Se presentan los resultados de una investigación arqueológica que aborda las prácticas cotidianas de una orden religiosa de clausura (desde fines del S XVIII hasta inicios del S XX). El espacio de estudio corresponde a la Iglesia y Convento de San Francisco, en la actual ciudad de San Miguel de Tucumán, espacios ocupados por la Orden Franciscana, desde 1784 hasta la actualidad. La metodología de análisis aplicada integró el estudio de fuentes documentales escritas y materialidades arqueológicas, especialmente productos cerámicos consumidos por los franciscanos.
A pesar del carácter de clausura del sitio, las investigaciones exponen diferentes usos y funciones de la iglesia y convento, en un contexto histórico de inestabilidad política y de grandes innovaciones a partir de la llegada masiva de productos industrializados. Los resultados indican que las prácticas de los frailes estuvieron constreñidas por el contexto histórico imperante, a nivel global y local. Asimismo, se destaca la incorporación de productos cerámicos industrializados y foráneos, y un interés en realizar mejoras edilicias en el sitio; indicadores de aceptación por lo estético, funcional e higiénico, entre otros ítems, a los cuales la ciudad se fue integrando a lo largo del siglo XIX.
This research study is done to display the results of the archaeological research which enclose daily practices of a Closing Religious Order (since the endings of the XVIII century to the beginnings of the XIX century). The place of this study corresponds to the San Francisco’s Church and Convent, located in the city of San Miguel de Tucumán. This space has been occupied by the Franciscans Order, since 1784 to actual days. The applied analysis methodology included the study of written documental sources and archaeological material. Among these materials, the study was especially focused on ceramic products used by the Franciscans.
Even though the closing characteristics of the place, the research shows different uses and functions of the church and convent, inside a historical context, political instability and great innovations since the massive arrival of industrialized products. The results of the investigation indicate that Friars’ practices were constrained by the prevailing historical context at global and local level. Likewise, in this research is highlighted the inclusion of industrialized foreign ceramic products and an interest on making building improvements in the place; the acceptance of aesthetic, functional and hygienic indicators, among others items, to which the city was integrated along the XIX century.
O artigo apresenta os resultados de uma investigação arqueológica que aborda as práticas cotidianas de uma ordem religiosa de clausura (do final do século XVIII até o início do século XX). O recorte espacial do estudo corresponde à Igreja e ao Convento de São Francisco, na atual cidade de San Miguel de Tucumán, espaços ocupados pela Ordem Franciscana de 1784 até o presente. A metodologia de análise aplicada integrou o estudo de fontes documentais escritas e materiais arqueológicas, principalmente produtos cerâmicos utilizados pelos franciscanos, entre outros objetos.
Apesar da natureza de clausura do local, as investigações expõem diferentes usos e funções da igreja e do convento, em um contexto histórico de instabilidade política e grandes inovações a partir da chegada em grande quantidade de produtos industrializados. Os resultados indicam que as práticas dos frades foram restringidas pelo contexto histórico predominante, a nível global e local. No entanto, destaca-se a incorporação de produtos cerâmicos industrializados e estrangeiros e o interesseem realizar melhorias construtivas no local; a adoção de indicadores de aceitação pautados em valores estéticos, funcionais e higiênicos, entre outros, aosquais a cidade se foi integrando ao longo do século XIX.
Hasta hace poco tiempo, la historia conventual fue un tema marginal a los estudios históricos modernos, centrándose principalmente en la vida de personajes destacados sin considerar la relación entre los individuos y los claustros y entre la comunidad y el contexto histórico local (Burns, 2008). Por su parte, los estudios arqueológicos en conventos, tanto a nivel global como en Argentina, se remontan hacia fines del siglo XX; las investigaciones son escasas y aún preliminares, donde la descripción y adscripción temporal de los hallazgos arqueológicos constituyen las primeras aproximaciones a la vida interna claustral sin ahondar en aspectos simbólicos de las prácticas cotidianas de los religiosos y su relación con los procesos locales, salvo excepciones. Dichas investigaciones surgen generalmente en el marco de proyectos de restauración y revalorización del patrimonio histórico y monumental, destacándose intervenciones principalmente en aquellos correspondientes a tiempos coloniales y escasamente postcoloniales (e.g.: Bárcena y Pannunzio de Mulle, 2011; Schávelzon, Chiavazza, Cortegoso, Pelagatti, 2000; Gamboa Cabezas y Veléz Saldaña, 2011; Gutiérrez Usillos e Iglesias Aliaga, 1996; Martínez de Sánchez, 1995; Schávelzon, 1998, 1999; Schávelzon y Silveira, 1998).
En el caso de investigaciones a nivel global acerca de la Orden Franciscana y sus conventos, los antecedentes historiográficos permiten adentrarnos en aspectos que tienen que ver con el origen, trayectoria y disidencias internas de la Orden, su influencia en la esfera social, política y económica; así como en aspectos que aluden a su expansión en América, funciones de los conventos, su crecimiento económico durante el periodo colonial, la exclaustración de sus viviendas y bienes a principios del siglo XIX, y su progresiva restauración hacia mediados del mismo siglo (e.g. Amores Carredano, 2006; Martínez de Vega, 2000; Millé, 1961; Rodríguez Becerra y Hernández González, 2009; Rubiál García, 1996). De esta manera, las investigaciones sobre los franciscanos permiten dilucidar que las divisiones internas en la Orden, su expansión y crecimiento económico ponen en tela de juicio la necesidad material por sobre las pautas religiosas que regulan la vida franciscana y su justificación por expandirse y evangelizar. Esta contradicción entre reglas originales y vida real provocará una permanente crisis de identidad a la mayoría de las órdenes mendicantes a lo largo de los siglos (Rodríguez Becerra y Hernández González, 2009).
Los datos aportados por la historiografía a nivel local brindan un panorama general sobre la fundación y funciones de la iglesia y convento de San Francisco (en adelante IyCSF), de la ciudad de San Miguel de Tucumán, Provincia de Tucumán, República Argentina, en el lapso temporal comprendido hacia fines del siglo XVIII hasta principios del siglo XX (e.g Lizondo Borda, 1916; Groussac, Terán, Bousquet, Frías y Liberani, 1882; Cano, 1972; Córdoba, 1934; Granillo 1872; Gómez, 1983; Páez de la Torre, Terán y Viola, 1993; Viola, 1993). El conjunto edilicio fue cedido en diferentes oportunidades para distintos usos y funciones supliendo necesidades de la ciudad, además fue escenario de constantes cambios constructivos, como reconstrucciones, remodelaciones, ampliaciones y ventas de terrenos por parte de las autoridades eclesiásticas.
Los acontecimientos se contextualizan en un momento histórico de conformación y organización del Estado Argentino, sumado a grandes innovaciones inauguradas en el siglo XIX y que se extienden hasta el XX, sujetas a una nueva mentalidad que promete salud, bienestar, comodidad y facilidades que conllevaron una nueva forma de vida (Schávelzon, 2000).
El presente trabajo sintetiza parte de los resultados alcanzados en una tesis de grado inédita (Candelario, 2016). En esta oportunidad, el objetivo es indagar sobre las prácticas de consumo de los franciscanos, a partir del estudio de los conjuntos cerámicos procedentes de las excavaciones en el sitio y de documentos propios de la Orden, desde su ocupación en 1784 hasta principios del siglo XX. El fin último, es inferir posibles significados atribuibles a la vida cotidiana de los frailes, considerando las pautas de vida franciscanas y el contexto histórico e ideológico de la ciudad de San Miguel de Tucumán.
La metodología de análisis aplicada integró el estudio de fuentes documentales escritas y materialidades arqueológicas acotadas al espacio y lapso temporal de estudio. El análisis arqueológico se restringe a los vestigios cerámicos recuperados de las excavaciones realizadas en el sitio entre los años 2013 y 2014, ya que nos brindan un marco cronológico y espacial, e información sobre aspectos de producción y consumo. En este sentido, consideramos que los materiales cerámicos nos permiten conocer aspectos humanos relacionados con la vida doméstica (Andrade Lima, 1999) y esbozar los vínculos y redes de intercambio (Chiavazza, Puebla y Zorrilla, 2003) a los que se incorporaba la ciudad de San Miguel de Tucumán. El objetivo de su análisis es reflexionar sobre su potencial a la hora de entender las prácticas cotidianas, ya que constituye un material muy frecuente en los contextos arqueológicos urbanos y requiere de una interpretación sobre sus posibles significados (Andrade Lima, 1999).
Finalmente recurrimos a la información documental compendiada en los libros originales de la IyCS conocidos como “disposiciones” (“Disposiciones de la Iglesia y Convento de San Francisco”, 1840 – 1879, 1881-1910), acotándonos exclusivamente al relevamiento de la información asociada a los materiales cerámicos, sus características y otros datos que sean de utilidad a los objetivos del trabajo.
Las prácticas de los frailes de la IyCSF se enmarcan en determinadas pautas de vida que pregona la Orden Franciscana, por lo cual resulta necesario especificar de manera breve su surgimiento y expansión puntualizando sus vaivenes a lo largo de la historia, que explican el devenir de la Orden, sus divisiones internas, su presencia y accionar en América, para contextualizar y adentrarnos en el caso particular.
El Franciscanismo es concebido como un fenómeno cultural que tuvo como referente a San Francisco de Asís, un joven italiano que se destacó por sus afanes culturales y misionales, en el marco del Cristianismo hacia el siglo XIII, exaltando la pobreza evangélica como un medio de salvación (Rubiál García, 1996). Los seguidores de Asís, conocidos como franciscanos, siguieron un conjunto de pautas o reglas de la vida de su fundador, “vivir en obediencia, castidad, sin nada propio […] las vestiduras debían ser viles, servir a los demás, sin apropiarse de lugares que habitaran y conformarse con lo necesario para el sustento, trabajando o viviendo de limosna” (Rubiál García, 1996, p. 18). En el año 1212, el Papa Inocencio III reconoció a los franciscanos como una Orden religiosa.
Hasta el siglo XV los franciscanos se expandieron por Europa aunque con divergencias internas en la Orden. A mediados del siglo XVI la Orden se divide entre los que aceptan privilegios y exenciones papales (conocidos como Conventuales), y los que se muestran fieles a sus orígenes y son contrarios a las innovaciones (denominados Observantes) (Martínez de Vega, 2000). Los primeros son acusados de introducir serios relajamientos dentro de la Orden, los segundos se mantuvieron por un tiempo fiel a sus orígenes, sin embargo más tarde se aproximarían en su estilo de vida a los Conventuales (Martínez de Vega, 2000). Además, ante el interés y presión acontecida en la Orden por ampliar las construcciones de los conventos, surgió una tercera división conocida como Capuchinos.
En América, los franciscanos se distinguieron en la enseñanza de su regla a través de las misiones con un gran crecimiento y expansión sobre terrenos en todo el continente a lo largo de los siglos XVII y XVIII (Rodríguez Becerra y Hernández González, 2009). Durante esta etapa colonial la Orden se destacó en la construcción y el autoabastecimiento de iglesias y conventos, a los cuales agregaron dependencias y diversidad de tareas con control y manejo de gran cantidad de recursos y bienes materiales (asociados a escuelas, graneros, bodegas, bibliotecas, huertas, etc.) (Rodríguez Becerra y Hernández González, 2009).
A partir del siglo XIX el panorama fue muy diferente para la Orden. Las ideas liberales promovidas hacia fines del siglo XVIII por la ilustración, repercutieron en la situación política de América. Tal circunstancia conllevó a la gestación de movimientos independentistas en la búsqueda de la emancipación de la Corona Española . Este convulsionado panorama ideológico, social y político impactó en las prácticas de los franciscanos de todo el continente americano.
En el año 1835 en España, las órdenes masculinas serán disueltas, exclaustradas y desamortizadas por el gobierno de Mendizábal (Rodríguez Becerra y Hernández González, 2009), muchas de las iglesias y conventos de la Orden Franciscana en América, sufrirán la misma situación principalmente en Centroamérica, llevando a que la mayoría de las órdenes religiosas fueran expulsadas de sus países (Amores Carredano, 2006). La restauración de la Orden franciscana comenzó en el año 1838 en los países donde apenas se habían padecido procesos de desamortización como Chile, Bolivia, Perú y Argentina (Amores Carredano, 2006).
En este contexto, en las Provincias Unidas del Río de la Plata, a partir de una reforma eclesiástica del año 1822, se quita a las órdenes religiosas gran parte de su poder y sus enormes propiedades; con la excepción de aquellas que contaran con el número mínimo de frailes para funcionar (Schávelzon y Silveira, 1998). De esta manera, durante el siglo XIX, en nuestro país, al igual que en Latinoamérica, las órdenes religiosas no sólo perderán parte de sus propiedades, sino que además sus conventos pasarán a tener distintas funciones, mayormente públicas y a cargo del Estado, como cuarteles, cárceles, escuelas, hospitales, o uso privado como viviendas, almacenes, instalaciones fabriles, etc. (Rodríguez Becerra y Hernández González, 2009; Schávelzon y Silveira, 1998).
Por otra parte, de acuerdo con Andrade Lima (1999) el siglo XIX es un momento de profundos cambios con la difusión masiva de nuevos productos industrializados que siguen reglas de higiene personal y colectiva, dirigidas al aseo corporal, procesamiento de alimentos, mantenimiento de las habitaciones, vestuario, comportamiento en la mesa, etc.(Andrade Lima, 1999). Se consolida a lo largo del siglo XIX y XX una nueva mentalidad que promete salud, bienestar, comodidad; facilidades que conllevaron a una nueva forma de vida (Schávelzon, 2000).
Paralelamente, en San Miguel de Tucumán como en la mayoría de las ciudades latinoamericanas hacia mediados del siglo XIX, se seguían los ideales del “progreso social”, acompañado de la influencia de inmigrantes europeos, entre las décadas de los 70 y 80 (Moreno y Chiarello, 2012). Sin embargo, es hacia fines del siglo XIX, cuando se produce una serie de transformaciones en la ciudad estimuladas por un gobierno progresista y renovador; líneas ferroviarias, tranvías, calles empedradas, boulevares con arbolado, plazas y edificios públicos representaron nuevas necesidades de orden y deseo de las burguesías más prestigiosas que seguían modelos propiamente europeos a los cuales la sociedad podía adecuarse (Moreno y Chiarello, 2012).
En el año 1565 los primeros franciscanos arriban a una extensa región, que actualmente comprende las provincias de Córdoba, Tucumán, Salta, Jujuy, La Rioja, Catamarca, Santiago del estero y gran parte de Chaco.Dependían de la provincia de los Doce Apóstoles de Lima (Perú);al llegar forman la Custodia de San Jorge de Tucumán, que contaba con cuatro residencias en 1587 y además servía a otros centros misión que eran: Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán, Nueva Córdoba y Nuestra Señora del Estero (Abad Pérez, 1992).
En 1664 los franciscanos finalizaron la construcción de su iglesia y convento en Ibatín. Al cabo de unos años, en 1685 se trasladaron a La Toma (actual ciudad de San Miguel de Tucumán) y edificaron nuevamente su templo y convento en la intersección de las calles, hoy conocidas como Crisóstomo Álvarez y 9 de Julio, respetando la misma distribución de Ibatín (Páez de la Torre et al. 1993).
Con posterioridad (1785) a la expulsión de la Compañía de Jesús (1767) la Orden Franciscana recibe el edificio y colegio jesuita, con la condición de continuar la enseñanza en primeras letras y gramática (Cano, 1972; Páez de la Torre et al. 1993). Los dominicos, por su parte, son reubicados en el “desvencijado” convento dejado por los franciscanos (Páez de la Torre et al. 1993).
Los datos aportados por la historiografía brindan un panorama, a lo largo del periodo en estudio, sobre la comunidad franciscana de la IyCSF (Figura 1), y exponen diferentes usos, funciones y cambios constructivos del sitio aludidos en diferentes trabajos a continuación.
Meyer (2008) expone que en el año 1779, debido al incendio del cabildo, se trasladaron a San Francisco dos oficinas, sala y juzgado, y un sector del sótano que fue utilizado como cárcel por una permanencia de ocho años. Por su parte, Páez de la torre, Terán y Viola (1993) mencionan que en el año 1794, la sede franciscana cumplirá con las funciones religiosas de la iglesia Matriz. Situación que se extenderá hasta el año 1801, por estar en deterioro la iglesia principal y ser amenaza de contagio, a causa de epidemia de viruelas por enterratorios numerosos (Lopez Mañan, 1912).
Cano (1972) relata que la escuela y parte del convento franciscano fueron utilizados a modo de hospital durante dos años por las tropas del General Manuel Belgrano, durante las guerras por la independencia. Además, muchos de los asistentes a la famosa asamblea de la independencia se alojaron en las celdas de San Francisco (Groussac et al. 1882; Páez de la Torre et al. 1993).
En el año 1839, un local que funcionó como mercado, antiguamente ubicado en la actual calle 25 de Mayo, fue devuelto a los Franciscanos; posteriormente fue utilizado como sede de la parroquia La Victoria en el año 1855 (Páez de la Torre et al. 1993).
Por su parte, Granillo, un viajero que visita Tucumán hacia 1872 menciona que la escuela de San Francisco se dedica a enseñanzas de primeras letras, teología y cánones, muy concurrida en ese tiempo especialmente para los jóvenes con vocación al sacerdocio (Granillo, 1872).
Además de los diferentes usos y funciones de la IyCSF, ocurren importantes obras de reparación, remodelación y reconstrucción del edificio a partir del año 1864 hasta fines del siglo XIX, con la ayuda económica de la clase alta y del gobierno (Lizondo Borda, 1916). Se observa un marcado interés principalmente por terminar las obras y embellecer el edificio. Mientras que hacia el año 1872, la fachada de la iglesia fue reformada con un “estilo poco moderno”, sin incluir modificaciones de la antigua torre (Granillo, 1872, p.70). Entre la década del 70 y los 80 se incorpora lo “moderno”. Esto se evidencia no sólo en una nueva fachada sino que además la Iglesia fue dotada de tres naves y una cúpula recubierta con azulejos “Pais de Calais”, según un proyecto de Fray Luis Giorgi (Viola, 1993; Groussac et al. 1882).
En el año 1902, los sectores del segundo patio del convento son vendidos (los comunes, huertas, corrales, etc.) (Gómez, 1983). En el mismo año, parte del Convento es demolido y construido nuevamente dejando intactos los aposentos del Noroeste.
Frente a este complejo panorama, partimos del supuesto que enuncia que las prácticas cotidianas de los frailes de la IyCSF de San Miguel de Tucumán fueron afectadas por las circunstancias históricas, acaecidas a lo largo del siglo XIX, con un marcado interés por la incorporación de innovaciones y mejoras edilicias en contradicción a su regla de vida privada de bienes materiales.

En base a la temporalidad analizada en la colección a la que se hace referencia y a la estrategia teórico-metodológica elegida, nuestro estudio se incluye en el campo de la Arqueología Histórica, la cual es definida como “el estudio arqueológico de los aspectos materiales -en términos históricos, culturales y sociales concretos- de los efectos del mercantilismo y del capitalismo traídos de Europa a fines del siglo XV y que continúan en acción hasta hoy” (Orser, 2000, p. 4). Entendemos que la disciplina puede recurrir a diferentes líneas para estudiar el pasado cercano empleando como método la combinación de fuentes arqueológicas e históricas, desde una perspectiva antropológica (Orser, 2000).
Consideramos que la evidencia material y la documentación escrita son distintas en su naturaleza, por lo que requieren de un tratamiento y métodos de análisis diferentes (Senatore et al. 2007). Sin embargo, ambas fuentes resultan de la interacción e ntre prácticas y discursos, por lo que no son independientes entre sí (Senatore et al. 2007). Además, al respecto Michel de Certeau, distingue la diferencia existente entre el tratamiento de las prácticas y el de los discursos: “Ahí donde primero se registra una ‘verdad del hacer’, en el otro se descifra las ‘mentiras del decir’” (De Certeau, 1996, en Cassigoli Salamon, 2016, p. 7). Para el presente trabajo, entendemos las prácticas cotidianas como “memorias” que combinan rastros de un corpus social olvidado y que suponen un “modelo cultural diferente”, latentes y diseminadas como detalles materiales insignificantes en el sentido de que ya no organizan la vida social, aun así son determinantes en cuanto constituyen “fragmentos relativos a sistemas derrumbados y olvidados” (De Certeau, 1995, en Cassigoli Salamon, 2016, p. 7).
A modo organizativo, presentamos a continuación las fuentes de análisis (discriminadas), mencionando brevemente la metodologíaseguida en cada caso.
El conjunto cerámico analizado es denominado histórico, ya que se trata de un material introducido por los europeos, en América, a partir del siglo XVI (Chiavazza et al. 2003).
Se decidió enfocar el análisis en la cerámica de carácter utilitario (vajilla, contenedores, etc.), ornamental (macetas, floreros, etc.) y otros, como los ítems utilizados en la instalación eléctrica.
Para la elección de las unidades de observación (Horwitz y Figuerero Torres, 2001) o variables, se tuvo en cuenta que la diversidad y variabilidad de la composición de las materias primas y las técnicas utilizadas, en la producción del material cerámico, dificulta su análisis (Chiavazza et al. 2003). Es por ello que las clasificaciones usadas por distintos autores en ocasiones combinan tipos cerámicos definidos a partir de las técnicas de manufactura con otros que consideran la materia prima, y tampoco existen coincidencias respecto a este aspecto en la bibliografía específica de quienes analizan cerámica (Chiavazza et al. 2003). Sin embargo, nuestra decisión fue tomar como base la propuesta de Deagan (1987, en Sosa y Tobella 2013), que considera aspectos tecnológicos que se refieren tanto al material de manufactura (pasta), como al tratamiento de superficie y decoración. Esta clasificación es retomada, en gran parte, por Schávelzon (2001) para la clasificación de grupos cerámicos existentes en nuestro país. Para ello utiliza como elemento clasificador básico la materia prima de manufactura (pasta), y así distingue distintos grupos cerámicos, entre ellos: las cerámicas rojas (sean vidriadas o no), la loza, la porcelana, el gres, las mayólicas y el caolín puro.
El objetivo del análisis fue clasificar el conjunto estudiado en grupos cerámicos y adscribir cronológicamente la amplia variedad de material cerámico recuperado de los seguimientos de obra y excavaciones del sitio en estudio, considerando los aspectos tecnológicos ya mencionados.
Finalmente se realizó una aproximación general siguiendo la propuesta de Schávelzon (2001) para la reconstrucción de las formas más habituales, a partir de los propios fragmentos, asociándolos a distintos usos (vajilla, ornamental, recreativo, entre otros).
La gran mayoría de la información utilizada provino de fuentes históricas éditas, que aportaron principalmente datos indirectos sobre el sitio permitiendo construir un marco de referencia histórico del mismo. En cuanto a las fuentes inéditas, se consultó documentación perteneciente a la IyCSF, documentos que incluyen disposiciones (“Disposiciones de la Iglesia y Convento de San Francisco”, 1840 -1879, 1881-1910), cartas (“Carta dirigida a Antonio Araoz”, 1840), contratos (“Contrato con Alejandro Candelara”, 1864; “Contrato con Ramón Berroa”, 1875; “Contrato con Güell”, 1885; “Contrato con Pedro Vozza”, 1901) y nombramientos relativos a la Orden (“Nombramiento de San Francisco como vice parroco”, 1829). Se tomaron para el presente análisis exclusivamente los documentos referidos a las disposiciones del convento que constan de dos libros, principalmente por ser los de mayor volumen, por contar con una serie ininterrumpida desde los años 1840- 1879 y 1881- 1910, y por remitirse exclusivamente al lapso en estudio. La información contenida en estos libros se refiere tanto a la contabilidad (ingresos y gastos del convento) como a los modos de administración y gestión del convento (detalles sobre las misas, vestuario de los religiosos, vestimenta y asistencia a los sirvientes, detalles sobre el estados de los diferentes lugares que componen la iglesia y el convento, registro de las obras edilicias realizadas e información acerca de las providencias del convento). Además este tipo de documentación también conocida como “libros becerro”, “libros maestros” o “libros protocolo” superan de forma aceptable la crítica interna de veracidad (Gómez Navarro, 2010).
Teniendo en cuenta los objetivos de la investigación, el análisis documental se centró particularmente en las menciones vinculadas al consumo de objetos cerámicos (tipo de objeto, cantidad, función, tipo de material y localización del mismo en el espacio del convento) a fines de poder complementar esta información con el análisis del material arqueológico y algunas referencias que se articulan y aportan de manera directa o indirecta a la investigación. Las menciones fueron transcriptas respetando la escritura original del documento, además en los casos en que algunos términos no se pudieron entender con exactitud se realizó una sugerencia del mismo con un signo de pregunta.
El total de la muestra cerámica recuperada asciende a 254 fragmentos. La tabla 1 expone la distribución de la misma discriminada según su área de procedencia (figura 2). La labor arqueológica en el sitio consistió en el seguimiento de obras de reparación, según las exigencias de la licitación de un proyecto de restauración y conservación del templo y convento de San Francisco, junto a la planificación de excavaciones en base a información documental.
Los seguimientos de obras se efectuaron en las celdas, canal de la cocina y patio de la cocina eintegraron diferentes modalidades: recolección y registro de los materiales hallados por obreros, implementación de sondeos de 1x1 m en el caso del hallazgo de estructuras (este es el caso del patio de la cocina, donde primeramente se intervino en una trinchera excavada por obreros recuperando material cerámico, luego se amplió el sondeo hacia el Este hallando dos niveles de piso sin asociación con el área de procedencia de la cerámica), e inspecciones oculares o cateos en los montículos del sedimento excavado por el personal a cargo de las obras de reparación.
Las excavaciones planificadas se realizaron, a partir de la consulta de planos antiguos, en el patio del antiguo claustro, las bases de las antiguas columnas, en el albañal y el aljibe, mediante sondeos o apertura en área (Tabla 2) a fines de confirmar la preexistencia de estructuras.
El proyecto apeló al uso de fuentes históricas para comprender la dinámica espacial de la IyCSF, considerando las antiguas obras de reparación, remodelación y reconstrucción del edificio que permitió comprender la naturaleza de los contextos intervenidos, los cuales no provienen de contextos de uso primario, sino que son depósitos de desechos secundarios o terciarios (material de rellenos, desechos de demoliciones y/o de descarte). A partir de los porcentajes de cerámica obtenidos para cada sector, podemos decir que, la mayoría de ellos (62%), fueron recuperados a partir de la excavación realizada en el sector del aljibe, mientras que el porcentaje restante (38%) se distribuyó de manera relativamente proporcional en los demás sectores intervenidos. Se determinó que el estado de conservación del conjunto es fragmentario, con manchas en el vidriado de los tiestos en algunos casos (principalmente óxido), evidencias de craquelado (resquebrajamiento del vidriado) y saltado de esmalte (Frazzi, 2009).


Sobre la base del análisis artefactual efectuado, y de acuerdo con las características del material de manufactura, tratamiento de superficie y decoración presente en la muestra, se expone una primera caracterización del conjunto cerámico de IyCSF (Tabla 3).
Entre el conjunto analizado se distinguen 51 fragmentos que, de acuerdo con el material de manufactura corresponden a tipos cerámicos porosos. El color de la pasta varía de tonos rojizos a anaranjados. Sus características coinciden con las cerámicas rojas de tradición europea usadas para la preparación de alimentos, como vajilla de mesa y para otras necesidades domésticas en forma de floreros, macetas y tinajas (Schávelzon, 2001).
Según el recubrimiento de la superficie, se distinguieron 35 fragmentos de cerámicas sin vidriar que serían coincidentes con fragmentos de “macetas”,diferenciados de los otros tipos principalmente por presentar mayor espesor (variables entre 10 a 20 mm) y mayor tamaño promedio de los fragmentos (desde 7 x 5 cm hasta 12 x 21 cm). Se distinguen 8 fragmentos de base, 12 partes de cuerpo y 15 bordes (Figura 3). Los tipos identificados coinciden con la clasificación realizada en macetas de cerámicas rojas por Schávelzon (2001). Se destacan un pie de maceta cónico (correspondiente con los denominados maceteros del siglo XIX), base con perforación central con pasta roja de forma troncocónico invertido (características que coinciden con las nombradas macetas rojas comunes) y algunas partes de cuerpo con incisiones triangulares y moldeados geométricos (diseños en concordancia con las conocidas como macetas ornamentales).
Los restantes 16 fragmentos presentan vidriado. Dentro de este último subgrupo, 10 ejemplares poseen una cubierta de esmalte trasparente, que varía de un vidriado muy brilloso a opaco; y los otros seis presentan vidriados en color, distinguiéndose tonos cremas, grises, amarillo y marrón.
Resulta una tarea difícil poder clasificar de forma más precisa al conjunto de las cerámicas con vidriados transparentes (n=10) cuyos tonos varían de rojizos a marrones. Sin embargo, podemos decir que la mayoría de los fragmentos se asemejan a lo que se conoce como cerámica utilitaria. Este tipo de cerámica es de tradición europea y está fechada entre los años 1770 y 1900. También se distinguen evidencias del uso de torno, presencia de paredes casi verticales y porciones de boca ancha y base pequeña, todos atributos constructivos y formales sugeridos por Schavelzón (2001) para este tipo de cerámicas y que coinciden con la muestra analizada.
El restante grupo de fragmentos vidriados (n=6), que poseen una cubierta de color, la cual varía entre tonos cremas, grises, amarillos y marrones, no ha podido ser identificado con mayor precisión. La mitad de ellos presenta una cubierta de esmalte de color gris que coincide con cerámicas de tradición europea, del tipo utilitario con vidriado de plomo (Schávelzon, 1995).



El conjunto de lozas recuperadas constituye una muestra total de 162 fragmentos. Su pasta coincide con las características de pasta fina, de color blanco y textura porosa; no es traslucida y posee una cubierta vidriada (Frazzi, 2009). Según Camino (2012), la loza es un producto industrial que tiene su origen en Inglaterra hacia mediados del siglo XVIII, sin embargo éste no fue el único centro productor, sino que también se elaboraron para la época en Francia, Eslovaquia, Bélgica y Estados Unidos.
Del total de lozas analizadas se discriminó entre aquellos fragmentos que presentaban decoración y los que presentaban una superficie lisa, destacándose 117 fragmentos no decorados y 45 decorados.
Los fragmentos sin decoración se clasificaron según el esmaltado que presentaban y el color de la superficie vidriada. De esta forma, se distinguen tres tipos: Creamware, Pearlware y Whiteware (Schávelzon, 2001) (figura 4).
En cuanto a las lozas decoradas (45), es necesario aclarar que se recuperó una amplia variedad de motivos decorativos. Se siguió la clasificación de Schávelzon (1988, en Frazzi, 2009) y se distinguieron los siguientes tipos y sus cantidades: decoración impresa (ocho), borde decorado (ocho), pintada a mano (10), decoración en relieve (tres), decoración a color (seis) y con sellos (nueve) (Figura 5).
Respecto a los sellos presentes en las lozas, se observan motivos o símbolos correspondientes a marcas usadas por el autor, destacándose en todos los casos firmas o iniciales de una o más compañías como: “IRONSTONE CHINA,SOL, J&G MEAKIN, ENGLAND”; “ARABIA, SUOHI, FINLANDIA 4”; “Y&E VILLEROY, ALEMANIA”; “PARIS”; “IMPERIAL IRONSTONE CHINA, KOSHITSU MADE”; “ERAMIQ” y “DAVE”, éstas dos últimas se encuentran incompletas. Cabe señalar que los sellos permiten dar cuenta de la importación de productos provenientes del exterior de países como Alemania, Francia, Inglaterra, Finlandia y Japón.
Los sellos recuperados sumaron una cantidad total de nueve fragmentos, de los cuales sólo dos de ellos remontaron en la misma área de procedencia. Puede distinguirse inscripciones bajo cubierta con la técnica de impresión y de inscripción bajo relieve. Las letras se presentan en color generalmente negro, a excepción de uno de ellos con letras verdes. Se observan motivos o símbolos correspondientes a marcas usadas por su fabricante, destacándose en todos los casos firmas o iniciales de una o más compañías.


Para este grupo cerámico se registraron un total de nueve fragmentos correspondientes a botellas de gres. El color de la pasta de todos los fragmentos es gris y presentan una cubierta marrónde esmalte muy brillante, características propias de fabricantes ingleses (Schávelzon, Frazzi, Carminatti, Camino, 2011).
De acuerdo a su color, los fragmentos podrían corresponder a partes del cuerpo de botellas que contenían originalmente ginebra/ agua mineral y/o tinta (Daniel Schávelzon, comunicación personal 2014). Se observa en la cara interna de algunos fragmentos las líneas que evidencian la fabricación con torno. Las variedades corresponden a ejemplares del siglo XIX y XX, hacia 1820 – 1916 (Schávelzon, 2001).
La muestra de porcelanas comprende un total de 14 fragmentos, entre los que se distinguen dos completamente blancos, cinco fragmentos con decoración en sobre relieve y siete fragmentos con decoración impresa sobre cubierta o bajo cubierta a excepción de un fragmento modelado (Figura 6). Ninguno de los fragmentos se ha podido remontar con otros del conjunto total.
En cuanto a la descripción de la pasta, se observa claramente un color blanco uniforme, de textura no porosa, con bordes limpios y cortantes. Además, su pasta coincide con las características de extrema calidad y rigidez típicas de la porcelana (Schávelzon, 2001).
El vidriado se muestra trasparente en todos los casos, dando cuenta de que se trata de porcelanas de origen europeo, las que se importan a nuestro país en mayores cantidades hacia el año 1900 (Schávelzon, 2001).
Además, se registró un total de 18 fragmentos/artefactos de porcelana industrial, utilizada principalmente para la confección de elementos eléctricos (Schávelzon, 2001) (Figura 7). Se caracterizan por su pasta de color blanco, su textura no porosa y por presentar una cubierta vítrea trasparente, sin defectos. La mayoría (16) corresponde a fragmentos y sólo dos piezas se recuperaron enteras.
Entre ellos se distinguen: nueve aisladores cilíndricos de corriente de distintos tamaños (dos de ellos enteros), una tapa aisladora de enchufe con rosca, dos conectores (uno de ellos habría servido para enchufar posiblemente una lámpara), otro conector con cavidad hueca, otro artefacto con función de interruptor, una tapa de caja derivadora y tres fragmentos no identificados.
Cabe subrayar que fue posiblemente entre 1900 y 1920 que se produjo la mayor cantidad de enchufes, fichas de encendido, fusibles, interruptores, baterías y aislantes en Europa (Schávelzon, 2001). Por ello, su incorporación en Argentina se habría producido durante el siglo XX.


Los documentos inéditos analizados (“Disposiciones de la Iglesia y Convento de San Francisco”, 1840 -1879; “Disposiciones de la Iglesia y Convento de San Francisco”, 1881-1910) consisten en dos libros que suman un total de 626 hojas; con información temporal y espacial, expresada mediante la fecha y el lugar dadas por un único narrador, el superior del convento (Guardián).
En el primer libro, desde el año 1840 hasta el año 1879, se contabilizó un total de 23 disposiciones (legajos) a cargo de distintos guardianes. Dicha documentación comienza con una introducción y sigue determinado orden al narrarse que se repite a lo largo del libro, destacándose los siguientes títulos: 1) Ingreso y gastos en plata, 2) Estado y distribución de las misas, 3) Religiosos fallecidos, 4) Vestuario a los religiosos, 5) Asistencia a sirvientes, 6) Oficinas del convento (Refiriéndose de manera particular a cada una de ellas: Iglesia, Sacristía, Coro, Librería, Escuela, Refectorio, Despensa, Cocina, Barbería y Huerta), 7) Aumento de las Obras (en otros casos figura como trabajos realizados en el convento), 8) Estado en el que queda el convento (Información acerca de las providencias y cantidad de religiosos existentes).
El segundo libro analizado consta de una serie ininterrumpida entre el año 1881 y 1910; contiene un total de 19 Disposiciones formadas por diferentes guardianes que fueron sucediéndose correlativamente. El orden, en el que se narró cada una, continúa con el diseño narrativo del libro anterior, una introducción y los mismos títulos. Sin embargo, se identificó otros como:1)Prácticas regulares y numerosa de esta comunidad, 2)Hospedería: refiriéndose exclusivamente a la Escuela, Despensa y Cocina y 3) Sala de recibo (desde 1896). Además, se especificó algunos títulos eventuales como ser: 1) Trabajos de obras y 2)Donación de un terreno.
Al final de cada Disposición se constató las firmas correspondientes de cada guardián, el síndico (aquella persona elegida por la comunidad generalmente a cargo de las limosnas) y los padres discretos (miembros de la Orden), selladas con un pigmento y diseño semejante al símbolo franciscano.
Las Disposiciones constituyen claramente los libros de contaduría propios del convento, nótese la siguiente referencia “En este estado queda este convento de la observancia de San Miguel del Tucumán con arreglo a sus libros de cuentas, y protocolo, de oficina; los que se han tenido presentes para formar esta disposición lo que por estar fiel, y legal la sellaron con el sello de este se ha dicho convento y las firmaron los Reverendos Padres Guardian y Discretos con nuestro hermano sindico(…)” (Libro 1, Disposición 1845, hoja 26). Lo que legitima la autenticidad de los documentos.
La información contenida en estos libros se refiere tanto a la contabilidad como a los modos de administración y gestión del convento, y según la referencia anterior, el convento pertenece a la “observancia”, aquella división de la Orden que “observa” de forma fiel la regla originaria.
Los objetos registrados de las providencias de la IyCSF, se contextualizan en la narrativa de los documentos antes descriptos. Su registro, a modo de inventario, consiste en descripciones muy amenas, y en algunos casos se obtuvo información acerca del tipo de objeto, cantidad, función, material de manufactura y su localización. El análisis se enfocó en aquellos que se identificaron por sus narradores como loza y aquellos que se asemejan a las formas habituales de objetos cerámicos como pocillos, tazas, platos, entre otros (tabla 4).
Se contabilizó un total de 154 objetos cerámicos o en posible relación con este tipo de material de manufactura. De los cuales 10 corresponden con loza.
Finalmente, otro de los resultados a destacar es sobre la construcción del aljibe. En la Disposición formada en el año 1869 se describe lo siguiente “Se ha trabajado un aljibe de ochenta “pipas” el cual dejó el Guardián anterior cavado = colocado en el patio de los claustros” (Libro 1, Disposición año 1869, hoja 258). De acuerdo a las consultas realizadas 1 pipa sevillana era de 27 arrobas y media, es decir unos 430 litros con lo que nos daría un volumen aproximado de 34.400 litros.

A partir del análisis realizado se pudo determinar que el material cerámico corresponde a un período de ocupación del sitio que abarca los siglos XVIII, XIX y XX, de forma coincidente con la etapa de plena residencia de la Orden Franciscana, aunque la mayor proporción de la muestra corresponde a los dos últimos siglos y provino del aljibe.
El siglo XVIII está representado escasamente en la muestra con la presencia de lozas Creamware y cerámicas rojas de tradición europea. Las lozas Creamware comienzan a producirse en Inglaterra hacia el año 1720 como un material más económico, estéticamente vistoso y que se asemejaba a la porcelana, sin embargo la fabricación industrial del tipo blanco liso, presentes en el sitio,destinada a la clase media, se incorporó en Argentina recién hacia fines del siglo XVIII (Schávelzon, 1991).
En cuanto a las cerámicas de tradición europea su producción data entre los años 1770 y 1900. Se sugiere que habrían servido como contenedores domésticos de alimentos líquidos debido a su menor tamaño, espesor e impermeabilidad. Cabe destacar que la escasa representación durante el siglo XIX de aquellos con vidriados de plomo puede explicarse a partir de su prohibición hacia el año 1802, debido a que el plomo producía enfermedades y mortandad (Schávelzon, 2000).
A partir del siglo XIX se puede observar en el registro arqueológico la incorporación de diversos materiales cerámicos, asociados a determinados usos. Las lozas del tipo Pearlware y Whiteware, con sus variedades en decoraciones, dan cuenta de una reposición a lo largo del siglo XIX de piezas utilizadas generalmente como vajilla de mesa y que se evidencia en los documentos. Según Chiavazza, Puebla y Zorrilla (2003), estos productos son la materialización de la revolución industrial y su expansión, que encuentra un ambiente propicio en el actual territorio nacional, sobre todo con la apertura del puerto de Buenos Aires al comercio con todas las naciones desde 1810.
Por otro lado, se evidencia una baja proporción de gres cerámico; material asociado particularmente con envases de bebidas (agua, ginebra, gaseosas y cerveza). No se puede precisar un motivo para explicar sobre su escasa representación en la IyCSF; sin embargo, Schávelzon (2001) plantea que hacia el año 1880 su ausencia en los contextos urbanos podría indicar un remplazo del mismo por la incorporación de botellas de vidrio industrial; dicho material aparece en grandes cantidades (1231 piezas, fragmentadas y enteras) entre los distintos materiales recuperados en el sitio en estudio.
En cuanto a las cerámicas rojas los ítems no vidriados se diferencian de los vidriados, muy probablemente por una cuestión funcional y de uso que habría que discutir en posteriores investigaciones. Presentan mayores espesores y tamaños, habrían sido utilizadas como macetas, ya sea con fines ornamentales y/o para el cultivo de hierbas medicinales, donde la impermeabilidad resulta una característica innecesaria para las mismas. Las macetas se fecharon desde el año 1850 en adelante, sin embargo, las presentes en la muestra se extienden hasta el siglo XX. Esto podría indicar que se fueron remplazando e incorporando nuevos recipientes hacia fines del siglo XIX y hasta mediados del siglo XX por los franciscanos. Al respecto, la información documental, no hace mención a la adquisición de las mismas en relación a las providencias (aquellos bienes de los cuales se proveía el Convento); sin embargo, en los documentos se menciona hacia el año 1842 la existencia de un jardín con “muchas plantas o arbustos medicinales y plantas de flores, y hay en el nueve naranjos dulces entre chicos y grandes” (“Disposiciones de la Iglesia y Convento de San Francisco”, 1840 -1879, p. 17).
Avanzado el siglo XIX, es notoria la presencia de porcelana industrial, utilizada en electricidad, la que comienza a importarse desde Europa en grandes cantidades, hacia mediados y fines del siglo XIX y principios del XX. En la ciudad de San Miguel de Tucumán, la instalación del servicio de electricidad se efectúa a partir del año 1887 (Paolasso, Malizia y Boldrini; 2019). Los documentos confirman su incorporación en la IyCSF en el año 1904, en el sector del coro y refectorio, y en el año 1910 en las celdas y Biblioteca.
Por otro lado, en cuanto a la porcelana no utilizada en electricidad, existe una baja proporción de aquellas utilizadas como vajilla u objetos de decoración, las que se incorporan al Convento a partir del año 1900. Por su vidriado trasparente pudo determinarse su origen europeo (Schávelzon, 2000).
El análisis realizado nos permitió además comparar el mercado de donde provienen las lozas. Cabe destacar que la mayor representación corresponde a los tipos Pearlware y Whiteware y, en menor medida, Creamware. Su incorporación al Convento es paralela a la importación de otros productos provenientes de Europa a partir de la Revolución Industrial y tuvo gran repercusión debido a su estética, alta utilidad y bajo costo, ya que eran accesibles a las clases medias. Sin embargo, existe una variedad de mercados de importación, destacándose algunos sellos de origen inglés. Uno de ellos corresponde a la firma “J&G Meakin” que se fabrica a partir del año 1900 y otro con la inscripción “Imperial Ironstone china” se fabrican a partir del siglo XIX. Además otras lozas procederían de Francia, Alemania, Finlandia y Japón, lo que permite trazar las redes de comercio que Argentina mantenía hacia el siglo XIX y a los cuales la ciudad de San Miguel de Tucumán se incorporó. Esta adquisición de productos importados puede esclarecerse a partir de la información documental, ya que, desde la disposición de 1881 hasta la registrada en 1910, los frailes se abastecen semanalmente de “artículos” tomados del mercado. El plano de la ciudad de San Miguel de Tucumán de 1877 (Figura 1), muestra la existencia de tres mercados que proveían de insumos a sus habitantes (Mercado del Algarrobo, Mercado del Este y Mercado del Sur).
En cuanto a los tipos decorados, se constató que constituyen el 26% de la muestra, la que está representada ampliamente por los grupos cerámicos de la loza y porcelana y, en menor medida, por las cerámicas rojas sin vidriar (macetas).
Respecto a la técnica utilizada en la decoración, el 82% de los fragmentos decorados presentan una técnica mecánica (por impresión, transferencia y en relieve), dando cuenta de una tendencia de decoración industrial aplicada en los fragmentos de lozas y porcelanas. En el 18% restante de los fragmentos decorados se identificó la aplicación de una técnica manual, particularmente del tipo pintado en lozas y, moldeado y pintado en 10 fragmentos de cerámicas rojas sin vidriar. Aunque es menor la proporción de la técnica manual en la muestra, su registro permite entrever la pervivencia de lo artesanal, a pesar de la prosperidad del mercado industrial. Según Schávelzon (1991) la vajilla decorada es adquirida por quienes detentaban un mayor poder adquisitivo.
Cabe destacar que la mayor cantidad de lozas corresponde al tipo blanco liso, siendo aún más económico que aquellos con decoración de motivos. Sin embargo, la diversidad de las técnicas aplicadas en la decoración da cuenta de la competitividad existente en el mercado de lozas, producto de la gran demanda de las mismas, a las que también accedían los sectores sociales de clase media (Schávelzon, 1991).
Definitivamente las lozas constituyen para el Convento un bien mayormente utilitario, empleado como vajilla de mesa, mientras que solo tres fragmentos podrían pertenecer a partes de algún florero. De esta manera, la vajilla franciscana habría estado constituida principalmente por: platos, vasos, fuentes, tazas y pocillos, con motivos y colores que confirman el rango temporal de incorporación de estas lozas. En las Disposiciones se menciona la adquisición de platos, tazas, pocillos, jarros y jarras desde 1842 hasta 1910. La alta proporción de estas nuevas formas permite inferir que los frailes habrían incorporado a su modo de vida nuevas costumbres en la mesa, las que estarían asociadas con productos europeos de origen mayormente inglés, y, en menor medida, de origen francés, alemán, finlandés y japonés. Se observa, además, que en el año 1889 se adquiere un “servicio de mesa completo” para “las funciones principales de la casa” y hacia el año 1908 se incorpora “un servicio de café”. Al respecto, es sugestivo que la tradición del té sea una costumbre inglesa. A modo comparativo, cabe resaltar que en Buenos Aires la llegada de la loza europea tenía su justificación: el abandono de lo español por lo inglés y francés, su bajo costo y el cambio en las costumbres de mesa y de la vida hogareña que se estaba produciendo. De la antigua mesa española, servida con apenas algunas piezas para vajilla y en donde se comía básicamente con la mano, se estaba pasando a la mesa inglesa, donde cada elemento cumplía una función específica para lo cual estaba diseñado (Schávelzon, 2001).
Si entendemos a la materialidad como parte constitutiva de las acciones y prácticas sociales que los seres humanos desarrollan, es posible plantear que el material cerámico tiene un alto potencial a la hora de indagar en sus posibles significados. Sin embargo, no debemos perder de vista el hecho de que, la cerámica es solo uno de entre otros tantos materiales que nos hablan de numerosos aspectos sociales de la vida en el pasado. Por ello es de fundamental importancia contrastar las interpretaciones vertidas con otros materiales arqueológicos (cuyo análisis, en esta ocasión, excede los límites del presente trabajo) y otras fuentes documentales.
Por su parte, el análisis cerámico nos brinda un marco de referencia del poder adquisitivo de sus usuarios y de su nivel económico social. La ausencia de cerámicas costosas en el estudio de caso, como ser mayólicas o porcelana china, y la presencia de cerámicas industriales, en su gran mayoría loza inglesa indica un consumo de productos al que accedían las clases medias y bajas (Chiavazza, Puebla y Zorrilla, 2003).
En lo que respecta al plano ideológico, estos materiales denotan diferentes valoraciones, por parte de las personas que los apropian. En el caso de la vajilla, representa un interés por lo estético, lo higiénico (en cuanto es de utilización personal), una valoración por su funcionalidad para contener y establecer un orden de los alimentos. Fenómeno que tendió a una mayor individualización y especialización, con la invención de nuevas formas y funciones específicas, sofisticando la cultura material destinada al consumo de alimentos a lo largo del siglo XIX (Andrade Lima, 1999).
Si nos referimos a la iluminación eléctrica, su incorporación denota un interés por la innovación, la búsqueda del confort y seguridad por parte de los frailes hacia el año 1904. Tal innovación junto a la incorporación de líneas ferroviarias, tranvías, calles empedradas, boulevares, plazas y edificios públicos acontecían en la ciudad ya hacia fines del siglo XIX (Moreno y Chiarello, 2012).
Finalmente, se sugiere que la implementación de numerosas macetas podría estar relacionada al cultivo de hierbas o con fines ornamentales para plantas con flores mencionadas en los documentos, como una práctica cotidiana de los franciscanos en los jardines del convento; sin embargo no se menciona el uso de macetas o algún recipiente destinado a tal actividad.
De manera general, la materialidad cerámica está indicando prácticas asociadas a la alimentación, ornamentación, recreación y la incorporación de servicios (como la iluminación). Finalmente, el análisis cerámico permitió dilucidar que, a través de sus prácticas, los frailes incorporaron una serie de bienes modernos a su vida cotidiana. Sin embargo, considerando la regla originaria franciscana, la información documental y los antecedentes de estudio, emergen contradicciones entre el “hacer” y el “decir” en las prácticas cotidianas de los frailes. En este sentido, se observa que hacia fines del siglo XVIII y hasta mediados del XIX los frailes cumplen la pauta de estar al “servicio de los demás”; atentos al contexto histórico, atendiendo necesidades de edificios públicos (Cabildo, Iglesia Matriz), apoyando el proceso independentista (alojando a figuras políticas y cediendo un espacio para la atención de los heridos en la guerra) y supliendo con necesidades de la ciudad (con el funcionamiento de la escuela, un local que se utilizó como mercado). Mientras que a mediados del siglo XIX en adelante, los frailes se ocupan en refacciones, remodelaciones y reconstrucciones edilicias (según lo registrado desde 1864 hasta 1902), también en la construcción de un sistema de aprovisionamiento hídrico personalizado (aljibe) desde 1869, los cuales según Comba (2007) construía sólo la “gente pudiente”, y más tarde(1904) en proveerse de luz eléctrica. Granillo (1872) por su parte, destaca que “los padres son progresistas y laboriosos”. Evidencias de un interés por las innovaciones y por mejorar el lugar que habitan obteniendo mayor confort. En suma, cabe destacar que para la reconstrucción de la iglesia con estilo moderno entre las décadas del 70 y 80, los religiosos recibieron el apoyo de la clase alta y el gobierno, sector social que seguía modelos europeos y un gobierno con un perfil progresista y renovador (Morello y Chiarello, 2012).”
Se considera en base a lo expuesto que en la práctica los frailes, desde mediados del siglo XIX en adelante, se van acercando más en su estilo de vida a los conventuales, como sostiene Martínez de Vega (2000). Las crisis de identidad al interior de las Ordenes mendicantes que mencionan Rodríguez Becerra y Hernández González (2001), permite ver en el caso de estudio, como el contexto histórico, local y su vinculación con lo global, no solo en lo referido al fenómeno industrial sino a una crisis ideológica de la Orden, afectan la vida interna claustral.
Finalmente las prácticas cotidianas entendidas como “memorias” que combinan rastros de un corpus social olvidado se entraman en el contexto histórico y resignifican, se mantienen latentes y emergen como detalles materiales significativos.
Mis agradecimientos al equipo de arqueología San Francisco (Marina Vega, Luciana Chávez, Mirella Lauricella, Alejandro Richad y Jorgelina García Azcarate), por su aporte en las tareas de campo y laboratorio, especialmente a mi directora de tesis de grado, Jorgelina García Azcarate, por su apoyo incondicional y por brindarme la posibilidad de formarme en la disciplina. Al Arquitecto Orlando Billone, sus colaboradores y a la comunidad franciscana en general. Además agradezco a las personas que aportaron con su conocimiento e información sobre el tema: Ingeniero Medina, Daniel Schávelzon, Lorena Cohen, Osvaldo Díaz , Carlos Castilla y Valeria Zorrilla. A mi actual director de Tesis doctoral Daniel Campi por la traducción del resumen al portugués, a Lucas Juarez por la traducción al inglés y a mi codirectora Marisa López Campeny por sus imprescindibles correcciones y sugerencias. Finalmente a mis amigos Santiago Roldan Vázquez y Victoria Jeréz, por sus consejos y compañía en esos años, y a mi familia, mis hijas y principalmente mi esposo y madre por acompañar este proceso. Dedicado en memoria a mi querido padre Eduardo Candelario y abuela Telma Villafañe.
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