia, entendida como aquélla parte de nuestra historia que ha sido negada, como aquel sujeto que sostiene a un colectivo anónimo de vencedores y vencidos. La historia debe considerarse experiencia y debemos conocerla en todas sus facetas con el objetivo de no comunicar una realidad filtrada. El olvido, la memoria descafeinada son nuestros enemigos.
El general cartaginés recorría entonces los parajes de Cástulo, alrededor de la ciudad de Baecula, no lejos de sus minas de plata. Informado de la proximidad de los romanos, cambió de lugar su campamento y se procuró seguridad por un río que fluía a sus espaldas. Delante de la empalizada había un llano defendido por un escollo lo suficientemente hondo para ofrecer protección; el llano era tan ancho que cabía en él el ejército cartaginés formado. Asdrúbal permaneció en este sitio; apostó día y noche centinelas en el escollo. Escipión se acercó, empeñado en trabar combate, pero comprobó que las posiciones del enemigo eran estratégicas y seguras, lo que le tenía indeciso. Esperó dos días, pero temía la llegada de los hombres de Magón y del otro Asdrúbal, el hijo de Giscón, con lo que se vería rodeado de enemigos. Decidió, pues, probar su suerte y tantear al adversario.
Así que preparó su ejército, hizo salir del campamento a los vélites y a una tropa escogida de infantería; dispuso también el resto de sus fuerzas, pero de momento lo retuvo dentro de la acampada. Sus órdenes fueron cumplidas con coraje. Primero el general cartaginés permanecía en la expectativa de lo que iba ocurriendo; cuando comprobó que el arrojo de los romanos ponía a los suyos en situación desventajosa, hizo salir a su ejército y lo aproximó al escollo, fiado en aquel paraje. En aquel mismo momento,Escipión hizo entrar en combate a su infantería ligera, que debía apoyar a los que iniciaron la acción. El resto de sus fuerzas, lo tenía ya dispuesto, la mitad directamente a sus órdenes; con estos hombres dio un rodeo por el escollo y arremetió contra los cartagineses. El mando de la segunda mitad, lo confió a Lelio, con la orden de marchar contra el flanco derecho del enemigo. Estas operaciones se encontraban ya en pleno desarrollo, cuando Asdrúbal hacía salir todavía a sus hombres del campamento. Confiado en su posición, no se había movido de él, convencido de que el enemigo no se atrevería a atacar. Pero éste atacó, contra todas las previsiones del cartaginés, quien desplegó sus fuerzas demasiado tarde. Los romanos acometieron por las alas, en lugares donde el enemigo no había establecido posiciones, de modo que no sólo treparon sin riesgo por el escollo, sino que se establecieron en formación, se lanzaron contra los que les agredían sesgadamente y los mataron; los cartagineses que, a su vez, entraban también en formación, se vieron forzados a revolverse y a emprender la huida. Según sus propósitos iniciales, Asdrúbal no luchó hasta el final; cuando vio a sus fuerzas huir derrotadas tomó su dinero y sus fieras, reunió el máximo número de fugitivos que le fue posible y se retiró siguiendo el río Tajo aguas arriba, en dirección a los puertos pirenaicos y a los galos que viven allí. Escipión no creyó oportuno acosar de cerca de los hombres de Asdrúbal, ya que él mismo temía el ataque de los otros dos generales, por lo que envió a sus soldados a saquear el campamento enemigo.
Al día siguiente reunió a todos los prisioneros, unos diez mil soldados de infantería y más de dos mil jinetes, y dispuso personalmente de ellos. Los iberos que, en las regiones citadas, anteriormente habían sido aliados de los cartagineses, fueron y se entregaron a la lealtad de los romanos; a medida que se iban encontrando con Escipión, lo llamaban “rey”.
El ejército cartaginés más próximo, el de Asdrúbal, estaba cerca de la ciudad de Baecula. Delante del campamento tenían avanzadillas de caballería. Los escaramuceadores, las tropas de vanguardia y las que iban a la cabeza de la columna, sobre la marcha y antes de buscar emplazamiento para el campamento, lanzaron un ataque contra éstas tomándolas tan poco en serio que no había duda sobre cuál era la moral de uno y de otro bando, los jinetes fueron rechazados en una huida atropellada hasta el campamento, y las enseñas romanas llegaron casi hasta las mismas puertas. Aquel día, simplemente se avivó el espíritu de combate y los romanos acamparon. Por la noche, Asdrúbal replegó sus tropas a una altura que tenía una explanada en la parte más alta. Por detrás había un río y por delante y por los lados ceñía todo su contorno una especie de ribazo abrupto. En la parte baja había también otra planicie ligeramente inclinada, rodeada a su vez por un saliente igualmente difícil de escalar. Cuando al día siguiente vio Asdrúbal que el ejército romano estaba formado delante del campamento, hizo bajar a esta planicie inferior a estos jinetes númidas y a los baleares y africanos de armamento ligero.
Escipión recorría sus filas y enseñas y les hacía ver cómo el enemigo, renunciando de antemano a la posibilidad de luchar en campo abierto, buscaba las alturas y estaba allí a la vista confiado en la posición y no en el valor y las armas; pero murallas más altas tenía Cartagena, y los soldados romanos las habían escalado; ni las alturas, ni la ciudadela, ni siquiera el mar habían resistido a sus armas. Las alturas que habían buscado les iban a servir al enemigo para escapar saltando por precipicios y despeñaderos, y él les iba a cortar también la huida por allí. Ordenó a una cohorte ocupar la entrada del valle por donde descendía el río, y a otra apostarse en el camino que llevaba de la ciudad a los campos serpenteando por la colina. Él, al frente de las tropas ligeras que el día anterior habían rechazado los puestos avanzados del enemigo, marchó contra los soldados de armamento ligero situados en la plataforma de más abajo. Al principio avanzaron por terreno escarpado sin otro impedimento que las dificultades del camino; después, cuando estuvieron a tiro, cayó de pronto sobre ellos una enorme cantidad de armas arrojadizas de todas clases; ellos por su parte lanzaban piedras que el terreno ofrecía por todas partes, casi todas manejables, y no sólo los soldados sino también la masa de siervos mezclados con ellos.
Pero a pesar de que el ascenso era dificultoso y casi los cubrían los dardos y las piedras, gracias a su práctica en escalar muros y a su tenacidad subieron los primeros. En cuanto éstos ocuparon un poco de espacio donde mantenerse a pie firme, desalojaron de la posición al enemigo, armado a la ligera y habituado a escaramuzas, combatiente seguro a distancia cuando se elude la batalla desde lejos a base de proyectiles, pero también carente de firmeza en la lucha cuerpo a cuerpo; causándole muchas bajas, lo empujaron hasta la formación que se mantenía en una parte más elevada de la colina. Entonces Escipión da orden a los vencedores de lanzarse sobre el centro de la formación, reparte con Lelio las tropas restantes y le manda rodear la colina por el lado derecho hasta encontrar un camino de subida menos pendiente; él, describiendo un pequeño arco por la izquierda, se lanza sobre el flanco del enemigo. A partir de ahí se descompuso por primera vez el frente al querer dirigir las alas hacia los gritos de guerra que suenan por todas partes en torno suyo y cambiar la orientación de las líneas. En medio de este tumulto subió también Lelio, y mientras se replegaban para evitar ser heridos por la espalda, la primera línea se descompuso y dejo espacio para que llegaran también arriba los del centro; éstos nunca lo habrían conseguido, dado lo accidentado del terreno, si se hubieran mantenido cerradas las filas con los elefantes colocados delante de las enseñas. Mientras se producía una matanza en todos los frentes, Escipión, que había atacado el ala derecha con su ala izquierda, se empleaba a fondo combatiendo sus flancos desguarnecidos. Ya ni siquiera había espacio libre para la huida, pues las avanzadas romanas habían ocupado las salidas a la derecha e izquierda y, por otra parte, la puerta del campamento había sido cerrada al huir el general y los oficiales, sumándose a esto el pánico de los elefantes, tan temidos como el enemigo cuando se espantaban. En consecuencia, fueron muertos cerca de ocho mil hombres.
1. Hay otro aspecto a considerar, también estratégico para el desarrollo de esta línea de investigación y está relacionado con la propia configuración morfológica y climática del territorio analizado. El sur de la península ibérica es seco y se encuentra muy transformado antrópicamente; es un territorio con una alta potencialidad agraria, la cual lleva implícita una transformación/destrucción constante de restos arqueológicos a través de medios mecánicos, transformación y alteración perceptible a partir de la segunda mitad del s. XX con la generalización de la mecanización del campo. En este territorio el uso de la fotografía aérea es limitado, por las citadas condiciones de humedad y por la fuerte transformación sufrida. Nuestra estrategia a medio plazo consiste en identificar y caracterizar campos de batalla a través del análisis de aquéllos conocidos por las fuentes y de los cuales tengamos una aproximación arqueológica viable (Cástulo, Iliturgi, Baecula). Conociendo su localización y caracterizando los materiales presentes en su registro fijaremos dos paradigmas para futuras investigaciones: las escalas o dimensiones medias de los mismos y los materiales diagnósticos nos servirán de base para la futura búsqueda/análisis de otros potenciales sitios.
2. El uso del detector de metales es imprescindible en esta práctica arqueológica (ver al respecto Noguera et al. 2015). Deben considerarse varios factores, entre los cuales está la propia inviabilidad de analizar un extenso territorio a través de la excavación arqueológica (hablamos de cientos de hectáreas). Por otra parte, es una herramienta manejada por arqueólogos y no por saqueadores, por lo que debe considerarse que existe un control efectivo y sobre el contexto arqueológico documentado; finalmente, en nuestra experiencia en Baecula, donde hemos batido sistemáticamente más de 60 has, consideramos que la posible alteración de estratigrafía arqueológica ha sido nula, puesto que los niveles ‘afectados’ por nuestra acción siempre han sido superficiales (excepcionalmente superábamos los 30 cm de profundidad en la excavación). En Italia, donde analizamos el campo de batalla de Numistro (Bellón et al. 2012, 2013), en otras condiciones morfológicas, paisajísticas y postdeposicionales diferentes, llegamos a la misma consideración, si bien, el caso del Cerro de las Albahacas posee aspectos propios (procesos erosivos) que han facilitado nuestra acción.
3. Ver Textos de Livio y Polibio. Consideramos oportuna su inclusión para ofrecer el aspecto narrativo y la globalidad del acontecimiento analizado.
4. Fe de errores. Más tarde comprobamos la existencia de indicadores al respecto en los fondos del Museo Arqueológico de Jaén (monedas cartaginesas procedentes del Cerro de las Albahacas). Otra fuente de información imprescindible -con las necesarias cautelasson los expoliadores locales, los cuales nos informaron de una intensa campaña de expolio en el Cerro de las Albahacas en los años 80. Parte de este expolio se encuentra en el Fondo Arqueológico Ricardo Marsal Monzón, de la Junta de Andalucía. Otro dato importante a considerar es la configuración de falsos ‘tesorillos’. El conjunto de monedas (y otros materiales) procedentes del Cerro de las Albahacas depositados en el Fondo Marsal ha sido considerado historiográficamente como un tesorillo, es decir, un ocultamiento intencional de un conjunto de monedas cuando en realidad se trata del acopio sistemático de moneda perdida en un campo de batalla.
5. Le Bohec (1996), no muestra escala métrica en su gráfico; tampoco J. F. Lazenby (1978: map 16) sitúa la correlación entre ambos campamentos, apareciendo en su propuesta únicamente la situación del campamento cartaginés.
Quisiéramos agradecer desde aquí a la organización del VI Congreso Nacional de Arqueología Histórica Argentina la invitación al mismo y todas las atenciones y cariño recibido. El congreso ha servido para re-establecer lazos de investigación entre nuestras respectivas líneas de trabajo y abrir nuevas colaboraciones. Felicitamos a la Universidad Nacional de Cuyo y al Museo del Área Fundacional de Mendoza por la organización y agradecemos a todo el grupo de investigación liderado por Horacio Chiavazza las atenciones recibidas, los paseos por la cordillera con Luis Coronado y Randall McGuire. Consideramos que el grupo es un modelo paradigmático de articulación de la investigación interdisciplinar, diacrónica y comprometida con la transferencia social de sus resultados.
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