A lo largo del siglo XIX, en la provincia de Tucumán (Argentina) el cultivo y procesamiento de la caña de azúcar cobró un creciente protagonismo. En el último cuarto de esa centuria, la actividad se expandió de manera sostenida mediante la modernización de numerosos establecimientos azucareros preindustriales y la fundación de otros erigidos ‘llave en mano’. En consecuencia, la fisonomía agroindustrial se modificó, con más de una treintena de modernas unidades fabriles distribuidas en las afueras de la ciudad capital, en el centro-sur de la provincia y, particularmente, en las tierras al naciente, hoy departamento Cruz Alta. En este proceso, varias iniciativas empresariales no tuvieron continuidad y numerosos ingenios de diferentes escalas y tecnologías cerraron sus puertas. En la mayoría de los casos, se conoce su ubicación geográfica y sus trayectorias, pero existe un buen número de establecimientos azucareros que, por diversos motivos, quedaron en el olvido, ignorándose casi por completo su existencia. El artículo explora las alternativas que ofrecen diversas fuentes para su localización, se exponen los obstáculos, las estrategias metodológicas implementadas y el hallazgo de los vestigios materiales de cuatro ingenios prácticamente desconocidos en el espacio rural tucumano.
During the 19th century, sugarcane cultivation and processing became increasingly important in the province of Tucumán (Argentina). In the last quarter of that century, the activity expanded through the modernization of numerous pre-industrial sugar mills and the foundation of new ones. As a result, the agro-industrial structure changed, with more than thirty modern factories located in the outskirts of the capital city, in the southern center of the province, and especially, in the eastern areas, now Cruz Alta. In this process, several business initiatives did not have continuity and numerous sugar mills of different scales and technologies closed their doors. In most cases, their geographical location and trajectories are known. But there are a good number of sugar mills that, for several reasons, have been forgotten, and their existence is almost unknown. As a result, this paper explores the alternatives offered by different sources for their location, the obstacles, the methodological strategies used, and the discovery of the material remains of four practically unknown sugar mills in the rural area of Tucumán.
O cultivo e o processamento da cana-de-açúcar foram gradualmente ganhando terreno na economia oitocentista da província de Tucumán (Argentina). Particularmente no último quarto daquele século, iniciou-se um processo de modernização dos engenhos pré-industriais, acompanhado pelo estabelecimento de novas usinas de açúcar ‘chave na mão’. Como resultado, modificou-se a fisionomia agroindustrial, com mais de trinta unidades de produção modernas distribuídas nos arredores da capital, no centro-sul e sobretudo na região oriental do território provincial (no atual departamento de Cruz Alta). Contudo, várias dessas iniciativas empresariais não tiveram continuidade e inúmeras fábricas de diferentes escalas e tecnologias fecharam suas portas. Grande parte desses casos têm sido abordados pela historiografia, sendo assim conhecidas tanto sua localização geográfica quanto suas histórias. No entanto, existe ainda um bom número de usinas que, por diversas razões, foram esquecidas e sua existência é quase desconhecida. Este artigo explora as alternativas oferecidas por diferentes fontes para sua localização, os obstáculos, as estratégias metodológicas implementadas e a descoberta dos restos materiais de quatro engenhos de açúcar praticamente desconhecidos para literatura acadêmica no espaço rural de Tucumán.
Desde los inicios del siglo XIX, el cultivo y la elaboración de la caña de azúcar cobró un lento pero creciente protagonismo en la provincia de Tucumán. Antes del proceso de modernización que tuvo lugar en las últimas décadas de esa centuria, se producía azúcar y aguardiente con métodos preindustriales, al igual que en la mayoría de los complejos cañicultores de Latinoamérica. Los establecimientos utilizaban implementos rudimentarios como los molinos –o trapiches– verticales de madera accionados por tracción a sangre para extraer el jugo de la caña. Luego, se cocinaba y concentraba el caldo en fondos o recipientes de metal a fuego directo y, finalmente, se blanqueaban los granos de azúcar en hormas o tinajas de barro cocido. Además, se destilaba el caldo de la caña, las mieles o la melaza residual de la producción azucarera mediante alambiques, con el fin de elaborar aguardiente o ron y diversos licores (Groussac et al., 1882).
La trascendencia histórica de la industria azucarera en Tucumán durante estos años es indiscutible. Empero, los estudios han centrado su mirada en otros períodos y temáticas, lo que ha dejado en un segundo plano el análisis de los establecimientos azucareros preindustriales o de tecnificación parcial, tanto en Tucumán como en la región norte del país (Campi y Bravo, 1999). Por consiguiente, el conocimiento sobre las características y evolución de estas unidades productivas es limitado y representa una línea de investigación aún por explorar.
A pesar de este vacío, existen excepciones. Los trabajos pioneros de Schleh (1944) y Guy (1981) indagaron sobre el derrotero histórico de numerosos ingenios azucareros modernos cuyos inicios se remontan a la primera mitad del siglo XIX. Por su parte, Rosenzvaig y Bonano (1992) buscaron reconstruir la trayectoria de algunos ingenios a partir de comparaciones con otras latitudes y con fuentes notariales. Por último, Campi (2000, 2017), basó su análisis en documentación fiscal, datada entre 1848 y 1874, que reveló la existencia de numerosos establecimientos preindustriales aledaños a la capital tucumana, lo que permitió reconocer la diversidad de unidades de producción y de actores involucrados en la actividad. Más allá de sus diferencias en cuanto a métodos e interpretaciones, estos trabajos han contribuido a un mayor entendimiento sobre los primeros pasos de la agroindustria azucarera en la provincia. Pueden agregarse otros títulos que, desde una perspectiva documental y arqueológica, ahondaron en distintos aspectos del desarrollo histórico de la actividad en Tucumán y en la región durante este período. Entre varios, podemos mencionar las contribuciones de Ataliva (2016), Gianfrancisco (2021), Moyano (2012), Moyano e Igareta (2022 a y b), Moyano y Villar (2019), Paterlini de Koch (1987), Pucci (2001), Sierra e Iglesias (1998), Vaqué y Giuliette (2018), Villar (2016, 2021) y Villar y Hocsman (2021).
Durante la etapa conocida en la historiografía como el “despegue azucarero argentino” (1876-1895), se generaron las condiciones para un salto exponencial en la elaboración de azúcar que convirtió a Tucumán en el principal polo productor de Argentina. Con el arribo del ferrocarril en 1876 –que consolidó el vínculo con los principales puertos y urbes del área central del país– y la aplicación de una serie de medidas estatales de estímulo, varios establecimientos se modernizaron o se erigieron “llave en mano” con tecnología de avanzada para la época. Por el contrario, otros, con características preindustriales, fueron paulatinamente desapareciendo. A mediados de la década de 1880, la fisonomía agroindustrial de la provincia se había modificado sustancialmente, con más de una treintena de modernos ingenios concentrados en las afueras de la ciudad capital, en el piedemonte y la llanura del centro sur de la provincia, y en el área ubicada en la margen oriental del río Salí. En esta última se desarrollaron desde temprano diversas ramas productivas, como la agricultura, la ganadería, la curtiembre y, sobre todo, la producción azucarera. Prácticamente durante todo el siglo XIX el área integró el departamento La Capital, pero debido a necesidades administrativas, desde finales de 1888 se decidió escindir estas tierras y pasaron a formar el departamento Cruz Alta (Figura 1).

En este período de transformaciones, varias iniciativas empresariales no tuvieron continuidad. Ya sea por incapacidad para mantenerse competitivos frente a las fábricas de mayores escalas productivas, por deudas, por malos resultados, o por cambios en el contexto que indujeron a discontinuar la elaboración de la caña o bien a salirse del rubro, en las últimas décadas del siglo XIX, las fábricas azucareras eclipsaron a los establecimientos preindustriales, contribuyendo a su definitiva clausura. Sin embargo, varios de estos ingenios modernos –por motivos diversos– corrieron similar suerte y también cerraron, dentro de un arco temporal que va desde finales del siglo XIX hasta la segunda mitad del siglo XX. En general, tanto el derrotero histórico como su localización geográfica es bien conocida, gracias a los avances de investigación desde una perspectiva histórica y patrimonial (Malizia et al., 2014; Paterlini de Koch, 1987; Schleh, 1944; entre otros)1. Sin embargo, existe un grupo de ingenios “olvidados” por los estudios históricos, de los que se ignora casi completamente su trayectoria y ubicación. Ya sea por escasez de información o por haber prevalecido la atención en los emprendimientos que lograron consolidarse, las disciplinas que abordaron el pasado azucarero no les prestaron la debida atención.
En consecuencia, el propósito del presente escrito es exponer, de manera sintética, nuestra experiencia de trabajo centrada en la búsqueda y localización de cuatro ingenios prácticamente desconocidos en el área rural tucumana, junto con las estrategias metodológicas implementadas para ubicar sus restos materiales.
En los años del “despegue azucarero” se produjo una generalizada modernización de la actividad en la provincia mediante la incorporación de maquinarias y tecnologías. Empero, algunos empresarios iniciaron en años previos las reformas de sus establecimientos con la introducción de maquinaria a vapor y fuerza hidráulica, trapiches de hierro, y demás equipos de baja escala y complejidad, todos elementos incorporados con un alto costo de flete y elevado riesgo de inversión (De Moussy, 1864; Granillo, 1872; Groussac et al., 1882). En esta “etapa de transición” entre la elaboración de azúcar con métodos preindustriales y la moderna agroindustria (período comprendido, aproximadamente, entre 1860 y 1880), convivieron ingenios azucareros con diferentes tipos de tecnologías. Mientras algunos continuaron la elaboración con métodos tradicionales o realizaron innovaciones incrementales en diferentes eslabones del proceso productivo, otros lograron la modernización integral. Con todo, varios emprendimientos de los que muy poco se sabe, no consiguieron arraigar y cerraron durante esta etapa.
El análisis que llevamos adelante se desprende de un proyecto de investigación que en un principio se propuso estudiar una antigua chimenea ubicada en medio de una densa floresta, en la zona rural de la provincia, a 12 km al sudeste de la ciudad de San Miguel de Tucumán2. El bosque autóctono que hace poco más de una década lo rodeaba, conocido como “monte del añil”, debía su nombre a un frustrado proyecto de cultivo y procesamiento de esa planta tintórea (añil o índigo) llevada adelante por miembros de la familia Posse, destacados comerciantes/industriales y políticos miembros de la burguesía tucumana de mediados del siglo XIX. Esa chimenea y los restos de construcciones asociadas representan un capítulo relevante de la historia empresarial de la provincia, aunque no ha sido objeto de estudios sistemáticos. Según el registro oral de algunos pobladores de la zona, las antiguas estructuras ubicadas en sus alrededores habrían pertenecido a ese infructuoso proyecto de elaboración de tintura. Los estudios históricos, por su parte, afirmaron que tras la clausura del emprendimiento añilero, los integrantes de la familia Posse construyeron el moderno ingenio San Vicente, en 1882. Sin embargo, ciertas incongruencias en la reconstrucción de los hechos animaron al estudio de este particular emprendimiento.
Tras el análisis de diversas fuentes y de prospecciones superficiales in situ, se logró determinar que el antiguo establecimiento de tintura fue efectivamente reconvertido en un ingenio azucarero, pero no se trató del San Vicente (ubicado a poca distancia del sitio en cuestión), sino de una fábrica que tomó el nombre del emprendimiento predecesor, conocido como ingenio “Añil”.
A la par, durante el transcurso de los estudios se advirtió que en el área circundante se habían desarrollado otros emprendimientos azucareros con diferentes niveles de tecnología incorporada, aunque se desconocía –al igual que el Añil– dónde se habían erigido estas unidades productivas. La escasez de información en contextos considerados modernos, sin embargo, no es privativa de esta agroindustria. Estudios arqueológicos sobre construcciones datadas para el siglo XX en el nordeste del país llamaron la atención sobre estos vacíos en las fuentes (Igareta et al., 2017). En consecuencia, luego de una serie de pasos que más adelante serán detallados, se lograron ubicar otros tres establecimientos azucareros entre el denso monte autóctono y los cañaverales: el ingenio “Retiro” (de José Ignacio y Pedro Ignacio Ríos), una unidad con características preindustriales; el ingenio “Oliver” (de Salvador Oliver), establecimiento preindustrial que incorporó maquinaria e implementos a vapor de baja complejidad; y el ingenio “Industria Argentina” (de Roque Pondal), fábrica azucarera con características modernas, de la que se contaba con escasa información sobre su emplazamiento. Los ingenios “Añil”, “Retiro” y “Oliver” elaboraron azúcar hasta los años 1880, mientras que el “Industria Argentina” molió hasta 1897. Estos cuatro casos representan sólo una muestra de un grupo de ingenios (actualmente bajo análisis) que funcionaron en este período, pero que, al no prosperar, fueron abandonados y posteriormente no fueron recuperados por los estudios académicos.
Hoy podemos confirmar no solo su ubicación potencial sino constatar la existencia de vestigios materiales que, esperamos, representen una contribución a los trabajos de arqueología histórica en la provincia interesados en el estudio de este tipo de sitios y problemáticas3. Resulta interesante que los datos recabados permiten ubicar los inicios de estos ingenios azucareros entre las décadas de 1850 y 1870, y su ocaso (a excepción del Industria Argentina) al promediar la década de 1880, es decir, durante la mencionada –y poco conocida– “etapa de transición”. No es el objetivo de este trabajo ahondar en la reconstrucción histórica de cada uno de estos ingenios o ensayar explicaciones sobre su cierre. Solo nos limitaremos a recrear someramente sus trayectorias y determinar su posible ubicación a partir de diversas fuentes, y ofrecer un panorama sobre los vestigios materiales conservados en superficie.
Parte de las dificultades que se suscitaron a lo largo de la investigación, se debieron a los profundos cambios acaecidos en una zona de la provincia tradicionalmente dedicada al cultivo de la caña y a otras actividades agropecuarias. Durante más de 100 años, se produjeron notables impactos antrópicos en el paisaje, desde el desvío de antiguas acequias, el cavado de otras nuevas o el drenaje de terrenos anegadizos. Lo mismo puede decirse del abandono de antiguos caminos, la puesta en funcionamiento de nuevas calzadas y carreteras, el desmonte de amplias áreas y el avance de la frontera agrícola, hasta la formación de poblados y caseríos en diferentes puntos de la zona. Atento a estos obstáculos, para ubicar los ingenios en cuestión, se utilizó una metodología no invasiva de uso habitual en la arqueología histórica, como es la utilización de información bibliográfica, hemerográfica, planos y fuentes orales, con la adición de algunos ajustes que la propia zona de trabajo obligó a implementar4.
Se realizó la búsqueda, el análisis y la confrontación de varios planos de época con imágenes satelitales del área. Aunque es posible localizar mapas de Tucumán ya desde la década de 1860, optamos por utilizar como punto de partida el confeccionado por Correa (1888), en virtud de su relativa precisión y mayor calidad respecto de los anteriores. Asimismo, cabe señalar las evidentes mejoras entre los mapas de finales del siglo XIX y los de inicios del siglo XX, sin perder de vista que constituyen representaciones más o menos aproximadas y, por lo tanto, deben tomarse con los debidos recaudos.
Lo antedicho resulta notorio en la Figura 2, donde se puede advertir que la disposición de los ingenios, en algunos casos, varía sustancialmente entre el plano de 1888 y la imagen satelital de 2022. Optamos por mostrar el área donde realizamos los principales hallazgos, tomando como punto de referencia la ciudad de San Miguel de Tucumán. En color anaranjado se indican los ingenios modernos que cerraron durante el amplio espacio temporal que va desde finales del siglo XIX hasta la década de 1960. En todos los casos se conoce su ubicación. Seguidamente, se señalan en color celeste los ingenios que datan del último cuarto del siglo XIX y que aún hoy continúan en funcionamiento. Por último, los puntos en color amarillo indican los cuatro ingenios bajo estudio, que dejaron de elaborar azúcar en las décadas de 1880 y 1890, cuya ubicación se desconocía y prácticamente no se los mencionaba en los estudios sobre el pasado azucarero provincial.

No se debe asumir, sin embargo, que a partir de las imágenes satelitales se pueda ubicar fácilmente el lugar exacto donde se asentaron pretéritos establecimientos, máxime si hasta hace poco tiempo no se contaba con un estudio que reuniera una masa crítica de información que permitiera suponer que, en áreas específicas, podrían conservarse vestigios materiales en superficie. En regiones con escasa vegetación y bajo impacto antrópico, puede existir la posibilidad de identificar restos de construcciones antiguas que permitirían especular sobre un potencial sitio arqueológico. Este no es el caso de la zona rural bajo análisis. Su clima subtropical y sus condiciones edáficas favorecen el crecimiento de una densa y penetrante capa de vegetación que tiende a cubrir rápidamente la superficie, por lo que todo objeto o restos de construcciones que afloren, suelen permanecer debajo de una espesa floresta. Así, las características peculiares de la zona y los numerosos cambios del paisaje obligaron a implementar estrategias de rastreo accesorias.
En ese sentido, se apeló al relevamiento de registros de Hacienda de la provincia y de documentación notarial. Para disponer de información sobre estos antiguos ingenios, se analizaron los padrones impositivos aplicados a los establecimientos de caña de azúcar, desde 1850 hasta 1874 (último registro encontrado). Esto permitió ubicar el momento en que los propietarios o administradores tributaron por sus establecimientos, aunque resulta imposible localizarlos geográficamente con esta fuente, ya que el impuesto se recaudaba a nivel departamental, por lo que solo se asentó el nombre del aportante, la superficie con caña, los montos abonados y algún otro dato adicional, sin mencionar su situación. En consecuencia, se revisaron los registros de compraventa de propiedades, hipotecas, formación o disolución de sociedades, ejecuciones de bienes de los titulares de estos ingenios y de terrenos aledaños. En síntesis, los datos fiscales y notariales se utilizaron como novedosa información cartográfica con relativa precisión. Esto permitió complementar y/o corregir la información asentada en los planos puesto que, en ocasiones, se registró la existencia de ingenios cuando hacía décadas que no funcionaban. Los datos reunidos a partir de conversaciones informales con actuales pobladores de la zona, o con personas que habitaron el área décadas atrás, resultaron un complemento valioso y permitieron tamizar la información relevada en los documentos.
A título de ejemplo, en algunos planos de inicios del siglo XX se señaló la existencia de colonias agrícolas próximas al área donde funcionaron establecimientos azucareros, o bien, se detalló la ubicación de “antiguos” ingenios. Entre las primeras, se pueden encontrar antropónimos y topónimos tales como “la Olivera”, “Pondal” o “la Argentina”. Debido a su ubicación cercana a los ingenios que marcan los planos de fines del siglo XIX, permitieron inferir que se trataban de colonias cañeras cuyos nombres derivaron de los apellidos de los antiguos empresarios o de las denominaciones de sus establecimientos, una vez que dejaron de funcionar como unidades de elaboración de azúcar y pasaron a desempeñarse como fincas agrícolas proveedoras de caña para la molienda de otros ingenios5. Así, el nombre de la colonia “La Olivera” habría derivado del ingenio administrado por Salvador Oliver y el paraje “Pondo” o “Pondal” habría tomado su nombre de Roque Pondal, dueño del ingenio Industria Argentina. Con respecto a los segundos, en varios planos, el “Añil” figuró como ingenio –por ejemplo, en Correa (1888), aunque para esa época ya no elaboraba–, como caserío o pequeño poblado, e inclusive, se lo consignó específicamente como “antiguo” establecimiento. De manera similar, el ingenio que perteneció a la familia Ríos figuró en los planos como caserío, como colonia “Retiro” y como “antiguo ingenio El Retiro”, cuando ya no producía azúcar (Correa, 1888, 1921; Chapeaurouge, 1901; Oficina Técnica Topográfica, 1930; Wauters, 1904b). Por último, en el diccionario geográfico argentino editado en 1891, el Añil y el Oliver fueron asentados como ingenios azucareros cuando ya no molían, el Industria Argentina fue denominado ingenio Pondo, mientras que el Retiro no figuraba como tal, sino como un sitio poblado denominado Ríos (Latzina, 1891).
En los inicios del siglo XX –con posterioridad al cierre de estos cuatro ingenios bajo estudio– se construyó un ramal ferroviario que surcó la zona. Se trató de un desprendimiento de la línea troncal del Ferrocarril Central Norte Argentino en su paso por el departamento Cruz Alta. El desvío al que hacemos referencia recorrió el sudoeste de este distrito en dirección norte-sur. En diversos planos figura el recorrido de la trocha a una relativa cercanía de los parajes o colonias mencionadas. Estuvo activo hasta finales del siglo XX, momento en el cual los rieles fueron levantados, los terrenos vendidos y roturados, y el paisaje nuevamente transformado de manera significativa. Sin embargo, a través de imágenes satelitales es posible identificar ciertas “marcas” que dejó la traza ferroviaria en la superficie actual del terreno, lo que permite reconstruir su recorrido. Así, la ubicación de una antigua estación o la identificación de una curva del tendido férreo próxima a uno de los lugares de interés, permitieron escoger puntos potenciales del paisaje para ubicar los sitios investigados6.
Sin embargo, la información aún no resultó suficiente para realizar prospecciones superficiales en una extensa área con terrenos cultivados o cubiertos con una densa vegetación. En tal sentido, apelamos al rastreo y sistematización de otro tipo de información asentada en documentos notariales y/o judiciales para ajustar la posible ubicación de los ingenios. Así, fueron decisivos para triangular con los datos recabados los documentos de compra de derechos de riego, los permisos para extraer agua del río Salí mediante acequias e, inclusive, los proyectos no concretados de irrigación impulsados por el gobierno provincial (Lana y Sarto, 1881; Wauters, 1904a, entre otros). Así, se logró reunir datos sobre antiguas acequias que suministraban agua para riego o para mover maquinaria a uno o a varios ingenios de la zona, o la existencia de caminos que en esas fechas tocaban o rodeaban los establecimientos azucareros estudiados.
Por otro lado, para interpretar con cierta precisión los hallazgos de restos físicos de ingenios durante los trabajos de campo, resultó necesario identificar los componentes que conformaron los establecimientos azucareros de las características analizadas. Se reconoce como una herramienta valiosa el registro fotográfico, ya que proporciona una referencia de los elementos constitutivos. Ahora bien ¿cómo proceder ante la inexistencia de fotografías o grabados sobre los ingenios bajo análisis? Una posibilidad consiste en considerar imágenes de otros establecimientos con similares características, como se observa en la Figura 3.
En esos casos, se apeló a imágenes de establecimientos azucareros de la región con diferentes escalas y tecnologías incorporadas. La imagen A pertenece a un ingenio preindustrial, con trapiche de madera o “de palo”, un tipo de establecimiento análogo al ingenio Retiro. La imagen B presenta un ingenio con características preindustriales, pero con la adición de un pequeño trapiche de hierro, una innovación clave para incrementar la extracción del jugo de la caña. Similares características habrían tenido el ingenio Oliver. La imagen C corresponde a un ingenio de alrededor de 1870, de mayores dimensiones. Este podría asemejarse al Añil de acuerdo con la extensión de sus cultivos y la tecnología incorporada. Por último, la imagen D retrata el moderno ingenio San Miguel alrededor de 1900 y se correspondería con las características del Industria Argentina.

Para ejemplificar el ejercicio analítico que instrumentamos, tomaremos el caso del ingenio Retiro. La información fiscal indica que funcionó desde la década de 1850 y, hasta donde sabemos, trabajó con técnicas preindustriales, sin maquinaria moderna. La fecha de cierre es difícil de especificar, aunque podemos ubicarla a mediados de la década de 1880, cuando desaparece de la documentación analizada. En los planos consultados, sin embargo, se lo continúa designando de diferentes modos (“Antiguo Ingenio” en 1901; “Ing. El Retiro”, en 1903; Colonia “El Retiro” en 1930). Con todo, la ubicación que ofrecen los planos se condice con la documentación de compraventa de tierras e hipotecas por parte de los propietarios (ver más abajo). En la Figura 4, el sitio donde se habría erigido el establecimiento está marcado con color anaranjado. A la derecha se tomó como referencia los terrenos donde estuvo instalado el ingenio San Miguel (cerrado en 1915, desmantelado y sus construcciones aledañas reconvertidas en colonia San Miguel). Se identificó con color verde el solar donde se levantó este moderno establecimiento azucarero y con color amarillo un sector de viviendas pertenecientes a la empresa que lo explotó. Por último, la flecha de color azul señala la curva del ramal ferroviario y la flecha roja la traza de una acequia que partía del río Salí, alimentaba el ingenio Lastenia, atravesaba diversas plantaciones y servía al ingenio Retiro.

Una vez ajustada la lente de observación, se apeló nuevamente a las imágenes satelitales para buscar, en áreas puntuales, irregularidades en la división de las propiedades, trazados de antiguas acequias y caminos, “islas” de vegetación en terrenos labrados que permitieron seleccionar potenciales ubicaciones. Ya en el campo, la información oral proporcionada de manera informal por pobladores de la zona (en ocasiones difusa y hasta contradictoria, pero con cierta base empírica) permitió acotar el área potencial para las indagaciones, lo que, a la postre, permitió localizar el sitio e identificar restos de materiales constructivos y estructuras en superficie.
En los casos analizados, solamente se desarrolló un relevamiento superficial a ojo desnudo. Se procedió a la geolocalización de los restos arquitectónicos, la toma de fotografías de estructuras y material aflorado, y también algunas mediciones puntuales. En el Añil, luego de identificar en superficie implementos que podrían ser asociados con la fase de producción –fragmentos de hormas– y restos de artefactos de uso doméstico –loza, vidrio y porcelana– (Moyano y Villar, 2019), se procuró resguardarlos de un daño o desaparición inminente, ya fuera por agentes naturales o por efecto de nuevas acciones antrópicas directas, como la apertura de surcos o la búsqueda por parte de los vecinos del lugar de leña y materiales constructivos.
Los restos de este antiguo ingenio azucarero están ubicados en el área rural del departamento Cruz Alta, en la localidad de Carbón Pozo. Se trató de un establecimiento que inició sus funciones como fábrica de tintura alrededor de 1865 y que, en menos de una década, fue reconvertido en ingenio azucarero.
En Granillo (1872) se puede ubicar una breve pero consistente reseña de la experiencia añilera y su infructuoso resultado. Algunos autores aportaron a la reconstrucción del emprendimiento de la familia Posse con novedosos datos asentados en epístolas y otras fuentes documentales (Páez de la Torre, 1986, 2011; Posse, 1993). En general, se concluyó que, sobre la base de este establecimiento de tintura, se levantó el ingenio San Vicente. Consideramos inexacta esta interpretación, ya que al final del relato de Granillo, se señala textualmente “Hoy Ranchillos se ha convertido en injenio [sic] de azúcar bajo la misma sociedad añilera.” (Granillo, 1872, p. 88). Posiblemente, la escasez de información o la falta de conocimiento del terreno debido a su difícil acceso llevaron a pensar que la edificación del ingenio San Vicente efectivamente se llevó a cabo en el mismo lugar. Sin embargo, la chimenea y los restos arquitectónicos asociados al ingenio “Ranchillos” mencionado por Granillo distan a 5 kilómetros al este del verdadero emplazamiento del ingenio San Vicente (fundado en 1882 y cerrado en 1897, hoy desmantelado). Años más tarde, Rodríguez Marquina (1889), en su descripción de los ingenios de la provincia, señalaba de manera inequívoca “A cinco kilómetros del antiguo ingenio ‘añil’ y en las mismas propiedades pertenecientes á éste se levanta el ingenio San Vicente, en el lugar denominado Ranchillos departamento de la Cruz Alta […]” (Rodríguez Marquina, 1889, p. 126). En consecuencia, esta vieja chimenea correspondería a un ingenio diferente (y anterior) al San Vicente, pero ¿podemos determinar con certeza de qué ingenio se trató? En su relación sobre la provincia de Tucumán, Mulhall (1876, p. 193) incorporó una sucinta referencia al establecimiento de tintura. Sin embargo, podemos conjeturar que se trató de información desactualizada o bien que la elaboración de añil continuó de manera anexa ya que, para entonces, la situación había cambiado de manera significativa. Una pista nuevamente nos la otorga Granillo, cuando describe al ingenio de “La sociedad Posse Hnos., en Ranchillos, con 40 cuadras de caña [82,64 ha], trapiche de fierro por agua y centrífuga á vapor.” (Granillo, 1872: 97). Al profundizar en las fuentes notariales, ubicamos la disolución de esta sociedad en 1873, quedando el predio en manos de uno de los exsocios, Manuel Posse7. Un dato para destacar es que la escritura registra textualmente “Ingenio denominado ‘Ranchillos’”8, lo que nos indicaría que su nombre fue tomado de la zona o el paraje donde se construyó el establecimiento: Ranchillos o Los Ranchillos9.
Casi una década después, Groussac et al. (1882) ubicó al ingenio de “Manuel Posse e hijo”, sociedad compuesta por Manuel y su hijo Emidio, en Ranchillos, con cuatro motores –dos a vapor, de 20 Caballos de Vapor (en adelante CV), y dos hidráulicos, de 25 CV– y, en un pasaje posterior, aclaró: “[...] los Sres. Manuel Posse é Hijo están planeando [un ingenio] al lado de su antiguo establecimiento del Añil, en Ranchillos, cuyas máquinas de un poder poco más ó menos igual á las del ingenio Esperanza de los Sres. Wenceslao Posse é hijo [por entonces, el de mayor escala de la provincia] salen de los talleres de la casa Cail & Cie. [Francia]” Groussac et al. (1882, p. 523).
En suma, de acuerdo con la información de los protocolos notariales, no quedan dudas que el ingenio Ranchillos, posteriormente denominado en guías y descripciones de la provincia como Añil –por ejemplo, en Hat (1884)– constituyó un establecimiento azucarero diferente al San Vicente. Los padrones impositivos refuerzan esta afirmación al registrar que, en 1870 y 1871, abonó la patente “Manuel Posse y Cía.” (la sociedad primigenia) y, desde 1872 hasta 1874 (último padrón que ubicamos), pagó el impuesto Manuel Posse como único propietario.
Es posible que una vez inaugurado el ingenio San Vicente, el Añil haya sido clausurado y desguazado por su dueño y, al igual que otros ingenios cerrados, se aprovecharan las instalaciones (galpones, viviendas y demás dependencias) para cumplir funciones como colonia cañera, aunque nos manejamos en un terreno conjetural. Los planos consultados indican una ocupación posterior a su cierre. Por ejemplo, en Correa (1888) figura como un ingenio –aunque para entonces ya había sido cerrado–, mientras que en Morin (1888), se lo señala como punto de paso de uno de los caminos vecinales que surcaban la zona; en Beyer (1894) y Correa (1921) como un caserío; y en Oficina Técnica Topográfica (1930), como “Antg. Ing. (añil)”.
Por su parte, ninguno de los habitantes de la zona con quienes hablamos en diversas visitas conocía la función de esa chimenea o la existencia del ingenio. Solamente ubicaban antiguos trazados de canales y los restos de construcciones lindantes con el sitio. Posiblemente, la cercanía del San Vicente, pese a haber cerrado sus puertas a finales del siglo XIX, haya oficiado como referencia del lugar, ya que su estructura permaneció en condiciones hasta las décadas de 1960-1970, sirviendo como depósito de otro ingenio cercano. Solo un ex poblador de la zona que vivió en los años 1950 cerca del Añil mencionó que en ese lugar se fabricaba “tableta” (un tipo de azúcar húmedo y de color oscuro, también conocido en partes de Latinoamérica como chancaca, panela, rapadura o piloncillo), lo que permite suponer que esa información con cierto respaldo empírico podría haber sido transmitida por antiguos habitantes del lugar. Lo que sí aportaron las fuentes orales fue la certeza de que numerosos pobladores de la zona extrajeron, de manera consuetudinaria, materiales de construcción (mayoritariamente ladrillos, baldosas y tejas en condiciones de ser reutilizadas), lo que habría implicado una continua demolición y desguace de diversas estructuras.
Las visitas al sitio en diferentes épocas del año permitieron detectar en superficie fragmentos de objetos muebles de variadas características cuya presencia puede ser relacionada con las actividades productivas y con la vida doméstica de sus habitantes, aunque se requeriría de intervenciones arqueológicas sistemáticas para corroborar y ampliar la información (Moyano y Villar, 2019). Buena parte de ese material se encontraba en superficie y otras porciones quedaron expuestas como resultado de incendios ocurridos en épocas de la zafra azucarera –ya que el fuego eliminó radicalmente la cubierta vegetal del sitio–, migraron hacia la superficie debido a la sobrehidratación del suelo tras períodos de fuertes precipitaciones, o bien, fueron removidas por maquinaria agrícola.
Entre los restos arquitectónicos, llamó la atención una estructura cercana a la chimenea (Figura 5 C) que constituiría una caída de agua edificada con ladrillos para empujar los canjilones o aspas de una rueda hidráulica, que le habría proporcionado el movimiento necesario para la maquinaria del ingenio (Figura 5 D). A la vez, se identificaron terraplenes y materiales que podrían pertenecer a un canal artificial –señalado con una flecha en la Figura 5 B)– de cerca de 1 km de extensión, restos de paredes laterales de no más de medio metro con revestimiento interno y baldosas para un mejor discurrimiento del agua, y también vestigios de posibles pilares, todos elementos que serían compatibles con un acueducto en altura (Figura 5 E y F).

El sitio donde se habría erigido el ingenio El Retiro se encuentra al norte del Añil y al sudoeste del ex ingenio San Miguel. La información que disponemos es realmente escasa. En un apartado anterior hemos adelantado la metodología utilizada para determinar su posible emplazamiento. Los documentos fiscales informan que, a mediados de 1850, José Ignacio Ríos pagaba el impuesto aplicado a los ingenios de destilación, luego ampliado a los establecimientos donde elaboraban azúcar. En 1865 poseía 6 cuadras de caña (poco más de 12 ha). A partir de 1871 pasó a abonar su hijo Pedro Ignacio Ríos, quien habría explotado el establecimiento junto con su padre. Un año después, Granillo (1872) lo registró con 12 cuadras de caña [casi 25 ha] y un trapiche de madera. En el último padrón impositivo que disponemos (1874) sus cañaverales comprendían menos de 20 ha y continuaba elaborando con el mismo tipo de trapiche. Recién en 1882 se formalizó la sociedad denominada “Ríos e hijo”, en cuya escritura se consignó explícitamente, como objeto social, “explotar un establecimiento azucarero denominado el ‘Retiro’” (AHT, SP, Serie D, 1882, fs. 304v-307v.).
Además de los proyectos oficiales para irrigación, significaron un gran aporte los datos consignados en escrituras de derechos de agua, que permitieron identificar a los ingenios que servían las acequias. Por ejemplo, en 1873, Bruno Gómez le otorgó “derechos de agua a Ignacio Ríos, su vecino, en Ranchillos” (AHT, SP, Serie A, 1873, fs. 533-534; Serie D, 1880, fs. 60-62). Posteriormente, este ingenio fue mencionado en diferentes publicaciones sobre Tucumán (como en Groussac et al., 1882 y Mulhall, 1885), aunque sin información de relevancia. A partir de la segunda mitad de los años 1880, no fue posible ubicarlo en registros oficiales o en descripciones de la provincia, lo que podría indicar que cesó sus labores. Probablemente, pasó a desempeñarse como colonia cañera con la consiguiente refuncionalización de sus instalaciones. Esta transformación podría estar reflejada en los planos consultados, ya que en Correa (1888) figura como población pequeña; en Chapeaurouge (1901) como “Ant. Ingenio” dentro de las tierras pertenecientes a Pedro Ríos; en Wauters (1904b) como ingenio “El Retiro” (información claramente desactualizada); en Correa (1921) como caserío, y, finalmente, en Oficina Técnica Topográfica (1930) como “Colonia El Retiro”.
Actualmente, el lugar es un espacio no cultivado, con abundantes restos de construcciones en superficie (Figura 6 C y D) y a simple vista se pueden encontrar pozos apuntalados con ladrillos y rellenados con material diverso (Figura 6 E y F). Según información oral brindada por pobladores del lugar, la Colonia El Retiro trabajó hasta los años 1970 o 1980, dato que podría comprobar el tipo de material que yace en la superficie, como trozos de chapa galvanizada o caños de fibrocemento. A 150 metros de distancia se ubican los restos de una vivienda, aunque desconocemos si estuvo asociada al ingenio o bien fue parte de la colonia.

Prácticamente en las orillas del actual cauce del río Salí se ubicarían los restos del ingenio Oliver, paraje que posteriormente fue denominado colonia La Olivera, en la localidad de Los Porceles. En Correa (1888) y Beyer (1894) figura como “ingenio Oliver”; en Correa (1921) se lo identifica como un caserío o poblado pequeño, y en Oficina Técnica Topográfica (1930) ya se lo señala como “Colonia Olivera”. En todos estos planos se lo ubicó próximo al moderno ingenio San Andrés –que funcionó hasta 1931–, lo que permitió tomarlo como punto de referencia. Una vez en el área, corroboramos que los vestigios que pertenecerían al ingenio Oliver se sitúan a pocos kilómetros al sur del San Andrés. Algunos pobladores de la zona de edad avanzada manifestaron verbalmente una vaga noción de que allí funcionó un antiguo establecimiento azucarero con “trapiche de palo” y recuerdan que, hasta los años 1960, se mantenía en pie una chimenea que, según algunas remembranzas, era “cuadrada”. En el terreno se observa parte de la base y acumulaciones de ladrillos que, por su ubicación y disposición sobre la superficie, pertenecerían a la chimenea. Con esta información brindada, no poseemos certezas de que la mencionada silueta cuadrada esté refiriendo a una base con forma de paralelogramo y un fuste cilíndrico; o bien, que efectivamente se haya tratado de una chimenea con cuatro caras (similar a la Figura 3 B).
Las personas que ofrecieron sus testimonios vivieron en la zona desde los años 1940, cuando las instalaciones funcionaban desde hacía décadas como una colonia agrícola, pertenecientes a la Compañía Azucarera Tucumana (en adelante CAT), que a principios del siglo XX compró gran parte de las tierras de la zona. Dicha empresa habría consolidado su función de colonia cañera con la construcción de una casa –actualmente conservada y habitada– a poco más de 50 metros de la chimenea, que habría servido como vivienda para el colono. Con todo, podríamos especular que este perfil fue asumido ya entre las décadas de 1880-1890, con el abandono de la elaboración de azúcar y aguardiente, la reconfiguración de sus instalaciones y la asunción de un perfil marcadamente cañero, como casco o cabeza de una finca orientada a proveer de materia prima a otros ingenios.
La trayectoria seguida por este establecimiento no es fácil de rastrear. En 1870, en los listados impositivos figura como contribuyente la sociedad “Baz y Argüelles”, por un ingenio de destilación. Desde 1871 hasta 1874 el pago de impuestos lo realizó Salvador Oliver, yerno de Argüelles. Lo curioso es que en el listado provisto por Granillo (1872, p. 99) figura la firma “Salvador Olivera y Cía.” como propietaria del ingenio, con 10 cuadras de caña (20,66 ha) y “trapiche de madera”. No se encontraron registros de estas sociedades. Recién en 1876 ubicamos el ingreso de Oliver como socio junto con Argüelles (AHT, SP, Serie B, 1876, fs. 111-112), pero en Groussac et al. (1882, pp. 523, 563), se consigna a Salvador Oliver como propietario del establecimiento y se informa una leve mejora en la tecnología utilizada, en tanto se contabilizó un motor a vapor de 20 CV. En guías y referencias bibliográficas posteriores, se menciona nuevamente a este ingenio bajo la razón social “Olivera y Cía.” (Hat, 1884, pp. 62, 154; Laurent, 1885, pp. 10-11). El análisis de los datos publicados nos lleva a pensar que, para la segunda mitad de la década de 1880, el ingenio ya no elaboraba azúcar, por lo que es posible especular que pasó a desempeñar funciones como establecimiento cañero para proveer de materia prima a otras fábricas, aunque en planos y en referencias bibliográficas continuaba figurando como un ingenio azucarero.
Durante las visitas al sitio, hemos podido identificar restos de galpones y viviendas cuyos rasgos son consistentes con los de edificaciones de fines del siglo XIX, al igual que los de las tejas y ladrillos dispersos hallados en las inmediaciones (Figura 7 C), aunque en ciertas partes se divisan reparaciones con materiales propios del siglo XX. Esta porción del sitio podría ser interpretada como el primigenio sector industrial, ya que además se encuentra la base de la mencionada chimenea, entradas de conductos subterráneos y recintos de material (Figura 7 D y E). En lo que podría ser el sector habitacional, se ubican dos pozos de balde y los vestigios de una vivienda con galería de la que solo se observan los cimientos, parte de los pisos y algunas columnas derruidas (Figura 7 F). El grado de deterioro que presentan dificulta estimar su antigüedad.

El ex ingenio Industria Argentina es el más conocido de los casos analizados. Se ubica en la localidad de Los Villagras, a escasa distancia del poblado homónimo. Algunos historiadores, como Bolsi (2011), Posse (1993) y Schleh (1944) realizaron valiosas contribuciones sobre este emprendimiento, por lo que solo trataremos de complementar la información.
En los inicios de la década de 1870, Roque Pondal ya estaba relacionado con la industria azucarera, mediante la sociedad con su pariente Felipe Posse en un ingenio (Granillo, 1872, p. 97). Sin embargo, en 1873 Pondal compró un establecimiento propio en la margen oriental del río Salí, en el lugar denominado Los Garcías –localidad inmediata a Los Villagras– (AHT, SP, Serie D, 1873, fs. 68v-73v). Las planillas impositivas informan que, en 1873, el ingenio adquirido elaboraba con trapiche de madera y al año siguiente había incorporado un trapiche de hierro. Casi una década después, Groussac et al. (1882, pp. 523, 563) registra cuatro motores –dos a vapor de 20 CV y dos hidráulicos de 22 CV–, lo que lo asemejaba en potencia al ingenio Añil. Posteriormente, es mencionado en Hat (1884), Laurent (1885) y Mulhall (1885), donde se lo consigna como un ingenio de mediana-baja escala productiva en términos comparativos (1,9% del total elaborado en 30 ingenios). Casi un lustro después figura como el cuarto ingenio más pequeño en términos de producción (Rodríguez Marquina, 1889, pp. 25-26, 110) y se registra la incorporación de maquinaria de última generación para la época. Entonces, había pasado de casi 20 ha con caña en 1873, a 600 ha en 1889. Su última zafra fue en 1897. En relación con los planos, Correa (1888) lo consignó correctamente como ingenio Pondal, Beyer (1894) como “Pondo”, Correa (1921) lo asentó como poblado y la Oficina Técnica Topográfica (1930) como “Colonia Argentina”.
Los pobladores del lugar reconocen que allí se erigía antaño un ingenio azucarero10. No poseen más información que la adquirida de sus propias vivencias, pero resultarán sumamente útiles al momento de llevar a cabo el inventario y registro de este antiguo establecimiento, en tanto recuerdan dónde se levantaban galpones, viviendas y depósitos que en las últimas décadas fueron desapareciendo. En la actualidad, se mantiene en pie y habitada una casa que, suponemos, fue la administración del ingenio y de la Colonia Argentina (Figura 8 C). A poco más de 100 metros se observan, bajo una densa vegetación, acumulaciones de material constructivo, restos de estructuras de ladrillos con hierro (Figura 8 D y E), canaletas, montículos cubiertos por tierra y vegetación, y un pozo calzado con ladrillos (Figura 8 F). Por lo demás, se puede encontrar también en superficie materiales y desechos que arrojan recurrentemente los pobladores del lugar y residuos de los trabajos de siembra y cosecha en las tierras aledañas.

Gran parte de los estudios sobre el pasado azucarero en la provincia y la región construyeron una imagen de los ingenios ubicados en la etapa de tránsito entre la fabricación preindustrial y la industrial, a partir de diversas fuentes escritas (documentos fiscales, testamentarias, inventarios, protocolos, descripciones de coetáneos, informes oficiales, etc.), posiblemente por la dificultad para localizar y analizar registros materiales dispersos. Esto se debe a que los ingenios modernos paulatinamente ampliaron sus edificios y transformaron radicalmente sus instalaciones. En consecuencia, sólo resulta factible indagar en profundidad sobre su etapa preindustrial o de modernización, mediante análisis e intervenciones sistemáticas en predios de ex ingenios –ya sea de los vestigios arquitectónicos en superficie o mediante sondeos o excavaciones arqueológicas–, como lo demuestran algunas investigaciones en curso con resultados promisorios.
Los cuatro casos expuestos representan ejemplares que, por sus particulares trayectorias, permitirían determinar la morfología y la disposición original de espacios productivos azucareros de más de un siglo de antigüedad. Resultarían objetos de interés para la Arqueología, la Arquitectura y la Historia, en la medida que su análisis brindaría información sobre las dimensiones de diferentes tipos de ingenios durante la etapa de modernización en el último cuarto del siglo XIX, la tecnología utilizada, la organización espacial de los edificios, las estructuras relacionadas, entre otros posibles aspectos. Favorecerían, así, a la revisión de hipótesis afianzadas, pero con escaso respaldo empírico, y a la crítica de imágenes construidas mediante extrapolaciones apresuradas de elementos de otros complejos azucareros, sin el conocimiento y la reflexión necesaria. Otorgarían, además, elementos novedosos para la reconstrucción e interpretación del paisaje agroindustrial perteneciente a esta casi desconocida fase de conversión hacia una economía provincial predominantemente azucarera.
En este escrito se buscó proporcionar una rápida reconstrucción histórica de estos cuatro ingenios a través de una amplia variedad de fuentes escritas. Además, se expusieron los métodos utilizados para articular las labores de archivo con el trabajo de campo, junto con los resultados de la búsqueda y localización de estos establecimientos olvidados por los estudios del pasado azucarero tucumano. Se espera que a futuro esta información sirva a profesionales interesados en la Arqueología histórica para que aprovechen la evidencia material conservada, proporcionen una comprensión más acabada de los procesos históricos implicados en la industrialización de zonas periféricas y contribuyan a ampliar el conocimiento sobre la agroindustria azucarera, tanto en Tucumán como en el noroeste argentino.
1. En Malizia et al (2014) se pueden consultar las ubicaciones de diversos ingenios cerrados y su registro material actual a través de fotografías junto con una breve semblanza histórica. Corresponde destacar el trabajo de Carlos A. Barros quien, a partir de los planos preservados en el Archivo de la Oficina de Catastro de la Provincia, logró ubicar las nomenclaturas catastrales y localizar los solares donde se erigían numerosos ingenios modernos que cerraron entre finales del siglo XIX y la década de 1960. Archivo Histórico de Tucumán (en adelante AHT), Carpeta “Ingenios Azucareros”.
2. PICT 4424, con financiamiento del Fondo para la Investigación Científica y Tecnológica (FONCYT, Agencia I+D+i, Argentina)
3. En este escrito resulta imposible mencionar todos los aportes que se generaron desde la arqueología histórica en los últimos años. En consecuencia, se recomienda la consulta de balances y reflexiones sobre esta subdisciplina, donde se analizan los abordajes clásicos y las lecturas más recientes, junto con sugerentes agendas de investigación. Ver, entre otros, Gómez Romero y Pedrotta (1998), Igareta y Schávelzon (2011), Raffino e Igareta (2005), Ramos (1999, 2002), Orser (2000, 2007).
4. Vale mencionar el estudio que Giulette (2014) realizó sobre la agroindustria de la harina de trigo del centro-este de Santa Fe. Su objetivo fue identificar y ubicar restos materiales correspondientes a los molinos que trabajaron a finales del siglo XIX en la localidad de Esperanza. Para tal fin, utilizó una metodología con características similares a la que instrumentamos en este trabajo, consistente en el rastreo de bibliografía, planos, fotografías y recopilación de información oral, para obtener posiciones estimadas de los predios molineros. Posteriormente, se acometió la tarea de prospección sistemática que permitió ubicar vestigios materiales en la ciudad y en un área rural próxima, donde se identificaron los restos arquitectónicos en superficie de un molino hidráulico. Una versión sintética sobre los lineamientos de esta pesquisa en Giuliette (2015).
5. Es preciso aclarar que el régimen de colonato desarrollado en Tucumán difería del sistema de colonias agrícolas del litoral pampeano. En el caso tucumano, varias de las empresas azucareras propietarias de ingenios subdividieron sus tierras y las entregaron para su explotación a un particular, el colono, quien trabajaba las parcelas ajenas siguiendo las directivas de los propietarios (tiempo de cosecha, de cultivo, tamaño y distancia de los surcos, tipo de semilla, etc.). Se trató de una forma descentralizada de explotación de las tierras (Bravo, 2022: s/n). En la colonia cañera había carros, implementos agrícolas y animales propiedad del ingenio que el colono no podía utilizar en labores ajenas a la explotación sin el consentimiento del propietario. En varias ocasiones, las colonias eran conocidas por los apellidos de los particulares que las administraban (Rosenzvaig, 1995, pp. 272-274).
6. Sobre las diferentes concepciones del paisaje y su abordaje desde los estudios geográficos y arqueológicos, pueden consultarse, entre otros, Chouquer (1989), Orejas Saco del Valle (1991, 2006), Prada Llorente (2012).
7. AHT, Sección Protocolos (en adelante SP), Serie A, 1873 (fs. 311-318). Los integrantes de la sociedad eran Wenceslao Posse y Manuel Posse en calidad de socios capitalistas y Emidio Posse (hijo de Manuel) como socio industrial o administrador.
8. Ídem (f. 316).
9. Como señalamos, es posible que, luego de la reconversión a ingenio azucarero, los socios continuaran con el cultivo y procesamiento de tintura. Esto se desprende de una remesa de añil n° 4 que Wenceslao Posse envió a la Exposición de Córdoba, de 1870, y que fue elaborado –según la fuente– en el ingenio “El Destino”, lo que podría indicar que ésta fue la denominación que recibió el establecimiento añilero. Sin embargo, se trata solo de una conjetura. AHT, Sección Administrativa, 1870, Tomo 3 (fs. 101-103).
10 La frase que encabeza el subtítulo corresponde a una de las actuales habitantes de la casona que habría pertenecido a la administración del ingenio. También alumnos de escuelas ubicadas en las cercanías, como en los Los Villagras o Los Porceles, realizaron visitas al “ingenio viejo”.
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