Uno de los eventos bélicos más significativos del periodo virreinal en el Reyno de la Nueva Galicia, en lo que hoy es el occidente de México, fue la Guerra del Mixtón (1541-1542) protagonizada por algunos grupos indígenas del septentrión neogallego, entre ellos los caxcanes, también nombrados teules chichimecas. Fueron momentos de tensión e inestabilidad que provocaron una gran movilización militar, formándose el ejército novohispano más grande de ese momento dirigido por el virrey Antonio de Mendoza, quien acudió personalmente al área en conflicto. Después de acontecido un fuerte infortunio, la muerte de Pedro de Alvarado en una de las contiendas de esa insurrección. Esa guerra está documentada en las fuentes históricas con grandes vacíos informativos. Entre los pormenores están anunciados los diferentes espacios en donde se encarnaron sangrientas batallas, en algunos casos con descripciones detalladas, pero en otros las narraciones son extremadamente vagas, razón por la cual surgen varios cuestionamientos en relación con la ubicación de los lugares de los enfrentamientos. En esta ocasión se expone la discusión sobre esos espacios tratando de ofrecer su localización por medio del análisis del paisaje como un indicador dentro de la metodología de la arqueología de los campos de batalla, junto con la revisión de los relatos y cartografía histórica, además de integrar los resultados de la prospección arqueológica en el sitio arqueológico El Tuiche.
“¡Ashcanquema tehual nehual!” que significa “¡Ahora sí, tú o yo!” (López Portillo y Weber, 1980, p. 463)1, fue el grito de guerra de los caxcanes, uno de los grupos indígenas que se opusieron al dominio español en la región occidental de México, y que protagonizaron uno de los eventos bélicos más relevantes en la historia novohispana, la Guerra del Mixtón (1541-1542), que provocó una fuerte inestabilidad e incertidumbre en el gobierno novohispano de esa época.
Las fuentes documentales hacen alusión a un conjunto de batallas que conformaron dicha guerra, entre ellas destacan la de Coina, Nochistlán y Mixtón, este último bastión fue donde se presentó el primer combate formal entre indígenas y españoles; de igual forma, en él fue la última batalla que dio el triunfo a los hispanos.
Pero en la actualidad ¿dónde se ubican cada uno de esos lugares? Los principales combates se dieron al sur del actual estado de Zacatecas, donde habitaron los caxcanes quienes mostraron más resistencia al dominio español. El escenario de esa guerra fue un área agreste, inmersa dentro de la zona geográfica de la Sierra Madre Occidental. Ello permitió que los insurrectos contaran con protección natural, pues desde la época prehispánica el principal patrón de asentamiento en la región de Los Altos de Jalisco consistió en que los sitios se establecieron espacios elevados de difícil acceso y cercanos a corrientes de agua (López et al., 1994; Baus de Czitrom y Sánchez, 1995), situación que advierte momentos de tensión y enfrentamientos intergrupales antes de la llegada de los europeos.
La intención en esta ocasión es localizar, identificar y caracterizar las diferentes fortalezas establecidas por los indígenas sublevados durante la Guerra del Mixtón, con la finalidad de subsanar los huecos informativos que prevalecen en las fuentes escritas entorno a ese episodio militar dentro del vasto territorio escarpado y abrupto del sur de la Sierra Madre Occidental, en particular en los macizos que forman la Sierra de Morones, Sierra de Nochistlán y la Barranca de San Cristóbal (Figura 1). Para ello se realizó un análisis del paisaje por medio de la geomorfología del espacio físico y sus rasgos tanto naturales como aquellos productos de la antropización, en este caso con fines militares, además de considerar la información otorgada por las fuentes documentales. Varias de las fortalezas caxcanas señaladas en las fuentes históricas han sido claramente identificadas, incluso una de ellas cuenta con la materialidad del evento bélico, el Peñol de Nochistlán. En cambio, otras son conocidas por la mención en esas fuentes, pero su ubicación precisa es incierta, por lo que en esta ocasión se realiza la propuesta de su ubicación basado en ese estudio de paisaje, como se discute en los siguientes párrafos.
La parte sureña del actual estado de Zacatecas y oeste de Jalisco (Altos de Jalisco), fue habitada por uno de los grupos indígenas más referidos en las fuentes históricas: los caxcanes, descritos por su belicosidad debido a que ellos mostraron mayor resistencia a la expansión del dominio hispano, entablando constantes batallas desde 1530 con la entrada de la hueste de Nuño Beltrán de Guzmán, quien conquistó gran parte del noroeste de México. Fundando el primer asentamiento hispano en el corazón caxcán, Nochistlán, llamado la Villa del Espíritu Santo, como lo señala Tello (1891, p. 165), que poco después cambió su nombre por Guadalajara, su cabildo fue establecido hasta 1532. No obstante, la ciudad fue reubicada en varias ocasiones (Figura 1): Tonalá en 15332, Tlacotán en 1535, y finalmente en el valle de Atemajac después de finalizada la Guerra del Mixtón en 1542 (Tello, 1891), ello debido a la inestabilidad provocada por los caxcanes y sus aliados. Por tal motivo en las crónicas están señalados como belicosos y ruines, referidos como: chichimecas, tochos, rústicos mexicanos o villanos mexicanos (Tello, 1891), o teules chichimecas (Sámano, 1963).
El territorio conquistado por Nuño de Guzmán “a sangre y fuego” (Pérez Bustamante, 1928, p. 14) fue llamado Nueva Galicia, cuyos límites “imperfectamente dibujaban una frontera desde el río Yaqui a los límites occidentales del que hoy es estado de Jalisco, pasando de allí hasta abrazar una parte del estado de Aguascalientes y de Zacatecas” (Pérez Bustamante, 1928, pp. 14-15).
En el momento de la llegada de los españoles, los caxcanes tenían establecidos varios cacicazgos, aunque para Weigand y García (1996, p. 149) representaban pequeños estados, entre los más relevantes eran Juchipila, Mecatabasco, Tlaltenango, Nochistlán, Teocaltiche y El Teúl (Figura 1)3, este último fue el centro ceremonial de toda la región (Tello, 1891, pp. 138, 151). Los caxcanes se encontraban en la fase de expansión militar, logrando colonizar el oeste de Jalisco, cruzando su frontera sur: el Río Grande de Santiago (Baus de Czitrom, 1996, p. 20, Weigand y García, 1996, p.118), manteniendo guerras no solo con sus vecinos como los tecuexes, al oeste y con los tarascos, al sur (Tello, 1891, pp. 142-143), sino que también sostuvieron enfrentamientos entre ellos mismos, los de Nochistlán y Teocaltiche contra los de Jalpa y Juchipila (Acuña 1988, pp. 169-170, 302), eso anuncia que los diferentes grupos de la región antes de la llegada de los hispanos estaban altamente instruidos en la milicia, aspecto visualizado con el patrón de asentamiento4, siendo que sus principales centros cívico-ceremoniales estuvieron establecidos en espacios de difícil acceso, en la cima de cerros.
Las investigaciones arqueológicas anuncian que la región caxcana tuvo una larga ocupación que se extiende a unas décadas antes de Cristo en los sitios como Las Ventanas o Peñol de Juchipila, El Tuiche o Peñol de Nochistlán y El Teúl, los cuales cuentan con fechamientos cronométricos (Medrano, 2012; Ramírez et al., 2014; Oster, 2007). Un rasgo que comparten entre ellos y otros sitios del noroeste mexicano es que están asentados en la cima de cerros donde se ubica el centro cívico-ceremonial, lo que brindaba protección natural, característica que fue mayormente predominante desde el Epiclásico (650-900 d.C.).
Entre los asentamientos caxcanes mencionados en las fuentes históricas que han sido intervenidos arqueológicamente están:
Del periodo caxcán se cuenta con un entierro múltiple cuya fecha es de 1405 d.C., el análisis tafonómico indica que uno de los individuos (A), correspondiente a una mujer de edad media, le fue retirado el cuello cabelludo, las manos y los pies, costumbre habitual en la frontera septentrional de Mesoamérica para el Posclásico Tardío (1200-conquista); del mismo modo se observó evidencia de exposición al fuego en varias partes del esqueleto (cráneo, mandíbula y omóplatos). Sumado a lo anterior se encontró una punta de proyectil que fue la causante de su muerte, siendo que se halló alojada en el interior del cráneo, observando también el traumatismo craneal (temporal derecho) provocado por el impacto de esa punta de proyectil en el temporal derecho (Medrano, 2001).
De igual manera, en la Plaza de los Dos Altares, al este del asentamiento, fueron descubiertos siete entierros en decúbito dorsal flexionado pertenecientes a la fase caxcana (SUN, 2014), desafortunadamente no se cuenta con más información de ellos5.
Otros asentamientos de la región caxcana han sido investigados pero la materialidad evoca una mayor presencia del periodo Epiclásico (650-900 d.C.), tal es el caso de Tepizuasco (Lelgemann, 2010), ubicado en la región de Jalpa, por lo que podría corresponder a la cabecera del cacicazgo/estado de Jalpa para el periodo caxcán. Cerro Encantado, localizado al noreste de la ciudad actual de Teocaltiche, donde se anuncia una ocupación más temprana, pero se asevera que la última fase fue caxcana (Bell, 1974), así señalado en la Relación Geográfica de Teocaltiche (Acuña, 1988, p. 300), aunque se desconoce la cultura material para esa fase. De igual forma, se ha reportado una fuerte manifestación epiclásica en otros asentamientos de Los Altos de Jalisco (Araiza, 2000; Cach-Avendaño et al., 2024; López et al., 1994; Ramos y López, 1999; Porcayo, 2002), y el corredor Malpaso-Juchipila (Jiménez, 2020; Jiménez y Darling, 2000).
Es cierto que falta investigación que permita caracterizar la cultura caxcana, sin embargo, hasta el momento, se puede argüir que tenían una alta estratificación social evidenciada por medio de los entierros que fueron acompañados con bienes de alto prestigio social: conchas marinas y artefactos de cobre (Carrillo, 2013; Medrano, 2012, 2020; Somerville et al., 2017), anunciando que tenían sistemas político-económicos complejos. Para Weigand y García (1996) los caxcanes “eran una élite de conquistadores… un continuum ecológico y sociocultural” (pp. 105-106) de la tradición Chalchihuites, ubicada en el septentrión mesoamericano, hipótesis que hasta el momento no se ha confirmado.
Después de 10 años de dominio español altamente inestable se desató uno de los eventos bélicos más relevantes en la historia novohispana: la Guerra del Mixtón, el motivo principal fueron los malos tratos que recibieron los indígenas por parte de los conquistadores y encomenderos, sumado a la oposición inicial del dominio español manifestado desde la entrada de Nuño de Guzmán. Desde el establecimiento hispano en 1530 en la región de Jalisco y Ahuacatlán, el mismo desplazamiento de la villa de Guadalajara en la región de Nochistlán representó una franca muestra de la inconformidad de los indígenas, siendo los brotes iniciales de rechazo a la conquista hispana. Más tarde la rebeldía comenzó con la inasistencia a misa, ataques a los asentamientos hispanos e intentos de asesinatos y asesinatos de encomenderos y frailes (Pérez Bustamante, 1928; López-Portillo y Weber, 1980; Tello, 1891), pero “El 31 de mayo de 1541 se pregonó en México la guerra a sangre y fuego contra los sublevados en Nueva Galicia” (Pérez Bustamante,1928, p. 82).
La estrategia militar de los insurrectos fue el “empeñolamiento”, es decir, refugiarse en lo alto de los cerros que brindaban protección natural: “dexaron las casas e sementeras que tenían e subieron a lo alto de los montes, que en lengua de indios se llaman peñoles” (Anónima Tercera, 1963, p. 331). La primera batalla de esta guerra fue la suscitada al pie del Cerro del Mixtón, en esa ocasión acudió Miguel Ibarra que después de hacer los requerimientos de paz fue sorprendido el domingo de Ramos de 1541, representando la primera derrota de los hispanos (Pérez Bustamante, 1928; Tello, 1891).
Esa derrota significó una alerta entre los neogallegos, por tal razón Cristóbal de Oñate y el mismo virrey de Antonio de Mendoza pidieron el auxilio a Pedro de Alvarado que se encontraba en las costas de Jalisco, quien acudió creyendo que sería fácil el control y apaciguamiento de la rebelión, por el contrario, encontró la muerte al huir del Peñol de Nochistlán. Esa situación intranquilizó de forma generalizada a la Nueva España motivando al virrey Mendoza a desplazarse con el ejército más grande de esa época hacia la zona de conflicto, centrado en la región caxcana, enfrentando una serie de batallas principalmente en los peñoles de Coina, Nochistlán y Mixtón (Figura 1), siendo victoriosa la hueste española (Sandoval Acazitli, 1971; López-Portillo y Weber, 1980; Pérez Bustamante, 1928; Tello, 1891). La consumación de la movilización la dio el virrey en Jalisco en febrero de 1541: “Yetzatlan… el señor Viso Rey, despidió à todas las Gentes de diversas Provincias, y les dixo el Señor Viso-Rey, hijos los Naturales que sois de diversas Provincias, idos enhorabuena, que yà se acabó y dio fin la Guerra” (Sandoval Acazitli, 1971, p.36).
En la identificación de los diferentes espacios o peñoles de la Guerra del Mixtón se aplicó una parte esencial de la metodología propia de la arqueología de los campos de batalla. Siendo que esta arqueología ha estado enmarcada dentro de la arqueología histórica (Scott y McFeaters, 2011), es esencial la recopilación y análisis de la información otorgada por las fuentes documentales de los sucesos sobrellevados entorno a las batallas, entre ellos: la descripción de los espacios, el armamento utilizado, las estrategias militares implementadas por los bandos involucrados, y toda información relevante que dé luz sobre los enfrentamientos bélicos. Dicha información puede ser rescatada de la documentación histórica en las narraciones de los propios testigos, partes de guerra, crónicas, mapas y croquis de las batallas.
Después de conocer las diferentes fuentes históricas de la batalla, se continuó con el estudio del paisaje. Desde 1925, Sauer (2006) señaló que el paisaje es un área que está conformada por la asociación de formas distintivas, tanto físicas como culturales, valorando aspectos naturales y culturales. Los humanos forman un entono sociocultural propio, por lo que el análisis de los espacios es fundamental para el estudio de sociedades pretéritas, de ahí se desprende la arqueología del paisaje (Anschuetz et al., 2001; Criado Boado, 1993; Ashmore y Knapp, 1999).
En ese sentido, el paisaje debe ser entendido como una configuración de la acción humana que es transformado de acuerdo con las diferentes necesidades de cada sociedad, entre esas actividades están las relacionadas con el conflicto armado. Por tanto, el paisaje es un elemento de observación dentro de la arqueología del conflicto en particular en los campos de batalla (Sutherland y Schmidt, 2003), dado que permite conocer las particularidades del entorno ya sean naturales o antrópicos donde se desenvolvió un enfrentamiento bélico. Los primeros ofrecen la caracterización geomorfológica del terreno: barrancos, riscos y topoformas que brindan protección al lugar, además de impedir el acceso y la visibilidad al enemigo. Los antrópicos/culturales, aluden a las modificaciones del paisaje realizadas por el ser humano: trincheras, fosos, muros, fortalezas, entre otras construcciones militares (Babits, 2001; Coulston, 2001; Courtney, 2001). Estos elementos van acordes con las características del armamento involucrado en las contiendas castrenses y, como se mencionó anteriormente, existe una íntima relación entre dichas alteraciones humanas del paisaje y la tecnología militar; lo que conlleva a caracterizar los campos de batalla en espacio y tiempo dentro de la historia bélica de la humanidad (Carman y Carman, 2001, 2007).
Para entender el paisaje militar de la Guerra del Mixtón y la identificación de las fortalezas referidas en las fuentes documentales fue indispensable el auxilio de las imágenes satelitales y las fotografías aéreas de la región sur del estado de Zacatecas, que fue el epicentro de esa guerra.
La prospección geofísica sistemática acompañada con detectores de metales es una parte esencial en la arqueología de campos de batalla. El detector de metal es uno de los implementos más útiles y ampliamente empleados (Landa y Hernández 2014, 2020; Medrano, 2012; Scott et al., 2007; entre otros) desde el inicio de este tipo de arqueología (Connor y Scott, 1998), siendo que son los mejores aliados para encontrar de forma certera y rápida los restos de armas, insignias militares, objetos personales de los ejércitos, entre otros artefactos. Únicamente se ha aplicado en uno de los espacios de batalla: el Peñol de Nochistlán, que consistió en realizar recorridos de superficie en transectos cada 20 metros con el acompañamiento del detector de metal y el registro de los artefactos con el Sistema de Posicionamiento Global (GPS, por sus siglas en inglés) para conocer su distribución (Medrano, 2012).
Cabe destacar que el escenario militar de la Guerra del Mixtón fue en un territorio agreste, enclavado en la parte sur de la Sierra Madre Occidental, caracterizada por majestuosas serranías, valles intermontañosos e inmensas cañadas formadas por los ríos Grande-Santiago, Bolaños, Juchipila y Verde, que fueron aprovechados por los sublevados para establecer sus fortalezas y refugios, así como para efectuar los ataques.
Los peñoles nombrados durante la Guerra de Mixtón tanto en el auxilio que dio el adelantado Pedro de Alvarado como el virrey Antonio de Mendoza son:
El primero de los quales dichos peñoles fue El Miston, y el segundo Nuchiztlan, y el tercero Acatique, y el quarto Cuyna, (otros muchos peñoles ovo, pero al tiempo que vino el Adelantado y los españoles, quedaron solamente estos quatro peñoles), en los quales se hizieron fuertes (Anónima Tercera, 1963, p. 331).
Entre la escasa cartografía histórica disponible de la región está el mapa de la Nueva España de Ortelius de año 15796 donde se aprecian elementos orográficos e hidrográficos, incluyendo los de la Nueva Galicia y varios poblados que estuvieron involucrados en la Guerra del Mixtón, sin mostrar detalles que ayuden a su caracterización. En cambio, en el Mapa de la Nueva Galicia7 elaborado por Martínez de la Marcha en 1550, están señalados los asentamientos, pobladores y rasgos geográficos, resaltando las partes donde prevalecía la guerra al norte del reino neogallego cruzando el Río Santiago, representadas por las figuras humanas ataviadas con arcos y flechas (Figura 2). El interés en esta ocasión es resaltar la representación gráfica de los espacios caxcanes y los relacionados con la Guerra del Mixtón, en específico los peñoles; entre ellos se encuentran incorporados: El Teúl (Figura 2a), El Mixtón (Figura 2b), Juchipila (Figura 2c), Nochistlán (Figura 2d) y Coina (Figura 2e), en cada uno son mostradas ciertas peculiaridades.


Siguiendo la información ofrecida por Tello (1891, pp. 150-151), en El Teúl se suscitaron alzamientos de los indios, por lo que, estando Nuño de Guzmán en la primer Guadalajara en Nochistlán, en diciembre de 1531, realizó algunos nombramientos: “por capitán y alcalde mayor á Juan de Oñate, para que vaya á las provincias del Teul y á las ellas comarcanas á apaciguar las provincias que yo conquisté, que se hubieren rebelado” (Tello, 1891, pp. 150-151). Pero no fue escenario directo de la Guerra del Mixtón.
los de Cuina habían salido muy bravos y de guerra … se empeñolaron en unas rocas ciñendo la entrada, que era de abajo para arriba, de una punta á otra, de un antepecho con doce albarradas anchas, de un estado de alto, y allí se empeñoló toda la gente de aquel valle, serían más de doce mil hombres de guerra (Mendoza, 1928, p. 444).
Mientras que en la Relación Anónima Tercera se informa sobre la estrategia de la batalla perpetuada ahí:
quedavan en la retaguardia que caminasen los peones delante y se subiesen a la primera albarrada, que es vn reparo que ponen en aquellos peñoles…subiensen llevando en compañía veinte mill indios amigos, e ganadas quatro albarradas llegaron dos campañias de caballo, e ansí mesmo subieron sin ninguna resistencia, y juntos con los peones y amigos se subieron la quinta albarrada, e ganada esta albarrada, los indios enemigos bolvieron los rostros… e los de a caballo se señalaron muy bien, porque el peñol era encima de lo alto aparejado para ello. Este dicho peñol fue el primero que ganó el dicho señor Visorrey (Anónima Tercera, 1963, p. 339).
Las albarradas están plasmadas en el Mapa de Nueva Galicia (Figura 2e, Figura 4a). Después de realizar recorridos y reconocimientos en la región sur de Los Altos de Jalisco para identificar dicho peñol, el Cerro Proaño muestra varios elementos de defensa militar, ubicados alrededor de 16 km al sureste del actual pueblo de Tototlán. Sandoval Acaztli (1963) hace referencia a ese peñol como Tototlán.
Este sitio es un espacio propicio para “empeñolarse”, recordando que esta fue la estrategia militar de los indígenas alzados al resguardarse en los enclaves con un acceso difícil. El Cerro Proaño tiene una meseta superior que está a 280 m de altura sobre el nivel del piso del valle, aproximadamente (Figura 4c). En el perfil de elevación obtenido en Google Earth Pro que corre suroeste-noreste puede percibirse lo abrupto del terreno, aunado a la gran cantidad de acantilados por varias partes del cerro. Es un cerro de grandes dimensiones que tiene un área aproximada de 658 ha.
Del mismo modo, fue posible detectar los alineamientos de rocas en diferentes espacios, que pueden ser los cercos descritos en las fuentes históricas, el cerro cuenta con una meseta en la cima (Figura 4b), que quizá corresponda a la descripción ofrecida en la Relación Anónima Tercera, señalada en párrafos anteriores. Cabe destacar que los vecinos de este sitio han encontrado piezas arqueológicas que remontan a temporalidades más tempranas, por ejemplo, la presencia de cuentas de piedra verde, algunos malacates y artefactos de obsidiana. Tanto Castellón (1993) como Medrano (2016) han sostenido esta propuesta.
Para confirmar que este cerro es el Peñol de Coina será necesario realizar investigaciones que integren la metodología que se ha empleado en la arqueología de campos de batalla; es decir, realizar los recorridos de superficie acompañados de detectores de metal para obtener evidencia física del enfrentamiento bélico a partir de los restos de armas hispanas. Por lo tanto, la manera más eficaz y rápida es empleando estas técnicas e instrumentos, y así obtener más información sobre la batalla y las estrategias militares implementadas.
a otro pueblo llamado Acatique que esta, en la mesma Barranca del Rio grande, y ansi mesmo los halló en otro peñol que junto al dicho pueblo esta… el dicho Visorrey viendo ser cavtela les mandó asnetar tres cañones pedreros para dalles la batería tirando quince e veinte tiros, baxaron cietros principales de lo alto y la Cacica del pueblo con cruzes en las manos para que los recibiesen de paz (Anónima Tercera, 1963, p. 340).
A más de 16 km al norte de Tepatitlán, en Los Altos de Jalisco, se encuentra el cerro Chiquihuitillo, un asentamiento prehispánico característico de esa región cultural con el terraceado (Figura 5), rasgo que pudo brindar protección a sus habitantes, por lo que es posible que sea fortaleza de Acatic anunciada en los documentos. Weigand y García (1999) lo denominaron Peñol Chiquihuitillo que “se trata de un ejemplo formal de fortificación monumental” (p. 263). Estos autores señalan la presencia de ocho terrazas, con alturas extremas de 3 m y tres plataformas en la parte superior. Continuando con Weigand y García, este sitio tuvo una ocupación desde el Formativo Tardío (200 a.C.-200 d.C.) hasta el Clásico (600-900 d.C.), pero en el periodo de pre- contacto gran parte de la región de Los Altos de Jalisco fue ocupada por los tecuexes (Baus de Czitrom, 1982). Por las características señaladas, es factible que sea la fortaleza referida en las fuentes documentales; sin embargo, en la Anónima Tercera (1963, p. 340) se señala que Acatic dista de Coina tan sólo siete leguas, tomando cada legua a 5.572 km8 son 38.689 km, Chiquihuitillo tiene una distancia desde el Cerro Proaño, en línea recta, de más de 51 km.
Su elevación no sobrepasa los 85 m desde el nivel del piso del valle, además es un sitio que tiene un área aproximada de 36 ha, que comparado con los otros pueblos- peñoles es de dimensiones pequeñas. Si bien las fuentes escritas señalan que solo se dieron algunos disparos de la artillería para provocar temor y así lograr la rendición de los sublevados, es importante efectuar una prospección arqueológica con detectores de metal para admitir o negar esos testimonios.
De igual forma, en el Mapa de Nueva Galicia (Figura 2d) pueden distinguirse en el cerro varias albarradas y grandes peñascos tanto en la cima como a los costados, puntualizando que es el peñol y pueblo (Figura 6a), esas características están detalladas en otras fuentes escritas (Anónima Tercera, 1963, pp. 341-342; Tello, 1891). De acuerdo con la descripción otorgada por Sandoval Acazitli (1971, p. 19) algunos cercos/albarradas eran de madera y otros de piedra.
Las particularidades descritas y anotadas en las fuentes históricas están presentes en el sitio arqueológico El Tuiche, localizado en la parte este de la periferia de la ciudad actual de Nochistlán de Mejía, asentado en un cerro que se encuentra en un pequeño valle, con una altura aproximada de 100 m sobre el nivel del piso de ese valle. Entre sus peculiaridades está su geomorfología, que incluye grandes acantilados en diversas partes del asentamiento, el de mayor altura, más de 25 m, está en la parte este, aunque también muestra riscos en la parte media superior en todas sus caras, ello constituye un elemento de defensa natural junto con los barrancos que se observan en la parte sur y oeste (Figura 6b, 7a), perfeccionando el resguardo de sus ocupantes en momentos de conflictos bélicos.
Otra característica es la presencia de grandes terrazas que lo circundan, especialmente en las partes con menos protección natural, oeste y sur (Figura 7a). Dichas terrazas tuvieron funciones habitacionales, pero también reforzaron la protección del asentamiento (Medrano, 2012).
Cabe destacar que en las investigaciones arqueológicas realizadas en este asentamiento prehispánico fueron encontrados restos de armas hispanas: virotes de ballesta (Figura 7b), perdigones de arcabuz (Figura 7c) y una anilla de cota de malla (Medrano, 2012, 2024), otorgando evidencia contundente de que este lugar es el Peñol de Nochistlán referido en las fuentes documentales. Aunado a lo anterior, también fueron encontradas armas indígenas –que pudieron ser tanto de los insurrectos como de los aliados– como puntas de proyectil de tamaño micro y mediano (≤ 25 mm hasta 40 mm) por lo que se asocian al arco y la flecha. De igual forma, se cuenta con navajillas de obsidiana que probablemente formaban parte del macuahuitl y teputzopilli10, en su mayoría encontradas en contextos tardíos, incluso en los espacios donde se hallaron los restos de armas hispanas (Medrano, 2024).
En la descripción realizada por Sandoval Acazitli (1971, p. 21) señala: “y llegamos á Xuchipila… y la forma del Cerro estaba rodeado de un Rio que parece que el agua sale de las concavidades de las peñas y mui ancha su corriente”. Del mismo modo, en el Mapa de Nueva Galicia se observa como una corriente de agua abraza el peñol (Figura 8a), situación apreciable en el sitio Las Ventanas, que es ceñido por el Río Juchipila por el lado oeste y sur. Otro rasgo característico mostrado en ese mapa es la presencia de albarradas y grandes riscos, fisiografía presente en Las Ventanas (Figura 8c), además de señalar que es el pueblo y peñol. En este peñol se dieron batallas en el tiempo de la conquista hispana, en 1530, pero durante la guerra del Mixtón no hubo enfrentamiento con el ejército virreinal, dado que cuando llegó a este punto todos estaban resguardados en el Mixtón. Según las fuentes documentales, únicamente hubo escaramuzas y ataques de los sublevados entre Juchipila y Apozol (Sandoval Acazitli, 1971, pp. 20-21).

Después de la derrota en el Peñol de Nochistlán, los indígenas se “empeñolaron” en el Mixtón para esperar al virrey y su ejército, reuniéndose una gran cantidad de personas de diversas regiones tan distantes como de la sierra de Tepic: “Había en el Mixtón cien mil enemigos, sin niños y mujeres, aprestados para la defensa… Murieron en lo alto más de diez mil indios y se despeñaron casi otros tantos…” (Tello 1891, p. 459). Por su parte Sandoval Acazitli señaló:
subimos una Sierra mui grande, y mui peñascosa… el segundo dia viernes se comenzó á hacer el Camino en que se ocuparon siete días, y al octavo fueron ganados y destruidos los Enemigos… y tan de repente que fue milagro de Dios (1971, pp. 23-24).
En el Mapa de la Nueva Galicia se aprecian cercos de piedra en la parte superior y abruptos acantilados (Figura 9a). No obstante, se desconoce el lugar específico.

Siguiendo las narrativas de las fuentes escritas, este peñol, indiscutiblemente, está enclavado en la Sierra de Morones en su parte este, siguiendo el Río Juchipila, entre los municipios de Apozol y Jalpa, al sur del estado Zacatecas y según Tello (1891) “está enfrente de Apozotl” (p. 457). Ha surgido una serie de propuestas para definir este espacio, entre ellas está la de Weigand y Weigand (1996, p. 131) señalando la posibilidad del Cerro del Indio o de Santa Cruz (Figura 9b y c), eligiendo este último, aunque no especifican los argumentos que los llevó a dar esa aseveración. Su ubicación es cercana a la actual ciudad de Juchipila, a escasamente 3 km al pie del cerro y, según Mendoza (1928, p. 163), de Juchipila al Mixtón son tres leguas que, convertidas a kilómetros equivalen a 16,716 km, por lo que el Cerro de Santa Cruz contraviene con ese dato otorgado por Mendoza.
Mientras que el Cerro del Indio cuenta con escabrosos acantilados en todos sus lados, y una altura cercana a los 1000 m sobre el nivel del piso del valle; la peña tajada en la parte este de casi 200 m ejemplifica lo abrupto e inaccesible que resulta acceder a la cima, cuyas dimensiones alcanzan una longitud de 600 m por casi 200 m de ancho, por lo cual sin duda pudo albergar a una gran cantidad de personas.
En tanto, los vecinos de la región Juchipila-Apozol han designado El Mixtón en la Mesa Manga Larga, por lo que la denominan Cerro del Mixtón. Ubicada a escasos 15 km al noroeste del actual poblado de Apozol (Figura 9b, c), León-Portilla (1995, XIV) en su obra La flecha en el blanco. Francisco Tenamaztle y Bartolomé de las Casas en lucha por los derechos de los indígenas 1541-1556 muestra un par de fotografías de esta mesa.
Es relevante mencionar que este peñol solo fue ocupado como una fortaleza en el momento de la guerra, a diferencia de los peñoles mencionados anteriormente, donde estaba asentado el pueblo indígena antes de la llegada de los españoles, complicando su ubicación. Aunado a esto, Sandoval Acazitli (1971) detalla que después del triunfo hispano “se desbarataron, y asolaron todas las Cercas” (p. 25). Esa destrucción de las albarradas también dificultará su identificación.
Si bien, la Mesa Manga Larga cuenta con grandes acantilados en su cara este; por la parte oeste representa un espacio de acceso fácil, por lo que lo convierte en un lugar vulnerable en momentos de ataques bélicos (Figura 9c). Al norte de la Mesa Manga Larga está el Cerro La Viga, con una elevación total de más de 1000 m sobre el nivel del valle. Cuenta igualmente con elementos de protección como acantilados por todas sus caras. Además, en el centro tiene otra elevación que le ofrece una protección extra.
Cabe destacar que entre el Cerro de La Viga y la Mesa Manga Larga prevalece una comunidad rural llamada El Mixtón, enclavada en pequeñas cañadas formadas por arroyuelos al pie de esas dos elevaciones.
Definitivamente, la ubicación de este peñol representa una tarea titánica, dado que está incrustado en la Sierra de Morones. Los cerros mencionados anteriormente son
los de mayor altura con grandes acantilados, pero entre el valle y esos cerros existe una serie de elevaciones, también acompañadas de grandes riscos que, si bien son de dimensiones menores, podrían ser ese peñol, como los cerros Chiquigüitillo o Loma Alta; recordando que en los relatos históricos se habituaba exagerar la información. Siendo que el Peñol del Mixtón solo fue empleado en el momento de la guerra como un refugio/fortaleza, no era un asentamiento caxcán, la evidencia física puede ser más escasa dificultando su precisión. Será necesario implementar una estrategia de estudio con el objetivo de encontrar la cultura material del suceso bélico que permita su identificación.
Ese peñol está ubicado a escasos 8 km del poblado de San Cristóbal, enfrente del pueblo de Tepeaca. En toda la barranca de San Cristóbal solamente se presentaron “correrías” es decir, pequeñas escaramuzas y persecuciones.
El ejército se dirigió a Ahuacatlán, región perteneciente a Nayarit (Figura 1), pero en Xocotlán “hallaron los indios tan alborotados y empeñolados, que era imposible entrarles” por lo que el virrey “dijo que le parecía que era cosa muy trabajosa querer de presente allanar aquella gente en tan empinadas y desesperadas sierras y barrancas y que había de costar mucho” (Tello, 1891, pp. 470-471), por lo que se dirigieron a Etzatlán y Tequila, dando fin a la guerra.
Dentro de la historia militar mexicana la Guerra del Mixtón fue un evento de alta relevancia, siendo que es un referente para reconocer el fuerte pronunciamiento de la resistencia indígena ante el dominio español, que involucró un movimiento masivo de población indígena hacia las fortalezas “peñoles” no sólo de la región caxcana sino que también acudieron de las comarcas vecinas tanto hombres de guerra como mujeres, niños y ancianos. De igual forma, provocó el mayor reclutamiento de tropas organizado por el gobierno novohispano encabezado por el virrey Antonio de Mendoza por la incertidumbre que indujo ese alzamiento indígena tanto en el Reyno de la Nueva Galicia como en la Nueva España.
La transformación de los espacios debido a esta guerra dejó testimonio en el paisaje militar, este permitió analizar aquellos procesos históricos acaecidos, en este caso, en los sitios de batalla de la Guerra del Mixtón. Algunas de esas fortalezas han sido plenamente identificadas, como El Teúl en el cerro que conservó su nombre y que es reconocido como un asentamiento prehispánico, aunque no fue un centro de refugio de la Guerra del Mixtón, pero sí fue un espacio de conflicto bélico durante la conquista hispana. Esta misma situación se presenta en el Peñol de Tepeaca, que desafortunadamente no ha sido intervenido arqueológicamente, por lo que se desconoce pormenores de él. Otro espacio plenamente identificado es el Peñol de Juchipila, reconocido en el sitio arqueológico Las Ventanas, esto debido a la puntual descripción ofrecida en las fuentes históricas para establecer su identidad en ese sitio, uno de los rasgos básicos para su determinación como el Peñol de Juchipila es la corriente de agua que lo abraza, perfectamente visualizado en el Mapa de la Nueva Galicia.
La toponimia de los otros peñoles se perdió, complicando su localización, como en el caso del Peñol de Coina, por lo que la aplicación futura de la metodología de los campos de batalla será valiosa para su reconocimiento, se está brindando la propuesta de ubicación en el Cerro de Proaño, que se encuentra en la zona de Tototlán, Jalisco; recordando que ese lugar también fue señalado en las fuentes históricas como Tototlán. Queda pendiente su confirmación con la prospección geofísica conducida con detectores de metal que ayuden a encontrar evidencia física como los restos de armas del siglo XVI. Tal como se efectuó en El Tuiche, único sitio de batalla donde se ha realizado este tipo de reconocimiento dando resultados óptimos.
El lugar más representativo de esta guerra, que lleva su nombre, es el que tiene mayor dificultad para su identificación, el Mixtón, siendo que está inmerso en grandes macizos de la sección norte de la Sierra de Morones, por lo que es indispensable realizar estudios más concretos que ayuden a su correcta identificación, iniciando con reconocimientos arqueológicos de los espacios, principalmente en el Cerro del Indio, Cerro de la Viga y los cerros de menores dimensiones entre esos dos.
1. Frase que ha acompañado el escudo de armas del municipio de Nochistlán, Zacatecas.
2. El traslado de la villa Guadalajara a Tlacotán desde Tonalá fue por orden del mismo Nuño de Guzmán, siendo que él determinó que la primer Guadalajara de Nochistlán fuera llevada a Tlacotán pero los vecinos decidieron asentarla en Tonalá, por lo que en el año de 1535 “envió mandar se volviesen á donde habían comenzado á poblar… Esta vez pasaron al puesto de Tlacotlán” (Tello, 1891, p. 222).
3. Es importante señalar que, de acuerdo con la descripción de Antonio de Leyva realizada en 1579, pueblo ubicado en Jalisco, se hablaba la lengua caxcana, aunque Acuña (1988, pp. 27-28) indica que ese dato debe ser tomado con reserva porque esa lengua es del grupo nahua; de igual manera, se menciona que el pueblo fue conquistado por “Joxouhquitequani… vino de muy lejos de aquí, desde cabo de la mar, … Vino con mucha gente de guerra, conquistando muchos pueblos…” (https://fromthepage-t01.lib.utexas.edu/ap2253/relaciones-geograficas/ameca-guadalajara-1579), por tanto, es arriesgado asegurar que los caxcanes hayan sido los invasores de esa región jalisciense.
4. Para LeBlanc (1999) los asentamientos en la cima de cerros es una muestra de defensa ante situaciones de tensión militar.
5. Sobre este hallazgo arqueológico no se tiene más información que la nota periodística https://www.informador.mx/Cultura/Descubren-evidencia-caxcana-en-Las-Ventanas-Zacatecas-20140122-0068.html
6. https://collections.library.yale.edu/catalog/15830823
7. También conocido como Mapa del Obispado de Compostela (Archivo Histórico de Jalisco, Mapoteca, Fondo de Nueva Galicia). Este mapa fue realizado por la solicitud del traslado de la sede de la diócesis y Audiencia de Compostela a la de Guadalajara (https://pares.mcu.es/ParesBusquedas20/catalogo/description/21517).
8. La equivalencia de leguas a kilómetros fue retomada de Solera (2019).
9. Francisco Tenamaxtle fue uno de los caudillos caxcanes que incitó la Guerra del Mixtón junto con Xiuhtecutli (señor de Juchipila), Tencuítlatl y Petlácatl (señor de Jalpa), años después de esa guerra, combatiendo en otras contiendas y tras intentos de conciliación de paz fue apresado y extraditado a España donde murió defendiendo los derechos indígenas (León-Portilla, 1995).
10. El macuahuitl y el tepoztopilli son dos tipos de armas que estaban manufacturadas con navajas de obsidiana, la primera es de mano conocida como espada mesoamericana, y la segunda es una lanza (Hassig, 1995, p. 81-85).
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