Chile tierra de guerras. Parte del reconocido texto de Mario Góngora (1981), aludía directamente a esta tesis, indicando un álgido siglo XIX que comenzaba con las guerras por la independencia y que, podríamos indicar, finalizaba con la guerra civil de 1891. En este largo periplo de guerras, cuerpos y sobrevivientes, los relatos sobre estos conflictos no fueron una excepción, sino más bien que se manifiestan como una constante en la narrativa nacional. Aliviar el trauma, mostrar la “verdadera historia” al mismo tiempo que defender los testimonios de soldados frente al olvido oficial, son algunas de las tantas justificaciones que diversos narradores, liberales y conservadores, militares y civiles, enarbolaron para escribir las glorias y decepciones del fenómeno bélico (Cid, 2021; Ibarra, 2018).
Desde este marco contextual, la Guerra del Pacífico (1879-1884), sin duda, destaca tanto por su relevancia para el orden geopolítico de América del Sur, así como por la reafirmación de una idea nacional chilena que se verá fortalecida por el triunfo de las armas. La evidencia de la gloria, una memoria que se funda y se instala a perpetuidad en el recuerdo de los sobrevivientes y más importante aún, en el de los caídos (McEvoy y Cid, 2023; Pereyra, 2018; Rosario, 2018; Tapia, 2018), hacen de esta guerra un hecho trascendental para nuestra “comunidad imaginada” (Anderson, 2016), así como para los albaceas de la misma (Salazar y Pinto, 1999). A este respecto, el historiador Bernardo Subercaseaux no duda en señalar la Guerra del Pacífico como: “la mitología retrospectiva más importante del Chile moderno. Probablemente más significativa, incluso, que la Independencia” (2010, p. 405). Lo anterior, tanto por los valores que convoca en cuanto a identidad nacional, como por la totalidad de la población puede sentirse incluidos en el proyecto nacional.
Como parte de estos relatos vivenciales de la guerra, Sancho en la guerra: recuerdos del ejército en las campañas de Perú y Bolivia del autor Lucas Lucio Venegas fue publicado en 1885 —un año después del término oficial del conflicto con la firma del Tratado de Valparaíso (1884)— por la imprenta Victoria, en Santiago de Chile.1. Al mismo tiempo que se publicaba el texto de Lucio Venegas, la misma imprenta lanzaba al mercado el compendio de cuentos y cuadros de costumbres sobre la Guerra del Pacífico Chascarrillos militares del escritor Daniel Riquelme. Obra que en 1890 fue aumentada con 9 relatos más bajo el título Recuerdos de las campañas al Perú y Bolivia. 1879-1884 y tuvo una repercusión relevante en el canon nacional chileno, siendo re publicada más de 11 veces por diversas editoriales durante el siglo XX. De acuerdo con Raúl Silva Castro, es a través de Riquelme que “se conoce al pueblo chileno en los aspectos más salientes de su psicología” (1934, pp. 118-119). Por su parte, el texto de Venegas no tuvo reedición sino hasta el año 2019 de la mano del investigador regional, Diego Grez-Cañete.2
El presente trabajo, abordará críticamente y desde un enfoque interdisciplinario —integrando la crítica literaria, la historia, así como un acercamiento desde la psicología del combate— la obra de Venegas, Sancho en la guerra (2019, [1885]) reconociendo tanto su contenido como en su forma elementos de divergencia frente al testimonio de otros soldados chilenos 3 que participaron en la contienda del Pacífico. Su excepcionalidad basada en: la matriz clásica que asume, la hibridez de la obra, así como el relato a contra discurso, es decir, aquellos discursos que se oponen al relato imperante, siendo cuestionados o bien acallados por no representar el canon establecido dentro de una estructura de poder (Foucault, 2017), son elementos que nos permiten comprender esta obra como un hito de ruptura frente al discurso tradicional sobre la guerra4. Sancho en la guerra ilustra la fisura del discurso que enaltece el conflicto a través de una narrativa literaria que, condenando el absurdo de la violencia desatada por grupos dirigentes, denuncia la ignorancia de los líderes en la conducción del conflicto, así como el sacrificio de la población civil y los soldados en pos de “el gran drama de la Guerra del Pacífico” (Venegas, 2019, p. 121). En dicho sentido, nuestro objetivo es ampliar el análisis de esta obra en tanto fuente histórico-literaria, planteando un contra discurso al proyecto nacional sobre la guerra, que a su vez contiene un modelo moral de liderazgo y estrategia militar, lo anterior, en diálogo con las experiencias de combate que el narrador plasma en su relato.
Sobre el estado del arte referido a la obra, si bien existen diversos estudios que han utilizado Sancho en la guerra como un archivo de gran información para exponer las vivencias y los discursos de los soldados chilenos sobre las campañas del Pacífico (Ibarra, 2018; Larraín, 2006; McEvoy, 2013), ninguna de estas investigaciones ha revisado de forma detenida dicho texto en tanto fuente rupturista, de modalidad literaria multivariada, que contiene una valoración estratégica militar sobre el conflicto así como una perspectiva particularmente condenatoria sobre el impacto de la guerra y su dirección. Excepción a este uso es lo realizado por Juan Uribe Echevarría quien, al repasar la producción narrativa chilena sobre la Guerra del Pacífico, identifica la obra de Venegas como una “notable crónica novelada que relata las aventuras de Sancho, subteniente del regimiento Buin 1° de línea, soldado culto que adorna sus recuerdos bélicos con citas de Ariosto, José Zorilla, Ugo Fóscolo y Napoleón Bonaparte” (Uribe, 1979, p. 197). De lo anterior, el estudio de Uribe se inscribe como un documento adecuado para obtener un primer acercamiento a la obra de Venegas mas no como una instancia de análisis específico sobre la hibridez del texto, así como el valor simbólico que explota la narración de “Sancho” sobre el fenómeno bélico.
El texto de Venegas se divide en tres partes o actos, como el narrador mismo lo indica. En el interior de estos tres actos, la primera sección, sin duda, es la que nos aporta una estructura más recargada de elementos propiamente literarios. Entre estos detectamos el uso de diversas figuras tales como metáforas, sinécdoques, metonimias, entre otras, que reforzarán el uso retórico del texto en contraposición a otras obras como las ya enunciadas anteriormente, para las que el énfasis en lo informativo es dominante, por sobre el uso de herramientas literarias. A su vez, la intervención de diversos géneros tales como poemas de autores europeos del siglo XVIII y XIX, fragmentos de cartas del mismo autor, así como pequeños diálogos dramatúrgicos constituyen elementos significativos que acompañan la estructura narrativa en el relato de “Sancho”. De lo anterior, si bien la aplicación de herramientas retóricas, así como el uso de determinados géneros tales como el epistolar o la lírica forman parte de otras narrativas que tuvieron su emergencia en pleno conflicto —este es el caso de testimonios como las cartas que Rafael Torreblanca escribe a su familia o las memorias de Arturo Benavides Santos (Benavides Santos, 1929) —, la manifestación consciente y desde un objetivo claramente literario como lo desarrollado por Sancho en la guerra nos parece un caso único ante este conjunto de escrituras.
Esta hibridez genérica del texto, podemos comprenderla como parte de su contexto de emergencia en que la delimitación de lo propiamente literario aún está siendo debatido por los escritores latinoamericanos y chilenos. El año en el que se publica la obra, 1885, es un momento de intensa creación narrativa para el caso latinoamericano. Un indicio de esta situación es la escritura que comienza a aparecer en la prensa de la época. En dicho sentido, y tomando el análisis de Carlos Ossandón (1998) sobre la prensa chilena de fines de siglo, comprendemos la propuesta escritural de Venegas como una textualidad de “tercer orden”, vale decir:
un conjunto muy impreciso de escrituras por donde circula la “publicística”, cuyos énfasis son muy distintos caso a caso, que fluctúan entre la crónica y el ensayo, entre lo factual y lo lírico, entre el cuadro de costumbres y la reseña de la vida de la ciudad, entre la descripción de los hechos y los juicios valorativos, entre el referente externo el juicio valorativo del hablante, entre la mayor y la menor actualidad del referente, entre la narración “realista” y la “recreativa (...)” (Ossandón, 1998, p. 112).
En este periodo en que la prensa y la literatura compartían un espacio marcado por la captura de lectores, la hibridez de los textos es un tema que lo podemos apreciar en una gran diversidad de géneros tales como la crónica, el ensayo, así como en las mismas novelas de tipo folletín del periodo (Ossandón, 1998; Ramos, 2003).
Por otro lado, es patente la intención del narrador por inscribirse a sí mismo como “Sancho” en el interior del relato, quien narrará, en primera persona, el devenir de su experiencia en las diversas campañas de la Guerra del Pacífico. Esta alusión directa a la obra de Miguel de Cervantes, El ingenioso hidalgo don Quijote de La Mancha (1605), apela desde el primer momento al interés manifiesto del texto por narrar literariamente el periplo de las tropas chilenas durante la guerra. Siguiendo en esto a la académica Raquel Villalobos (2015), comprendemos que la apropiación del Quijote en Chile fue un fenómeno prácticamente sincrónico a la publicación de Sancho en la guerra (2019 [1885]). La primera edición chilena de El Quijote corresponde al año de 1867 en Valparaíso por el librero español Recaredo Santos Tornero, un hito que debe ser contextualizado por el auge del campo literario del momento como lo atestiguan célebres voces críticas de la época (Lastarria, 1878; Mandiola, 1968). El análisis de Villalobos ha revelado que no es sino en el periodo de 1863 a 1947 en que la temática cervantina se instalará en el campo literario nacional (2015).
A partir de esta información, comprendemos que la intertextualidad generada por la obra nos explica un narrador que, bajo las cualidades tradicionales de “Sancho”, portavoz del pueblo, informante y compañero de aventuras de el Quijote, se expone a todo tipo de sacrificios en virtud de servir y cuidar a su señor. En diversas oportunidades Sancho-narrador expondrá su situación jerárquicamente inferior respecto a quienes dominan el mercado de la guerra, teniendo muy claro que los enemigos están radicados tanto en el campo de batalla como al interior de las fuerzas chilenas. Es así como este narrador visualiza al Quijote identificado en primera instancia como el mismo líder del Ejército chileno en campaña, Erasmo Escala. Señalando a este oficial de alto rango como el directo responsable de las penurias de los soldados chilenos, así como de la deficiente estrategia al afrontar los combates, “Sancho” expone lo siguiente:
El ilustre manchego (Erasmo Escala) dejó las asperezas de la Sierra Morena y está gozando de las suavidades del Desierto de Tarapacá. Su Dulcinea (Rafael Sotomayor) vive por el momento en un Toboso flotante (el Vapor Abtao) a inmediaciones de la Playa de Pisagua (Venegas, 2019, p. 55).
De lo anterior, es el mismo Sancho-narrador quien declara dónde están y qué hacen los personajes claves en su historia. Bajo nuestra lectura, la equiparación de Erasmo Escala con la figura del Quijote no obedece a otro propósito que ridiculizar al líder del Ejército chileno, debido a su idealismo y escaso contacto con la realidad del campo, así como realzar la experiencia de soldado que el narrador siempre está ensalzando en su propio personaje. Por otro lado, al atribuir a la figura del ministro Rafael Sotomayor la representación de Dulcinea, no solo anula la masculinidad de la autoridad nacional en una sociedad en que la estructura homo social domina sobre el imaginario nacional (González Stephan, 1998), sino que desplaza la figura del ministro como un objeto que no actúa por incentivo propio, sino que es coaccionado por las aventuras de don Quijote. Sobre este último punto el narrador retoma el esquema de la novela cervantina para ejercer una dura crítica tanto al gobierno central, así como al Ejército: “A fin de evitar demora (Erasmo Escala/don Quijote) no manda ningún propio, ni se vale de mi pobre escudero in partibus infidelium, sino que ocupa al señor de Merlin y sus habilidades. La consulta vuela con la rapidez de la imaginación, llega a su destino, pero Dulcinea duerme y se pierde el tiempo” [el énfasis es nuestro] (Venegas, 2019, p. 55). A través de esta crítica explícita a los directores de la guerra en el bando chileno, el narrador se coloca en el centro de su mismo relato: “Sancho” el escudero del ingenioso hidalgo se muestra sarcásticamente dolido por que su señor no utilice sus servicios para establecer la comunicación necesaria con el bando nacional. Esta recreación apócrifa de las aventuras del Quijote chileno en la Guerra del Pacífico se presenta como una demostración explícita de la intención literaria del autor al hacer uso de los personajes para impactar de forma crítica a su audiencia. Esto forma parte del contradiscurso que propone el texto de Venegas, el cual distorsiona el discurso heroico oficial sobre el conflicto.
Por otra parte, también podemos atribuir las cualidades del Quijote –y esta es otra lectura propuesta por los autores del presente artículo– a la más alta oficialidad del Ejército nacional, así como al gobierno chileno quien promueve la guerra. A la salida de Erasmo Escala del mando del Ejército y la reorganización del mismo en diversas unidades, el narrador continúa presentándose como “Sancho”, sin hacer explícito, ya sea en el apartado dos o tres, quien personifica al ingenioso hidalgo. Debido a las reiteradas críticas de parte del texto a la oficialidad chilena, a Patricio Lynch y su obra de horror en Chimbote o a la inutilidad de Arriagada en el comando de las piezas de artillería, “Sancho” describe las escenas del conflicto como espacios de sacrificio constante para los soldados chilenos. Esta constante crítica es un punto que nos hace vislumbrar la posibilidad de que el Quijote que acompaña a “Sancho” no se encarna únicamente en un representante de la alta oficialidad, sino que se podría ver personificado en las debatibles decisiones de aquellos líderes chilenos que no comprenden la realidad de la guerra. “Sancho”, a diferencia de esta élite militar, puede hablar desde el lugar y con una propuesta con la que solo hablaría el pueblo en contraposición a un Quijote que no tiene un asentamiento único en personajes particulares sino más bien, en situaciones gatilladas por los altos mandos de la guerra.
Según hemos podido apreciar hasta este momento, la obra establece continuas apelaciones hacia su contexto, utilizando figuras literarias, diversidad de géneros, así como un marcado énfasis en la analogía con el modelo del Quijote para dictaminar duras críticas hacia la guerra y sus modos de practicarla. Los escritores que forman parte de su imaginario, su inscripción como historia apócrifa de don Quijote, así como una acuciosa denuncia de los altos mandos del Ejército, son referencias dispuestas para respaldar, parodiar y exponer la postura acusadora de un texto que funciona en oposición al discurso glorioso sobre la guerra. Habiendo expuesto un acotado análisis sobre el análisis literario de la obra, pasamos ahora a profundizar nuestra comprensión semántica del texto. En el siguiente apartado revisaremos la propuesta moral y teórica de Sancho en la guerra, bajo el fin de identificar las diferencias/ semejanzas de este texto frente al universo simbólico en el que fue publicado.
Otro tanto podemos decir respecto a la relación texto-autor develadas por el presente artículo. El texto nos presenta una tradición y capacidad de estudio ejemplar, principalmente por el nivel de erudición que despliega, pero también producto de la mordacidad y sagacidad que expone en su relato, el cual, como veremos, tiene un significado no solo estético, sino también de discurso y pensamiento político-cultural muy patente y, sin embargo, sumamente poco conocido en los análisis sobre la guerra.
Lucas Lucio Venegas Urbina habría nacido en la ciudad de Malloa, en 1861. Era nieto del abogado y diputado Fortunato Venegas, lo que le habría permitido tener un acercamiento a la literatura y a los clásicos desde muy temprana edad. Así nos lo expresa su compilador, Diego Grez Gaete (2019), en el prólogo que introduce la obra, quien alude precisamente a esta afición a los textos clásicos que habrían despertado en Venegas una gran admiración por la vida militar. Esta admiración y dominio sobre autores clásicos en temática bélica, lo vemos a lo largo de todo el texto de Venegas (2019 [1885]) y es reafirmada por el ingreso en 1875 de Venegas a la Escuela Militar. Sin embargo y luego de haber estado un año en dicha institución, en 1876 producto del alzamiento provocado por algunos cadetes, y al ser mencionado como uno de los cabecillas, Venegas fue dado de baja por su comportamiento indecoroso (Venegas, 2019 [1885]). Debemos reflexionar sobre este hecho ya que su expulsión de la Escuela Militar podría configurar una experiencia vital en la narrativa del autor, quien representado por el personaje de “Sancho”, manifiesta su crítica a posteriori mordaz y vehemente hacia la oficialidad del ejército en combate. No obstante lo anterior, con el inicio del conflicto en 1879, Venegas se enroló en el ejército chileno como parte del Regimiento de Línea Zapadores, siendo luego trasladado al Regimiento 1° de Línea “Buin”, conocido comúnmente como el “Buin”, en dónde pasaría sus años en campaña obteniendo el grado de teniente en 1880. El final de su carrera militar tendrá su momento luego de las resolutivas batallas por Lima y la conquista de la capital peruana, solicitando su baja definitiva en 1881 (DCHE, 2016).
Los pesares y vivencias relatados por Sancho en la guerra, se enmarcan en un período en el que los ideales y la legitimidad de la causa chilena se enfrentan con la posibilidad de la muerte y el ineficiente empleo de las capacidades bélicas de la tropa por parte de la oficialidad. Venegas/Sancho constantemente apela a un público a través de la comparación entre lo que se “debe” hacer, en contra de “lo que se hace”, distinción que es una de las principales propuestas por medio de estas líneas. De lo anterior, el narrador expresa la incompetencia y el agravio presente en la oficialidad y la dirección de la guerra, principalmente por los resultados y consecuencias que conlleva su mando. “Sancho” en forma reiterativa instala dichas apreciaciones a través de sus lecturas proponiendo diferenciar el saber clásico y las aplicaciones bélicas del saber histórico-militar del mismo.
El conocimiento y la aplicación teórica sobre la guerra en la antigüedad clásica tiene muy larga data. Constantemente, a través de los siglos, los problemas tácticos y el análisis de las batallas, bebían tanto de la historia como de la comprensión de la guerra que tuvieron los clásicos (Martínez, 2014). La recepción de textos como el Epitome Rei Militaris de Vegecio, la Poliocértica de Eneas “el Táctico” o bien la Táctica de Eliano en autores como Maquiavelo o Napoleón reflejan precisamente su utilidad y, por tanto, su vigencia. Del mismo modo, durante el siglo XIX occidental, surgen obras elementales tales como las de Du Picq (1880) o bien Delbrück (1990), las cuales ilustran claramente que, a nivel de academias y escuelas militares, el estudio de la historia clásica continuó su desarrollo. En este sentido, podemos aseverar que Venegas pudo interiorizar dichos conocimientos en su paso por la Escuela Militar, puesto que, para el caso chileno la aplicación y teoría de la guerra emulaba el saber entregado por las academias europeas. Desde mediados de siglo, la eficiencia del modelo militar francés impregnó totalmente la enseñanza de los cadetes chilenos, llegando incluso a copiar el programa de estudios de la academia de Saint-Cyr, para ser adaptado a la realidad nacional en la propia Escuela Militar (Tapia, 2019). En dicho modelo se contemplaba que para el segundo año de estudio los cadetes aprendiesen de la historia antigua, griega y romana (Tapia, 2019). Tal era el nivel de importancia que se le otorgaba al estudio de estos textos, que incluso en 1885, se buscaba hacer que los cadetes ingresaran sabiendo previamente, los rudimentos correspondientes a la “historia sagrada”, para que pudiesen enfocarse mucho más en el conocimiento de la historia antigua.
Este nivel de conocimientos desarrollados en su estancia en la Escuela Militar –período que corresponde al segundo año cuando es expulsado– sumado al gran bagaje cultural narrativo del propio Venegas, le habrían otorgado las armas literarias y teóricas para demostrar su consiguiente crítica acérrima hacia la precariedad táctica y estratégica de los mandos chilenos.
Los comentarios y el análisis del texto son constantes, e involucran temáticas tanto del conocimiento de los autores clásicos, como de la dirección de la guerra. Sin embargo y para facilitar su comprensión, hemos de dividirlas en dos tipos. Unas tienen que ver con referencias literarias concretamente, las cuales revisten un análisis más de tipo estilístico, como apreciamos previamente (Venegas, 2019). Del segundo aspecto, sin embargo, tenemos críticas directas a la oficialidad por la nula capacidad táctica o estratégica con que cuentan, o bien porque no aplican las lecciones precisamente estudiadas en los textos, ya sea de índole militar o histórica (Venegas, 2019). Tomemos, por ejemplo, el siguiente caso. “Sancho” relata el contexto en el que se desató la batalla de Tarapacá, así como los movimientos previos al enfrentamiento los que, claramente y bajo su visión, explican la resolución de la misma:
El poco orden que llevan las tropas asaltantes es apenas creíble. Caminan por el flanco dejando grandes claros, no solo entre un cuerpo y otro, sino que también entre las filas de uno mismo. Las piezas de artillería y la brigada de Zapadores son la vanguardia; les sigue el batallón Chacabuco, el regimiento 2° de línea y la brigada de artillería de marina. Se ven a la distancia muchos soldados en desorden completo: seguramente son los rezagados. O no se toman en cuenta, o son inútiles, por esta razón los abandonan a su suerte. A fe de que este es un bien extraño modo de preparar una victoria. ¡Y así se creía hacer con éxito lo que no hicieron ni César ni Aníbal! (Venegas, 2019, p. 62)
Para nuestro narrador la inoperancia de los oficiales es clave a la hora de entender las consecuencias mismas de la guerra. Contrario a lo que podría pensarse, “Sancho” presenta al combatiente de a pie como el verdadero vencedor de la guerra, ya que prácticamente, cada una de las decisiones tomadas por el alto mando propician más la derrota que la victoria (Venegas, 2019). El único de aquellos personajes que logra salir, hasta cierto punto del desprecio de “Sancho”, es Manuel Baquedano. Este, según sus palabras, es: “de una moral intachable, de un espíritu tan bien templado como el acero de su espada, no podía de ningún modo soportar la voz en sus oídos la voz rastrera de los que «hacen carrera» en los ejércitos” (Venegas, 2019 p.81). Es así como, sin desviarnos del punto central de nuestra propuesta, podemos añadir un nuevo aspecto al relato de Sancho en la guerra: Baquedano es excluido del descrédito hacia los demás oficiales no tanto por sus condiciones tácticas o estratégicas, sino más bien por sus aptitudes de firmeza moral y dotes de trabajo. Es decir, porque es un soldado, un sujeto que vive los avatares del combate directamente. De esta manera, entonces, ¿cuál es el modelo correcto que se debe desarrollar?
La respuesta del texto es bastante clara: el modelo correcto es el aplicado por los antiguos, modelo que toma el ejemplo de los grandes generales, tal como lo plantearon todos los tratadistas militares europeos desde el siglo XVI (Martínez, 2014). Dicho modelo se basa en la utilización de la historia antigua como magistrae vitae, la cual tiene su correspondencia en los tratadistas militares, y dicha correlación se está sucediendo en el contexto de emergencia de la obra. Como sabemos, el siglo XIX es un período de gran inventiva a nivel de las armas, y la práctica empírica de las mismas, lo cual muchas veces trata de contrastarse con el saber de los tratadistas militares. Podemos incluir, por ejemplo, el ya citado Du Picq (1880), que refería la importancia de conocer el arte de la guerra de los antiguos sobre todo a nivel de táctica, en donde para él, batallas como Cannas mostraban la maestría e inteligencia de los generales a la hora de plantear brillantes maniobras (Du Picq, 1880). Esta correspondencia y utilización práctica del saber de los antiguos, lo apreciamos en reflexiones como la siguiente, en donde con motivo de la derrota de Tarapacá y las pésimas previsiones tomadas por parte de la oficialidad del ejército, “Sancho” explica:
Lo que ni Alejandro, ni Pirro, ni César, ni Aníbal, ni Napoleón jamás hicieron lo hizo un coronel del Ejército de Chile que se llama Luis Arteaga. No sin razón temblábamos por el bien de la patria. En todo tiempo los genios de la guerra han atacado con fuerzas iguales o mayores, nunca con menores, y solo faltaban a este principio cuando les era absolutamente imposible evitarlo. Ábrase la historia y nuestro aserto estará comprobado: las batallas de Farsalia, Gránico, y otras de la Antigüedad; las de Borodinó, Allerhein, Fontenoy, Caldiero y Jemappes; la toma de París y la de México; y la de Richmond han esclarecido bien este punto. Ahora continuemos, que el tiempo apura y el papel es escaso en esta tierra de espuelas, monturas, mantas y lazos. (Venegas, 2019, p. 60)
Todas y cada una de las batallas presentadas por el texto corresponden a victorias en donde la genialidad táctica del atacante pudo suplir la carencia de efectivos (MacDonald, 1998). Hemos de destacar sobre todo las dos últimas: la de París (se refiere a la Comuna de París de 1870) y la de México (se refiere a la toma de la Ciudad de México por parte de los franceses en 1863) (Parker, 2010), que son novedosos ejemplos de su época y que el imaginario militar especialista debía conocer. De lo anterior, el narrador expone que aquellos que dirigen la guerra contra Perú no son los más aptos, sino que más bien poseen (o buscan) esa condicionante social de “hacer carrera militar”, como el elemento clave a la hora de concebir a los mandos. Por tal razón la crítica social y política es abierta a través del texto, pero no solo tiene un trasfondo que podríamos considerar “personal”, (principalmente por lo acontecido en 1876), sino que es también un conocimiento y un saber práctico que un joven oficial, como era Lucio Venegas, declara en forma muy consciente ante cada combate que se desarrolla. Así pues, el análisis y el relato de Sancho en la guerra pretende presentar al verdadero elemento que permite el triunfo de las armas chilenas, a pesar de la incompetencia de sus oficiales: es el subalterno, el soldado de a pie que, a pesar de sus inútiles mandos, logra el cumplimiento exitoso de su objetivo. Tal valoración la podemos apreciar en el siguiente punto:
Cuando miro hacia atrás y veo el camino que hemos recorrido, no sé qué admirar más: o la virilidad del país que ha emprendido esta guerra colosal o la energía que habéis desplegado para llevarla a feliz término. Paso a paso, sin retroceder jamás habéis proseguido nuestro camino, señalando con una victoria el término de cada jornada. (Venegas, 2019, p. 154)
De esta manera, podemos inferir que el conocimiento que tiene “Sancho” de la historia clásica occidental, además del saber militar que ejemplifica, claramente propician una forma de entendimiento y de vivencia del combate muy claro y directo. Los estudios de los manuales, las biografías de los grandes generales, así como las reflexiones que pudo desarrollar a través del análisis de sus campañas le permiten a nuestro narrador, no solo criticar a la oficialidad chilena por su relación social-política, sino también debido al grave desconocimiento que poseen de la materia, errores que conducirían hacia un número de muertes aún más onerosas, pudiendo evitarse. Como ya se explicó anteriormente, el único de los comandantes que logra librarse de tan mordaz crítica es Baquedano, pero no por su brillante genialidad militar, sino que por sus condiciones ético-morales que se desentienden de un alto mando enriquecido en conexiones sociales pero carente de una comprensión real sobre la situación de la guerra.
Es así que la impronta más reflexiva y analítica sobre la guerra expuesta por “Sancho” puede plasmarse muy abiertamente con lo que ya hemos presentado. Sin embargo, desde otro punto de vista, cabe preguntarse: ¿y que tanto hubo de sufrir en la guerra Venegas para llegar a tan funestas opiniones?, o bien ¿qué situaciones hubieron de vivir tan traumáticamente los combatientes, como para que nuestro narrador concibiera ese modelo de antibelicismo, siendo un hombre de tales atributos y conocimientos militares? Dichas circunstancias las podremos vislumbrar a continuación.
Otra de las formas en que podemos acercarnos a Sancho en la guerra, y en donde queda de manifiesto tanto la hibridez de la obra, así como el mismo contradiscurso, es desde la perspectiva del relato vivencial del soldado inmerso en el conflicto. Esta veta alternativa nos abre un campo distinto a lo que ha venido siendo el estudio de la Guerra del Pacifico pues lejos de la política, los generales y la estrategia, permite situar el análisis desde la experiencia del combatiente.
Así como ya lo indicásemos en la primera parte, Lucio Venegas es parte de un grupo de veteranos que dejaron relatos de sus vivencias sobre la Guerra del Pacífico, escribiendo desde prácticamente el final del conflicto hasta aproximadamente el primer cuarto del siglo XX. Eran hombres jóvenes en 1879, de un bagaje intelectual amplio para la época, y que generalmente fueron oficiales de baja graduación. Las obras de Arturo Benavides Santos (1929), Antonio Urquieta (1907) o José Clemente Larraín (2007) son algunos ejemplos de estas textualidades que a pesar del tiempo transcurrido aún se siguen en consulta o bien son relevados por otras fuentes como es el caso del epistolario recientemente editado por Ricardo Couyoumdijan y María Soledad Manterola sobre el oficial Manuel Ignacio Silva Varela (2020). En esos relatos y a excepción de Sancho en la guerra, se entiende el fenómeno bélico como algo aceptable, parte del ideario social del momento y acorde con la historiografía nacionalista que se construye tras el conflicto, la cual entiende la guerra como una gran epopeya nacional (Bulnes, 1911; Encina, 1952). Lo señalado concuerda con lo indicado por el historiador cultural español David García Hernán, quien explica el siglo XIX en el mundo occidental como un periodo histórico en el que la “Cultura de la Guerra”, se vio reforzada tanto por los movimientos del romanticismo, el nacionalismo como del imperialismo (García Hernán, 2019), cuestión que a juicio nuestro puede ser extrapolable a la América Latina decimonónica y al Chile de esos días.
De lo anterior, Venegas nos entrega una obra divergente para su tiempo. Presentando, como hemos visto en las páginas anteriores, una actitud crítica e irónica frente a la guerra. “Sancho” cuestiona constantemente a la oficialidad de alto rango del Ejército chileno, así como a la conflagración misma, exponiendo un profundo remordimiento por lo visto y vivido en las diversas campañas. Ahora bien, para poder acercarnos a las experiencias del autor durante la guerra tenemos que partir reconociendo que nos adentramos en un espacio subjetivo, difuso, del cual solo tenemos pequeños fragmentos en su narración. Estos, sin embargo, permiten adentrarnos en el horror de lo que implica un conflicto y sus consecuencias de una forma que ha sido escasamente abordada desde los estudios relativos a la Guerra del Pacífico.
Asimismo, siguiendo a los estudios sobre memoria y, en particular, la investigación de Elizabeth Jelin (2002) sobre dicho campo, Sancho en la Guerra se presenta como una obra rebosante en silencios. Esta estrategia para afrontar el trauma, siguiendo en esto lo planteado por Jelin, corresponde al uso tácticas que el propio Venegas emplea para dejar en el olvido actos irrepresentables que inhiben la superación del trauma en la vida del ex combatiente (Jelin, 2002). En este sentido, sobrevivir al conflicto, luego de haber participado en varios de los encuentros más intensos de la Guerra del Pacífico –Pisagua, Dolores, Tacna así como también en las batallas por Lima– son experiencias extremadamente difíciles de racionalizar y describir (Grossman y Christensen, 2014). En base a lo indicado, consideramos que la escritura de Lucio Venegas también puede ser asumida como una forma en que el autor busca asimilar lo vivido, generando la catarsis necesaria para superar su experiencia.
En apoyo a lo anterior, los estudios del militar y psicólogo norteamericano David Grossman (2014, 2019) sobre la psicología y fisiología del combate son elementos teóricos que también nos permiten reconocer espacios en el relato de Venegas para aproximarnos a su experiencia bélica. Si bien en su narración el autor dedica muy pocos párrafos a la descripción respecto de las vidas eclipsadas por sus propias manos durante la guerra, cuando lo hizo, y a diferencia de otros testimonios de soldados chilenos, constantemente buscó verse a sí mismo como “Sancho”, tal como lo señalamos en el primer apartado. Al subsumir su experiencia individual en la colectiva, el autor inscribe en sus relatos de primera persona, sus vivencias disfrazando su propia voz. Esta situación queda en evidencia al momento en que Sancho/Venegas relata las vivencias de la campaña de Lima, específicamente en el viaje en barco de Arica a Curayaco en diciembre de 1880:
“Sancho y yo, dos personas distintas que forman un verbo sempiterno, recordamos con penas las escotillas del buque Inspector. Cuando el corneta entonaba su toque a rancho, o lo que es lo mismo, llamaba a comer, nos sentíamos animados de una justísima alegría, ¡pero cuanto duraba! Los manjares que se ponían a nuestra disposición no eran manjares: ¡no se podían comer!”. (Venegas 2019, p. 124)
En relación a la experiencia en el campo de batalla, “Sancho” se explaya poco y de forma fragmentaria, pero suficiente para interiorizarnos del horror vivido. Entre estos, en la segunda parte de su obra, al relatar la batalla de Chorrillos (13 de enero de 1881), nos entrega una breve descripción de lo cruento del combate para los soldados, así como el intenso sentimiento de venganza desarrollado durante estos momentos hacia el adversario. Estos aspectos, así como otros ya revisados en nuestro segundo apartado, son parte significativa de la experiencia bélica que los historiadores militares o de la guerra aún no han investigado plenamente aun cuando escritos como los de Venegas efectivamente nos entregan algunas luces5. Otro tanto lo tenemos a partir del siguiente relato de “Sancho” al avanzar las tropas chilenas hacia las trincheras peruanas:
De vez en cuando se escucha el quejido doloroso y agudo de algún infeliz que cae herido por alguna bala traidora. No importa que uno vea mutilado su cuerpo, lo que siente, lo que le desgarra el corazón es ver caer al compañero; es ver cómo, teñido en su propia sangre el amigo, el hermano de los sufrimientos se revuelca en la arena. Entonces, solo entonces es cuando nuestros pechos arden en justa cólera; ya no es únicamente la defensa de la patria la que anima, sino también la sangre del camarada, del amigo, del hermano o del padre la que pide una justa venganza. (Venegas 2019, p. 136)
En este sentido, desde los estudios de Grossman sobre psicología y la fisiología del combate, específicamente sus investigaciones sobre el acto de matar, ámbito de estudio conocido como “asesinología”, podemos apreciar algunas cuestiones fundamentales para interpretar el carácter aterrador y convulso que tuvieron los combates durante la Guerra del Pacífico narrados por la obra. Por un lado, cuando “Sancho” señala que solo al ver caer a sus compañeros “nuestros pechos arden en justa cólera”, esta afirmación nos parece una alusión directa al estado emocional de los soldados, los cuales más allá de los dispositivos ideológicos y la propaganda de la guerra (McEvoy, 2010), tenderían a desarrollar un verdadero instinto asesino, cuestión que la psicología del combate ha denominado “fobia social universal” (Grossman y Christensen, 2014, p. 229). De lo anterior, cuando el soldado o sus compañeros se ven atacados a riesgo de perder la vida, el combatiente experimenta sorpresa e indignación reaccionando con ira ante dicho ataque (Grossman, 2019). Esta incitación le da el impulso para acabar con el adversario (Grossman, 2019), quitándole su humanidad, convirtiendo la lucha en una rueda de venganzas y atrocidades hasta que uno de los bandos se agota y se retira del campo de batalla.
Asimismo, dentro de los pocos párrafos en que “Sancho” explica la experiencia combativa y su proceso, uno de los aspectos más llamativos es el resultado del acto mismo. Junto con el agotamiento físico producido tras horas de esfuerzos, con la adrenalina y la tensión al límite, viene el paulatino proceso de racionalización de la experiencia, proceso que podría durar, según Grossman, toda la vida si es que el combatiente acabó con la vida de otro ser humano (Grossman, 2019). A este respecto, “Sancho” no señala en ningún apartado de la obra si asesinó a alguien en combate; más bien, el narrador sostiene un silencio absoluto sobre esta situación al igual que los testimonios de otros soldados chilenos de la Guerra del Pacífico (González, 2019). No obstante, y a pesar del evidente vacío que instala el narrador en su escritura, “Sancho” sí se refiere a la insondable melancolía y desesperación que habría experimentado tras las matanzas. Al escribir sobre la batalla de Dolores o San Francisco (19 de noviembre de 1879), uno de los primeros grandes encuentros de la Guerra del Pacífico, “Sancho” relata lo siguiente:
“Llega la noche con su silencio y su tranquilidad profunda. Sancho, perdido del regimiento, en las faldas del cerro oye los lamentos de los que sufren en la arena el estertor de la agonía. Su corazón, demasiado débil para ser guerrero, apenas se contiene en el pecho” (Venegas 2019, p. 57).
Este párrafo representa alguna de las consecuencias emocionales que dejó la guerra en la experiencia del narrador, manifestada por la desolación y la pérdida que experimenta el soldado. En este sentido, se rompe el canon del soldado resistente a toda prueba para dar paso al combatiente que se duele y sufre por otro. No es nuestra intención hacernos cargo en este apartado de lo que podría denominar hoy como estrés postraumático o algo semejante, pero sí nos parece significativo indicar que el recuerdo de lo vivido se fija en la memoria de “Sancho” y que la forma de poder racionalizar lo vivido, así como hacer catarsis de esta experiencia, forman parte importante de la estructura de la obra. A través de este texto, “Sancho” reconoce desde una explícita sinceridad, sus temores y el dolor que experimentó en los campos de batalla, haciendo a su vez, una crítica a la guerra no en torno a las causas de esta, sino en cuanto fenómeno que destroza cuerpos y almas.
A su vez y prosiguiendo con el relato sobre las consecuencias de la guerra, “Sancho” también intenta hacerse cargo de los resultados de la guerra a nivel social. Lo anterior, a través de la evocación del recuerdo en que, en una aislada aldea de Chile, probablemente en el sur del país, el narrador declara haber escuchado lo siguiente:
Una niñita de tres años- Mamá, María siempre me dice que su papá le trae muchas cosas y que la toma en la falda y le hace cariños. Yo también tengo papá?
- Madre. – No, hija mía.
- Niñita. – Por qué no tengo papá?
- Madre. – Murió en la guerra.
- Niñita. – También era bueno como el papá de María?
El copioso llanto de la madre responde a esta última pregunta. La niña ve llorar a la que le llevó en su seno, y se estrecha en sus brazos; la llama, la mueve, la consuela y al fin, también llora! (Venegas, 2019, p. 31)
La desazón por la experiencia bélica vivida, lejos de los relatos nacionalistas con los que se ha construido la historiografía tradicional de la Guerra del Pacífico quedan patentes en esta cita. A su vez, al apelar al vacío existente por la ausencia del padre caído, a las lágrimas desconsoladas y una niña y su madre así como al sinsentido de que mientras la patria logró la victoria, el hogar está desecho irremediablemente, “Sancho” nos expresa el dolor que deja la guerra en cuerpos y almas igualmente nacionales. De esta forma, la obra manifiesta un profundo y excepcional contradiscurso antibélico, más aún si consideramos la breve distancia entre el término oficial del conflicto (1884) y el año de publicación del texto (1885).
Sin embargo y a pesar de la desazón y el reproche, Sancho en la guerra sí deja espacio para la esperanza en un mundo mejor. Al relatar sus experiencias en la llamada expedición Lynch, la cual consistió en que las tropas al mando de este oficial chileno debían hostigar al enemigo peruano con el arrase de haciendas, pueblos y ciudades, así como también de contribuciones forzosas, “Sancho” nos relata su propio momento de redención. Como estrategia para acallar su conciencia y mantener sus deseos de paz, el narrador explica su propia maniobra para destruir una gran cantidad de material bélico enemigo bajo el propósito de que dichas armas se convirtiesen en herramientas para el progreso:
ninguna comisión desempeñó Sancho con más alegría que la destrucción de las municiones encontradas en los potreros de la hacienda de San Nicolás. Si con mi habilidad destructora hubiera podido volver a los campos amados a todo el Ejército de Chile ¡con qué satisfacción hubiera hecho trocar la espada por la pluma, el fusil por el cincel, los cañones por los manubrios de las locomotoras, y las minas de dinamita por una página escrita sobre la caridad y el amor. (Venegas 2019, p. 113)
En síntesis, la experiencia bélica que nos entrega Lucio Venegas a través del relato de “Sancho” es fragmentaria, subjetiva, difusa y llena de silencios. Sin embargo, tras esos silencios se cuelan aspectos de sus vivencias que reafirman el carácter excepcional de su obra; un contradiscurso que implícitamente instaura elementos de antibelicismo. Volviendo a los postulados de García Hernán (2019) sobre la cultura de la guerra en el siglo XIX, vemos que también existió en ese periodo una “Cultura de la Paz”; concepto que, siendo quizás aún débil, abogaba por el progreso (la alusión que hace el narrador al cincel y las locomotoras es significativa al respecto) y en el que “Sancho” sería uno de sus representantes en las letras que emergieron de la Guerra del Pacífico desde el bando chileno. Una consciencia excepcional, que pensó y deseó la paz en un tiempo y en un espacio en el cual el nacionalismo ocultó con su sombra discursos como los Sancho/Venegas, discursos que a más de cien años de finalizado el conflicto aún parecen tan urgentes y necesarios.
Dada la complejidad literaria del texto, su carácter crítico hacia el conflicto, así como el ámbito catártico y emocional de la obra, nos parece indiciario que Sancho en la guerra tuviese su primera reedición recién en el año 2019. Aproximando una inferencia sobre dicha situación pensamos que el descarte de esta obra se debe en gran parte a una operación ideológica sobre aquellos discursos soterrados que denuncian el actuar del ejército chileno en un momento identitario como lo fue la Guerra del Pacífico (Parodi, 2018) lo que, a su vez, pone en evaluación un ethos nacional que hoy, por cierto, se encuentra en discusión.
A través de este análisis hemos podido demostrar la presencia de un contra discurso sobre la guerra que, narrado en clave literaria, nos arroja una perspectiva divergente y más profunda de la conflagración. Al mismo tiempo, la obra nos permite evidenciar una fuerte crítica a la realidad socio cultural del fenómeno bélico, aplicando un testimonio intersticial, que contraviene el liderazgo de la guerra. Su apelación es mediada por la estructura literaria que colabora a la crítica de narración de este oficial de bajo rango, para reflexionar desde los propios términos de la estrategia militar sobre la experiencia de los soldados en el frente del norte y el padecimiento que dejó a su paso la guerra.
En cuanto a proyecciones sobre un estudio más complejo del fenómeno bélico en América Latina para el XIX, si bien comprendemos que el ejercicio de la guerra en nuestro continente se diferencia del medio europeo y norteamericano por diversas variables llámese “guerra total” en contraposición a “guerras limitadas” (Centeno, 2002, p. 21), los autores de este trabajo hemos de cuestionar dicha consideración, puesto que reviste sesgos eurocéntricos claros. Las implicancias del desarrollo del conflicto en la Guerra del Pacífico no distan mucho de los otras grandes conflagraciones de la época, como son la Guerra de Secesión Norteamericana (1861-1865) o bien la Guerra Franco Prusiana (1870-1871), principalmente por dos motivos muy claros: la incomprensión casi absoluta de parte de los militares con respecto a la letalidad y el profuso desarrollo de la técnica en el armamento (lo que se llevó consigo miles de muertos debido a las retrógradas tácticas empleadas), y por otra, el discurso imperante nacionalista que es promovido por el Estado como la regla primordial, que entiende los sacrificios en masa de seres humanos como basas fundamentales de legitimidad política. Ambos puntos, en la Guerra del Pacífico se cumplen a cabalidad (Satter, 2017).
Finalmente, más que respuestas al ejercicio del conflicto mismo, así como sus diversas representaciones, nos parece pertinente esbozar ciertas preguntas que abren el campo sobre un estudio interdisciplinar de la guerra: ¿cuáles son las prolongaciones de los discursos inscritos por el autor? ¿Existen/existieron otros contra discursos al relato hegemónico de la Guerra del Pacífico? Hacemos estas preguntas, al tiempo que el valor de nuestras figuras identitarias nacionales se encuentra en un profundo proceso de revisión.
1. La imprenta que dio a luz dicha obra tuvo un periodo de vigencia que va de 1882 a 1910; sus propietarios fueron H. Izquierdo y Cía. y entre diversos trabajos realizados por la misma casa editorial, se incluyeron pliegos variados de La Lira Popular, la publicación del periódico La Mañana, así como folletines diversos de la novelista española Emilia Pardo Bazán (Cornejo, 2019, pp. 374-75)
2. En el caso del presente artículo, utilizaremos la reedición realizada por Diego Grez Cañete, Un colchagüino en la guerra. Recuerdos del Ejército en la campaña al Perú y Bolivia, del año 2019.
3. En el caso del presente artículo, utilizaremos la reedición realizada por Diego Grez Cañete, Un colchagüino en la guerra. Recuerdos del Ejército en la campaña al Perú y Bolivia, del año 2019.
4. La Guerra del Pacífico ha sido una temática de amplio estudio en la historiografía chilena, sólo recientemente, la historiografía ha realizado un giro en el estudio de una historia que abarque temáticas propiamente de la historia militar, tales como estrategia, relaciones diplomáticas, condiciones políticas entre otros aspectos, virando hacia una historia cultural sobre el conflicto. Sobre este y otros aspectos, sugerimos la revisión del texto González, C., y Llantén, N. “La academia chilena y el fenómeno de la guerra: aprensiones y nuevos horizontes sobre una temática controversial”. (2020, pp. 511-546).
5. No
obstante lo anterior, es importante reconocer aquellos trabajos que
sí han abierto la posibilidad de aproximarse a la experiencia
bélica, desde enfoques que rompen con el análisis tradicional
sobre la Guerra del Pacífico. Entre ellos podemos mencionar la obra
de Mauricio Pelayo y Rafael Mellafe (2007), así como textos que con
una mayor profundidad analítica han indagado en la experiencia
bélica de soldados chilenos y peruanos, como es el caso de los
escritos de Patricio Ibarra (2017, 2018) y Aramis López Chang
(2017, 2018).
Los autores quisieran agradecer, en primer lugar, a sus respectivas familias las cuales han permitido un espacio tanto para el análisis, así como para la escritura de este trabajo. A su vez, agradecer el apoyo de las diversas instituciones que respaldan la apertura de nuevos caminos sobre el amplio campo de estudio en relación a la Guerra del Pacífico. De lo anterior es que extendemos nuestro agradecimiento a la Universidad Gabriela Mistral, Chile, específicamente a la Escuela de Humanidades. También agradecemos a la Comisión Nacional de Humanidades, Ciencias y Tecnologías (CONAHCYT) de México, entre otras organizaciones.
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