Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana
Vol. 01 2007. ISSN 2344-9918
Asociación de Arqueólogos Profesionales de la República Argentina
Artículos

ANÁLISIS E INTERPRETACIÓN DE LAS RASTRILLADAS INDÍGENAS DEL SECTOR CENTRO-ESTE DE LA PROVINCIA DE LA PAMPA

ANALYSIS AND INTERPRETATION OF THE INDIGENOUS RAKINGS OF THE CENTRAL-EASTERN SECTOR OF THE PAMPA PROVINCE

ANÁLISE E INTERPRETAÇÃO DOS RAKINGS INDÍGENAS DO SETOR CENTRO-LESTE DA PROVÍNCIA DO PAMPA

Rafael Pedro Curtoni
INCUAPA, Facultad de Ciencias Sociales, UNCPBA
Cómo citar este artículo:
Curtoni, R. P. (2007). Análisis e interpretación de las rastrilladas indígenas del sector centro-este de la provincia de La Pampa. Revista de Arqueología Histórica Argentina y Latinoamericana, 1, 65–92. Buenos Aires
RESUMEN:

Se analiza el sistema de caminos indígenas del siglo XIX, conocidos como rastrilladas, en el sector centro-este de la provincia de La Pampa. Se comparan dos modalidades de utilización del paisaje generadas por los grupos Rankülches y por los grupos Salineros. El análisis se realizó en base a información histórica y trabajos de campo. Se pudieron reconocer y registrar diferentes tipos de rastrilladas, desde aquellas caracterizadas como principales hasta las secundarias.

Palabras clave:
La Pampa, red de caminos, cosmovisión, Rankülches, Salineros
ABSTRACT:

In this paper, the 19th century network of indigenous roads, known as rastrilladas, is analysed. Also, two different ways of using the landscape, generated by Rankülches and Salineros groups, are discussed. The analysis has been carried out considering historical information and also through different fieldwork. In this way, it was possible to recognise and record different kinds of rastrilladas, ranging from those considered as principal to those characterised as secondary routes.

Keywords:
La Pampa, network roads, cosmovision, Rankülches, Salineros
RESUMO:

O objetivo deste trabalho é analisar o sistema de caminhos indígenas do século XIX no setor centro-leste do estado de La Pampa (Argentina), que são mais comumente conhecidos como “rastrilladas”. Serão comparadas as formas de utilização da paisagem dos grupos Rankülches e Salineros. A analise esta baseada em informação histórica e em dados obtidos mediante trabalho de campo. Parte dos resultados mostra que é possível reconhecer e registrar diversos tipos de “rastrilladas”, onde algumas delas seriam as principais e as outras as secundarias.

Palavras-chave:
La Pampa, sistema de caminhos, cosmovision, Rankülches, Salineros
Recibido:
marzo de 2007
Aceptado:
mayo de 2007

INTRODUCCIÓN

En este trabajo se efectuará un análisis e interpretación del sistema de caminos indígenas del siglo XIX, conocidos como rastrilladas, localizadas en el área centro-este de la provincia de La Pampa (Figura 1). Se considera a las rastrilladas como expresiones vinculadas a comportamientos sociales, políticos y económicos conformando una evidencia arqueológica regional. En algunos sectores del paisaje que no han sido antrópicamente impactados en tiempos recientes, como las reservas de bosques de caldén, aún son visibles. Se estima que estas huellas se formaron primero por el constante y diario uso de los grupos humanos y más tarde por el tráfico de animales, consolidado hacia mediados del siglo XVIII, lo cual fue generando grandes surcos en la tierra (Díaz Zorita 1979; Mandrini 1984, 1994; Palermo 1986). Estos caminos presentan diferencias en ancho y profundidad como también en la longitud de las conexiones que expresan. De esa forma, algunos caminos se clasificaron por su importancia en principales y otros en secundarios (Díaz Zorita 1979). Los primeros atraviesan territorios de distintos grupos y se caracterizan por conectar grandes distancias; los segundos vinculan diferentes espacios y asentamientos al interior de un mismo territorio implicando una menor escala de las conexiones.

Figura 1. Localización del área de estudio.
Figura 1. Localización del área de estudio

En esta parte de la provincia y hacia la segunda mitad del siglo XIX se encontraban los territorios de ocupación y dominio de distintos caciques Rankülches (Poduje et al. 1993; Hux 1998, 2003). Estos cacicazgos se organizaban alrededor de la figura del cacique principal, cuyo cargo, si bien era básicamente hereditario, en algunas ocasiones también fue adquirido de acuerdo al prestigio y riqueza personal (Bechis 1989; Fernández Garay 1997). Hacia mediados del siglo XIX se habían conformado, tanto entre los Rankülches como entre los Salineros (localizados por fuera y al sur del área de estudio) distintos linajes liderados por un jefe, quien tenía bajo su poder a diferentes caciques secundarios. Estos linajes controlaban un amplio territorio en el cual se distribuían los campamentos indígenas, los cuales estaban conectados por complejas redes de caminos. El conocimiento, acceso y control de esos caminos era fundamental para permitir la movilidad y la entrada a otros territorios (Díaz Zorita 1979; Mandrini 1994; Nacuzzi 1998). Al respecto Mansilla, en oportunidad de su viaje al pueblo Rankülche en 1870, describe estos caminos como: “(...) los surcos paralelos y tortuosos que con sus constantes idas y venidas han dejado los indios en los campos. Estos surcos, parecidos a la huella que hace una carreta la primera vez que cruza por un terreno virgen, suelen ser profundos y constituyen un verdadero camino ancho y sólido. En plena pampa no hay más caminos. Apartarse de ellos un palmo, salirse de la senda, es muchas veces un peligro real; porque no es difícil que ahí mismo, al lado de la rastrillada, haya un guadal en el que se entierran caballo y jinete enteros” (Mansilla 1938: 17).

La descripción de Mansilla es interesante por varias razones. Por un lado expresa las formas y dimensiones que tenían estos caminos y por otro señala el preestablecimiento de los sentidos del tránsito que estaban, en parte, relacionados con los accidentes topográficos. De esta manera, las rastrilladas constituyen un tipo especial de manifestación arqueológica regional conformando una red de conexiones que definen y preestablecen los sentidos del tránsito y la permeabilidad del paisaje. Si bien las redes de caminos analizadas en este trabajo corresponden al siglo XIX (cuando fueron registradas por los primeros agrimensores) es posible que la estructuración espacial que denotan se relacione con las intenciones y sentidos de movilidad de los grupos cazadores recolectores previos (Díaz Zorita 1979; Mandrini 1994). Algunas de estas rastrilladas fueron reconocidas y registradas durante los diferentes trabajos de campo efectuados en el marco de nuestra investigación arqueológica en La Pampa (Figuras 2, 3 y 4).

Figura 2. Vista de rastrillada en Parque provincial Pedro Luro
Figura 2. Vista de rastrillada en Parque provincial Pedro Luro
Figura 3. Vista de rastrillada en Parque provincial Pedro Luro, sector Bajo del Medio
Figura 3. Vista de rastrillada en Parque provincial Pedro Luro, sector Bajo del Medio
Figura 4. Vista de rastrillada en ruta 14, Toay
Figura 4. Vista de rastrillada en ruta 14, Toay

Por otro lado, para reconstruir el sistema regional de caminos se ha utilizado la información histórica generada por los primeros agrimensores que mensuraron el territorio de la provincia. Estas mensuras fueron realizadas a partir de 1881 y representan una interesante panorámica del paisaje indígena dado que los agrimensores confeccionaron mapas cartográficos con referencias precisas y abundantes descripciones de recursos, accidentes topográficos y caminos. La mensura se realizó mediante la descripción detallada de lote por lote y el relevamiento de las características ambientales y culturales más relevantes. De esa forma, para cada lote se encuentra un detalle con referencias espaciales de localización de las aguadas, jagüeles, lagunas, bajos, valles, médanos, bosque xerófilo, caminos, tolderías, pastizales, animales, etc. que estaban presentes en el paisaje. La información brindada por cada uno de estos lotes permitió reconstruir un mapa areal con la distribución del bosque de caldén, lagunas, formaciones medanosas, tolderías y la red de caminos que se encontraban en el área de estudio.1 La elaboración del mapa cartográfico con todas las rastrilladas registradas hacia fines del siglo XIX fue de utilidad durante las prospecciones de campo para reconocer los sectores donde estaban las tolderías y para detectar la presencia de caminos. Esta conjunción de datos representa una imagen de la geografía cultural imperante en las postrimerías del siglo XIX. Esta panorámica espacio temporal constituye un excelente recurso metodológico que posibilita analizar y discutir las distintas estrategias de percepción, conceptualización y uso del paisaje a nivel regional. Las prospecciones efectuadas también permitieron evaluar las condiciones de integridad y los agentes que están afectando a las rastrilladas en la actualidad. Entre estos, el desmonte del bosque nativo de caldén (Alfageme 1997) y el posterior arado de los campos constituyen los factores principales que contribuyen a que las rastrilladas pierdan su fisonomía y tiendan a desaparecer.

EL ORDEN CARTESIANO

La mayor parte de los territorios de la región pampeana y patagónica fueron apropiados por la sociedad occidental en un proceso conocido como ‘“Conquista del Desierto”, realizada en la última parte del siglo XIX. Durante dicho período se produjeron numerosas ofensivas armadas, por parte del ejército nacional, con el fin de obtener las tierras y expulsar a los distintos grupos indígenas de sus asentamientos (Walther 1976; Mandrini y Ortelli 1992). A partir de esta “conquista” se iniciaron las primeras poblaciones blancas, muchas de ellas relacionadas a los fuertes y fortines utilizados para el avance de fronteras. La conquista militar no sólo implicó el desmembramiento del mundo indígena, sino también la transformación física del paisaje. Diversas formas de aproximación y percepción del mismo fueron promovidas por la sociedad criolla en sus intentos de posesión de los nuevos ambientes (Bengoa 2005). En el área de estudio de este trabajo, se originaron diferentes conceptualizaciones y actuaciones en relación al paisaje de los Rankülches2 con el objeto de legitimar el dominio y ocupación del mismo. Desde el discurso el paisaje fue considerado un desierto y en consecuencia pasible de ser ocupado y explotado (Mandrini y Ortelli 1992; Navarro Floria 1999). Desde el punto de vista físico, el paisaje fue artificialmente dividido y estructurado de acuerdo a una racionalidad moderna y occidental caracterizada por la imposición de un orden espacial cartesiano.3 Esto se plasmó a partir de 1881 con la actuación de los primeros agrimensores que mensuraron el territorio indígena y dividieron la tierra en cuadrantes orientados de norte a sur y conformados por Secciones de 100 km por 100 km, subdivididas en cuatro Sectores de 50 km por 50 km, a su vez formados por 25 lotes de 10 km por 10 km cada uno. Estas acciones implicaron la modernización y dominación de un paisaje considerado “salvaje” por medio del establecimiento de un nuevo orden espacial que contribuyó a conformar una imagen homogénea del ambiente.

La imposición de esta racionalidad occidental generó la destrucción y “desacralización” (sensu Hubert 1994) de lugares indígenas y en consecuencia, la desestimación de las valoraciones, significaciones y ordenamientos indígenas del paisaje. De esta forma, la percepción del espacio estuvo ligada a relaciones de poder y a ideologías de dominación y expansión territorial. En la actualidad, los usos del ambiente reflejan de alguna manera los sentidos de racionalidad moderna impuesta a partir del siglo XIX y que se expresan principalmente a través de la explotación económica de la tierra y en la construcción de nuevas espacialidades. En estas nuevas construcciones se destacan algunas materialidades realizadas en relación al pasado e impuestas sobre el paisaje y que connotan sentidos ligados al imaginario colonial de dominación, expoliación y etnocentrismo. Además, los lugares seleccionados para imponer estos símbolos adquieren singular relevancia dado que la mayoría eran territorios indígenas ocupados y conceptualizados por diferentes grupos y donde también se han registrado asentamientos arqueológicos (Curtoni et al. 2003; Endere y Curtoni 2005; Curtoni 2007).

EL ANÁLISIS FORMAL DE LOS CONTACTOS

Muchas investigaciones han aportado, desde diferentes perspectivas, datos relacionados con los intercambios, comercios y aprovisionamientos realizados por las poblaciones indígenas a través del tiempo (Earle y Ericson 1977; Earle 1982; Schortman 1989; Gamble 1993, 1998; Yven 2004, entre otros). Generalmente se han considerado diversos elementos de la cultura material portable y motivos estilísticos, como los representativos de los contactos espaciales, intercambios, migraciones, etc. (Boschín 1994; Berón 1999; Bayón et al. 1999; Lazzari 1999; Gómez Otero 2003). De esta manera, el énfasis se ha centrado casi exclusivamente en las evidencias muebles o “viajeras” y de las cuales pudiera reconocerse su origen para discutir luego aspectos como movilidad, distancias, alianzas sociales, etc. Si bien es abundante lo que se ha logrado conocer acerca de las relaciones sociales entre distintos grupos humanos, muy poco se sabe sobre las formas a través de las cuales las comunicaciones fueron estructuradas. Es decir, sobre qué medios o vías fueron logradas las necesidades de conexión, transporte, comunicación y viajes. En este sentido, para garantizar la fluidez de las comunicaciones es necesario contar con una buena red de caminos. De esta manera, la mayoría de las investigaciones arqueológicas sobre intercambio y adquisición de bienes y productos han olvidado considerar la estructura básica sobre la que se organizan las relaciones: los caminos. Con excepción de algunos casos (e.g. Berón y Migale 1991; Gorenflo y Bell 1991; Sheets y Sever 1991; Trombold 1991; Criado 1999; Vitry 2000; Tapia 2002) esta falta es aún más notoria en las investigaciones arqueológicas de grupos cazadores recolectores, tal vez por la naturaleza propia de las sendas de tránsito y su discreta perdurabilidad y representación en el paisaje. Desde la etnoarqueología, la etnografía y la historia se han realizado algunas aproximaciones y análisis de las sendas y caminos utilizadas por cazadores recolectores contemporáneos y por los grupos pampeanos patagónicos de los siglos XVIII y XIX, aunque esos resultados no han sido abordados arqueológicamente (Piana 1981; Casimir y Rao 1992; Politis 1996; Nacuzzi 1998; Della Mattia y Mollo 2002; Jiménez 2003; Rojas Lagarde 2003; Arias 2004; Carreño Palma 2004, entre otros).

En este trabajo consideramos a los caminos como el producto de una intención social en el sentido que involucran una decisión de conectar determinados lugares y no otros. De esta forma, los caminos reflejan redes de relaciones sociales, políticas, económicas, religiosas, etc. (Trombold 1991). Pueden también constituir la expresión de un patrón de racionalidad o cosmovisión basada en múltiples dimensiones, como las diferencias sociales (jerárquicas) reflejadas en distancias espaciales; el orden ideacional manifestado en creencias, valores y significados otorgados a los lugares, por medio de los cuales se promueve una ordenación particular del entorno. Diferentes estudios sobre la cosmovisión indígena americana en general y sobre la pampeana-patagónica en particular, han puesto de manifiesto la estrecha interrelación que estas sociedades tuvieron y tienen con el paisaje, percibiendo y sacralizando diferentes sectores y/o elementos del mismo, ordenando y construyendo el espacio en función de creencias simbólicas, así como condicionando el aprovechamiento de algunos recursos y la ocupación de lugares (Lehmann Nitsche 1919; Zetti y Casamiquela 1967; De la Cruz 1969; Casamiquela 1988; Politis 1996; Århem 2001; Martínez Sarasola 2004). Por ejemplo, entre los tehuelches y entre los mapuches las ideas de circularidad y cuaternidad como formas de organizar el tiempo y el espacio constituyen la representación más acabada de la concepción del mundo. Todas las cosas, las personas y los seres vivos son vistos como una unidad en constante interrelación y formando parte de totalidades (Bacigalupo 2003-2004; Martínez Sarasola 2004). La organización espacial de algunas actividades, como los entierros humanos, en función de los puntos cardinales fue registrada por Musters en su viaje por la patagonia: “se cose el cadáver dentro de una manta, poncho o cota de malla, si el difunto poseía alguna, y cargan con el unos cuantos parientes para ir a enterrarlo sentado y con la cara al naciente, levantándose luego, en ese lugar, un túmulo de piedras cuyo tamaño varia según la riqueza o influencia del fallecido” (Musters [1871] 1964: 253). Asimismo, Darwin en su viaje por norpatagonia realiza observaciones relacionadas con la sacralización de árboles localizados en lugares altos del paisaje “(…) nos vimos frente a un famoso árbol que los indios veneran como el altar del gualicho. Se halla en un lugar elevado de la llanura, por lo cual constituye un punto destacado visible a gran distancia” (Darwin [1833] 1968: 36-37). Estas mínimas observaciones remarcan la importancia otorgada a los sentidos de orientación espacial de algunas actividades en función de ordenamientos del paisaje como partes integrantes del proceso social de “ser y estar”, vivir y residir en el mismo (Ingold 1993; Tilley 1994; Morphy 1995; Lovell 1998).

La continuidad de esas prácticas en el tiempo genera la ordenación del paisaje y el desarrollo de una conciencia de lugares manifestada en diferentes escalas. Dicha “espacialización” promueve un proceso de preferencia histórica e incorporación habitual de lugares especiales en el paisaje (Shields 1991; Gosden 1994). Esta espacialización, expresada tanto al nivel de la imaginación social como de las intervenciones o modificaciones del espacio, tiene directas implicancias no sólo en la movilidad de los grupos, sino también en la distribución de los asentamientos y en el desarrollo de los sistemas de caminos para conectar a los mismos. De esta manera, el análisis de los caminos posibilita acceder y/o discutir, entre otras cosas, aspectos vinculados con las formas de ver y actuar (e.g. cosmovisiones) en el paisaje.

Las “rastrilladas” del área de estudio

Los caminos indígenas o rastrilladas de la provincia de La Pampa pueden considerarse como un producto cultural y en consecuencia ser visualizadas como una expresión material de la construcción social del paisaje. Sobre la base del análisis de los documentos históricos pertenecientes a los primeros agrimensores que mensuraron el territorio de La Pampa hacia fines del siglo XIX y en menor parte a las prospecciones y reconocimientos realizados en el campo, se pudo reconstruir la red de rastrilladas para el área de estudio. En este caso, de acuerdo a las dimensiones del área, el mapa de rastrilladas involucra un sector de 90 km de longitud por 100 km de ancho, compuesto por diferentes secciones de 50 km por 50 km. Los mapas que se presentan corresponden al espacio representado por las secciones VIII B (sector sur), VIII C, II A (sector sur), II D, III A y IX B. Cada una de las secciones están conformadas por cuadrantes de 25 lotes de 10 km por 10 km cada uno y ordenados de norte a sur (Figuras 5, 6, 7 y 8).

Figura 5. Reconstrucción de la Sección VIII C, sector noroeste del área de estudio
Figura 5. Reconstrucción de la Sección VIII C, sector noroeste del área de estudio
Figura 6. Reconstrucción de la Sección IID, sector centro-noreste del área de estudio
Figura 6. Reconstrucción de la Sección IID, sector centro-noreste del área de estudio
Figura 7. Reconstrucción de la Sección III A, sector sureste del área de estudio
Figura 7. Reconstrucción de la Sección III A, sector sureste del área de estudio
Figura 8. Reconstrucción de la Sección IX B, sector sudoeste del área de estudio
Figura 8. Reconstrucción de la Sección IX B, sector sudoeste del área de estudio

Esta información fue complementada con las prospecciones del terreno, por medio de las cuales se pudieron reconocer diferentes tipos de caminos. Éstos se definen por sus dimensiones (ancho y longitud de la conexión) y por la profundidad relativa en relación con los márgenes circundantes. De esta manera, los caminos conceptualizados como principales involucran territorios de grandes dimensiones, conectan diferentes ambientes y conforman “corredores artificiales” (en el sentido de Ims 1995). Entre éstos se pueden mencionar el “camino de los chilenos”, localizado por fuera y al sur del área de estudio, el cual conectaba los campos bonaerenses con Chile. Esta gran rastrillada fue utilizada y controlada hacia mediados del siglo XIX por los grupos indígenas del cacicazgo de Salinas Grandes para efectuar traslados masivos de ganado vacuno y caballar (Mandrini 1984, 1994; Palermo 1986). Además de la extensión, este camino presentaba en algunos sectores un ancho cercano a los 80 metros y tenía una estructuración lineal preponderante en sentido este-sudoeste, siguiendo la geoforma principal del Valle Argentino y conectando distintos lugares estratégicos (Díaz Zorita 1979; Berón y Migale 1991; Berón et al. 2002-2004). Esta rastrillada se constituyó a partir de la organización y ejecución de una empresa que estaba relacionada con el comercio de ganado en pie, teniendo por lo tanto funciones y sentidos básicamente económicos. Se estima que la distribución de asentamientos en el espacio promovida por los grupos Salineros y los caminos generados para conectar a los mismos, conformaron un ordenamiento del paisaje en sentido lineal y asociado primordialmente con el tráfico de ganado. La implicancia de este modelo de espacialidad, en relación con las rastrilladas, indica que las mismas tendrán un vector de direccionalidad principal en sentido este-sudoeste.

Por el contrario, las rastrilladas secundarias presentan menores dimensiones tanto en longitud como en anchura y en general están relacionadas con la organización del espacio a nivel areal. En el área de estudio, la estructuración espacial que denotan estos caminos se vincula con ordenamientos sociales y simbólicos del paisaje y con la obtención de recursos específicos antes que en función exclusiva del comercio de ganado en pie (ver más adelante). En este caso particular, hemos registrado rastrilladas de este tipo que pueden tener entre 100 y 150 km de longitud y variaciones entre los 15 y 4 metros de ancho. En cercanías de la ciudad de Santa Rosa se identificó una rastrillada de un ancho máximo cercano a los 15 metros y de una profundidad relativa próxima a los dos metros (Figura 9). Según la clasificación anterior, este tipo de rastrilladas puede ser incluido dentro de los caminos secundarios. En la mayoría de los casos, los caminos registrados en el área de estudio no superan el rango comprendido entre los 4 y 6 m de ancho con una profundidad aproximada de 1 m (Figuras 10 y 11). Por lo tanto, la mayor parte de las rastrilladas observadas en el área pertenecen a este último tipo.

Figura 9. Vista de una rastrillada secundaria en el área de estudio
Figura 9. Vista de una rastrillada secundaria en el área de estudio
Figura 10. Vista de rastrillada secundaria, Toay
Figura 10. Vista de rastrillada secundaria, Toay
Figura 11. Corte transversal de rastrillada del área
Figura 11. Corte transversal de rastrillada del área

Por otro lado, en los mapas elaborados se han reconstruido algunos recorridos de rastrilladas que presentan longitudes mayores a los 100 kilómetros. Considerando los sentidos de dirección de todos los caminos se observa una preponderancia de la orientación desde el SO al NE, desde el NO al SE y en menor frecuencia desde el N al S y desde el O al E (ver Figuras 5 a 8). La mayor cantidad de caminos en sentido SO al NE puede ser relacionada, a priori, con la estructura geomorfológica del área, en particular con los sentidos de los valles transversales, que poseen esa orientación. En principio, se podría deducir que la organización de los caminos estuvo restringida y estructurada por las características fisiográficas del paisaje. Sin embargo, al sumar todos los caminos que poseen direccionalidad diferente a la definida en relación con la topografía se observa una mayor cantidad de rastrilladas con sentidos distintos. Es decir, las rastrilladas que presentan una orientación diferente a la preestablecida por las principales estructuras geomorfológicas del área (e.g. SO-NE) representan el 70 % de los sentidos de la direccionalidad (Figura 12). Ello demuestra que la organización del tránsito no estuvo exclusivamente condicionada por la estructura topográfica, sino por el contrario fue definida de acuerdo a otras variables. Entre éstas se pueden mencionar las valoraciones, sentidos y connotaciones otorgadas a lugares específicos, la búsqueda y obtención de recursos de subsistencia (e.g. agua, pasturas, bosques) y las distancias sociales entre diferentes grupos. Las fuentes etnohistóricas de la región indican que ciertos espacios, como algunos bajos, eran considerados peligrosos y en consecuencia evitados por los grupos indígenas en sus desplazamientos.

Figura 12. Representación de los sentidos de direccionalidad de las rastrilladas del área de estudio
Figura 12. Representación de los sentidos de direccionalidad de las rastrilladas del área de estudio

En el diario del viaje efectuado por don Luis De la Cruz en 1806 por la actual provincia, se relata el diálogo que mantuvo con el cacique Carripilun en las proximidades de un lugar evitado por los indígenas: “(...) Pregunté que si no había por aquí tigres en estos parajes. Respondió que a poca distancia encontraría un totoral, y que en él había tres tigres (...) le pregunté ¿que si estarían en el totoral?, y me señaló las huellas frescas que de la bestia al totoral habían pasado; y le dije: ¿tú tienes miedo? Respondió que mucho. ¿Y tu gente?, también” (De la Cruz 1969: 320). Después De la Cruz comenta que él y otros que lo acompañaban ingresaron al totoral para demostrar a los indígenas que nada podía suceder “(…) nos introdujimos al totoral con espanto de mi Carripilun, e indios… que son cobardísimos todos estos indios” (De la Cruz 1969: 321).

También algunos lugares fueron conceptualizados como residencias de espíritus malignos o “engualichados” y posiblemente hayan sido evitados en las trayectorias del tránsito. Estas acciones hacia espacios connotados como peligrosos ha sido registrada por Falkner y Cardiel durante el siglo XVIII para la región pampeana al mencionar que los indígenas evitaban en sus viajes un gran desierto de arenas denominado “Huecuvú Mapu” o país del diablo, donde era probable morir en caso de tormentas de viento (Politis 1984; González Coll 2004). Para la región norpatagónica se han registrado algunos sectores que, de acuerdo a las valoraciones asignadas por los indígenas, pudieron haber provocado rechazos o aversiones al lugar (topofobia, sensu Tuan 1974). De esta forma, Musters relata que “además del gualichu hay muchos otros demonios que, según suponen los indios, habitan en viviendas subterráneas, debajo de ciertos bosques y ríos, y de ciertas rocas de forma particular” (Musters 1964: 255).

En este sentido, en el área de estudio algunos sectores del paisaje, como los grandes bosques de caldén, solían ser evitados por los grupos indígenas porque los consideraban lugares peligrosos. Esta connotación fue registrada por el cautivo Santiago Avendaño hacia mediados de 1840:

“(...) para llegar hasta allí era preciso atravesar un bosque de una diez leguas de ancho, espeso y solitario, sólo habitado por tigres y leones. Los indios, al pasar por el monte que dejo mencionado, mostraron su temor y trataban de pasar durante el día temprano (…) sucedió pues que nueve indios, que venían juntos, llegaron a la orilla del gran bosque. Entraron pues en consulta de si convendría atravesar el monte, estando el sol muy bajo. Casi todos fueron de la opinión que no convenía desafiar a los peligros (...) sólo uno, Painé-maiñ, tuvo el atrevimiento de oponerse imprudentemente, lanzando botaratadas contra el tigre, en mapuche Nahuel. Sorprendió a los demás el lenguaje de éste, pues jamás ningún indio había osado ofender al ‘soberano de los montes’, ni aún con el pensamiento (…)” (Hux 1999: 173-174).

Algunos estudios etnográficos y etnoarqueológicos de otras regiones mencionan que los espacios donde existían entierros humanos eran también evitados por los grupos en sus travesías y en otros casos se rechazaban lugares para ser reocupados porque allí había muerto algún miembro de la banda (Casimir y Rao 1992; Politis 1996; Larsen 1998; Lovell 1998).

Asimismo, algunos sectores eran expresamente visitados tanto para obtener algún recurso en particular como para realizar actividades especiales. Es decir, se registran caminos que se dirigen a algunas formaciones medanosas donde las fuentes mencionan la existencia de jagüeles y surgentes de agua dulce (Mansilla 1938; De la Cruz 1969). Por ejemplo, el sitio Médano Solo (ver Figura 13, sitio nro. 16) presenta surgentes de agua y rastrilladas que fueron registradas por los primeros agrimensores de fines del siglo XIX y donde también se relevaron evidencias arqueológicas (Curtoni 2007). En otros casos, hemos observado caminos que se dirigen a sectores altos del espacio (como las mesetas) y a puntos específicos en los cuales se han recuperado entierros humanos y relevado sectores con pinturas rupestres. Es el caso de los sitios Loma de Chapalcó, ubicado en la geoforma de mesetas y donde se rescataron restos óseos humanos de al menos seis individuos y Cueva Salamanca, localizada en el sector medio del Valle de Quehué, donde se registraron pinturas rupestres (Gradin 1975; Curtoni 2007).

En otras situaciones, algunos lugares son considerados especiales y conforman tabú simbólicos pues son expresamente visitados por determinados miembros del grupo para obtener recursos específicos (e.g. cañas para cerbatanas del “Cerro de las Cerbatanas”, en Politis 1996). En la región de estudio, Luis De la Cruz relata la existencia de un lugar especial acondicionado para efectuar tareas de curación (“machitum”) y separado de los asentamientos donde se realizaban las actividades profanas (De la Cruz [1806] 1969:323; Curtoni 2007). Estas connotaciones otorgadas a puntos específicos del espacio remarcan que el paisaje, lejos de ser una entidad homogénea es más bien una construcción social heterogénea y jerarquizada en lugares.

Por otro lado, anteriormente se mencionó que en esta parte de la provincia los cacicatos Rankülches desarrollaron una organización sociopolítica liderada por diferentes jefes o “caciques”, cada uno de los cuales poseía un territorio particular (Fernández Garay 1997; Bechis 1998; Hux 1998). Esta organización socio-política pudo haberse expresado, al menos para el área aquí considerada, en la forma de ocupar el espacio. Es decir, algunas parcialidades pudieron generar formas particulares de uso del paisaje vinculadas con una distribución circular de los asentamientos. Este esquema ideal prevé diferentes círculos de ocupación ubicándose en el centro de cada radio los caciques de mayor poder y diseminados de manera concéntrica (centrífuga) hacia afuera, numerosos asentamientos de caciques menores y capitanejos. Estos emplazamientos tenían por función, entre otras, avisar a los caciques cuando alguien ingresaba en ese “círculo protegido” y para ello utilizaban senderos y caminos secundarios. De esta manera se aseguraba la protección del centro en base a un sistema de circulación de la información desde el exterior hacia el interior y viceversa. El acceso y manejo de la información dependía de la buena organización del cacicazgo. Los ‘datos’ circulaban en diferentes escalas y se centralizaban en la autoridad del cacique y cuanta mayor información se poseía, mayor era el liderazgo y poderío de la parcialidad (Bechis 1989). En este esquema, la distancia espacial de los asentamientos con respecto al centro está en relación con una estructura jerárquica, donde los capitanejos de menor poder y prestigio se ubican en los círculos concéntricos periféricos, más alejados. Una de las expectativas que se puede generar a partir de lo anterior, es que el sistema de caminos perteneciente a un lugar central o cacique principal será concordante con un esquema radial, es decir, varias rastrilladas saliendo desde el centro de manera concéntrica. Esta idea se fundamenta en la premisa que los caciques de mayor poder son los que controlan y concentran la circulación de información, bienes y recursos (Mandrini 1984; Bechis 1989). El reconocimiento y reconstrucción de las redes de caminos para el área centro-este de la provincia de La Pampa permitió identificar, en parte, este esquema circular de disposición de las vías de tránsito a partir de un centro principal. Hacia mediados del siglo XIX el cacique Nahuel Payún tenía su asentamiento principal en la zona de los Médanos de Toay (Hux 1998, 2003). A partir de este sitio central se puede observar la disposición radial de las rastrilladas y de otros asentamientos de menores dimensiones distribuidos de manera concéntrica por el territorio (ver Figura 13). Esta misma disposición de las rastrilladas se observa a partir de los sitios Médanos de Peñin, Laguna San Adolfo, Médano Solo, Los Álamos y Laguna de Chapalcó (Figura 13, sitios 6, 8, 16, 19 y 29). También se refleja en los sectores identificados como “A”, “B”, “C” y “D” (Figura 13). El sector designado “A” es referenciado por los primeros agrimensores como “Ganzo Lauquén”, donde existían importantes tolderías, lagunas, jágüeles y ojos de agua dulce, perteneciendo a las parcialidades del cacique Pincén (Piana 1981).

Figura 13. Reconstrucción del sistema de caminos del área de estudio y relación con algunos de los sitios arqueológicos registrados. Esta reconstrucción se hizo anexando las cuatro secciones anteriores
Figura 13. Reconstrucción del sistema de caminos del área de estudio y relación con algunos de los sitios arqueológicos registrados. Esta reconstrucción se hizo anexando las cuatro secciones anteriores

Esta forma particular de ocupar el paisaje, prevista para el área de estudio, no invalida la existencia simultánea de otras formas de uso del espacio y que podrían vincularse con otras modalidades no circulares de distribución del tránsito y de las rastrilladas que reflejan al mismo. Específicamente referimos a la presencia de algunos caminos, de menores longitudes, que expresan conexiones diferentes y que podrían estar relacionados con la adquisición de recursos, la selección de lugares especiales y con la consideración de otros como prohibidos y/o evitados. En este sentido, las diversas rastrilladas denominadas “E” y “F” señalan la selección de sectores específicos del paisaje como bosques, aguadas y lugares altos (e.g. mesetas) indicando sentidos del tránsito distintos, aunque complementarios, al modo circular.

Los territorios indígenas y las connotaciones de territorialidad asociados, se fueron conformando por la concurrencia de diferentes aspectos y factores (e.g. económicos, sociales, políticos) en un proceso complejo, multidimensional, dinámico y contingente. Un reflejo de esto podría asociarse con la distribución de asentamientos en el espacio y la conformación de una red de caminos para interconectar a los mismos y a otros sectores del paisaje. Una de las principales expresiones del poderío político de esos momentos fueron las rastrilladas y el control ejercido sobre éstas y los recursos circundantes. De esta manera, las rastrilladas pueden considerarse como parte de la expresión de un amplio sistema de control social, político y económico de los grupos indígenas, extensiones del poder central tendientes a reafirmar y asegurar la posesión y manejo de un territorio (Curtoni et al. 2002).

En definitiva, tanto el hecho de evitar lugares como la acción manifiesta de acceder a los mismos, además de expresar intenciones y valoraciones sociales, genera una organización de los desplazamientos humanos que trasciende las limitaciones estructurales del entorno. Esta observación es importante porque permite, a través de una evidencia arqueológica regional como los caminos, plantear que las características ambientales del área de estudio no determinaron los desplazamientos y la movilidad de los grupos humanos. En este caso, los sentidos de la transitabilidad se plasmaron de acuerdo a la distribución espacial de recursos específicos como también por medio de las formas de ver y actuar sobre el paisaje, es decir, por una cosmovisión expresada en el tiempo/espacio y transmitida posiblemente de generación en generación (Curtoni et al. 2002). Al respecto, es interesante notar la correspondencia espacial entre las rastrilladas y los lugares arqueológicos registrados en el área de estudio. En la mayoría de los casos hay un notable solapamiento entre los sectores que conectaban estos caminos con los sitios arqueológicos relevados. Esto se observa en los sitios arqueológicos de Bajo Palomas, Laguna Loncoché, Médanos de Peñin, Laguna San Adolfo, Laguna del Médano Blanco, Médanos de Toay, Laguna de Carricaburu, Médano Solo, Laguna del Potrillo Oscuro, Estancia Los Álamos, Bajo de Coni, Laguna El Paraíso, Laguna de la Ruta, Bajo del Medio, Sector Camping, Manantial Naicó, Laguna de Paisani, Laguna del Fondo, Laguna de Chapalcó, Loma de Chapalcó y Cueva Salamanca (Figura 13).

Por último, los mapas de los primeros agrimensores no registran rastrilladas que atraviesen algunos sectores del área, como el Bajo del Tigre (sitio Nro. 10) a pesar de sus considerables dimensiones. Por el contrario, el camino que viene del noroeste pareciera evitar este bajo tornando hacia el sur para luego retomar el rumbo sudeste (ver Figura 13). Las prospecciones realizadas en este lugar no permitieron identificar posibles rastrilladas en la actual superficie ni tampoco evidencias arqueológicas.

Teniendo en cuenta la información aportada por viajeros del siglo XIX, como Luis De la Cruz, es posible plantear que este bajo haya sido considerado, como otros sectores, un lugar peligroso para el tránsito humano y de esa manera ser evitado en los desplazamientos (De la Cruz 1969). Estas correspondencias entre lo histórico y lo arqueológico, expresadas en parte en la recurrencia en el uso de los mismos sectores del paisaje, sugieren, en principio, que la temporalidad de conceptualización, uso y ordenamiento del espacio, podría remontarse a momentos prehispánicos. Estas observaciones, de carácter preliminar, deberán ser exploradas con mayor intensidad y con el aporte de nuevas evidencias.

COMENTARIOS FINALES

Considerar a los caminos como la causa y consecuencia del traslado y comercio de ganado o como el producto exclusivo de actividades de subsistencia, constituye una explicación que por un lado, simplifica una situación que era más compleja y por otro lado, homogeniza las causas y variables por las cuales las redes de caminos fueron conformándose. En el área de estudio, las rastrilladas registradas presentan diferentes direcciones, la mayoría son pequeñas, conectan distintos tipos de asentamientos y lugares, en algunos casos evitan determinados espacios posiblemente conceptualizados como tabú simbólicos y parecen estar estructuradas en función de sentidos, intenciones, formas de concebir y usar los alrededores percibidos y vividos. Por medio del análisis de reconstrucción de los caminos y del trabajo de campo se observa un ordenamiento espacial relacionado con el uso de lugares especiales, la localización de asentamientos en el paisaje y en consecuencia, con el sistema de caminos que los conectaba. La forma de este ordenamiento, al menos para el siglo XIX, parece expresar un esquema circular y otros modos complementarios de uso del espacio, por medio de los cuales los grupos indígenas pudieron haber plasmado distanciamientos sociales, formas de conceptualizar el entorno, modalidades de adquisición y manejo de recursos y territorios. Asimismo, el esquema radial de disposición de las rastrilladas representa de alguna manera los sentidos de esa forma circular de ocupar el espacio que se encontraba sustentada, entre otras variables, por las diferencias de jerarquías socio-políticas entre los distintos caciques (Bechis 1989, Hux 1998).

En otras palabras, la organización de esta compleja red de conexiones, en el área de estudio, pareciera que tuvo poco que ver con la mega-empresa de traslado de ganado en pie desde Buenos Aires a Chile (Díaz Zorita 1979; Mandrini y Ortelli 1992; Rojas Lagarde 2003). Para esta empresa de comercio en gran escala el vector de dirección preponderante que se ha propuesto se orientaba en sentido SO-NE buscando los pasos cordilleranos (Díaz Zorita 1979; Mandrini 1994). Esta actividad estuvo asociada principalmente al camino de los chilenos y con la serie de asentamientos dispuestos en Valle Argentino en territorio Salinero. Por otra parte, en el área aquí tratada, los sentidos de direccionalidad de las rastrilladas tienen preponderantemente otras trayectorias. De esta manera, es posible sostener que los caminos indígenas, en esta parte de la provincia de La Pampa, no estuvieron relacionados exclusivamente con el sistema de traslado de grandes cantidades de cabezas de ganado. Por el contrario, las rastrilladas pueden ser vistas como la manifestación de una cosmovisión que se expresó en el paisaje por medio de la jerarquización del mismo en lugares significativos y/o especiales, por el establecimiento de condicionamientos sociopolíticos y a través de los usos económicos efectuados en el territorio Rankülche. Estas características otorgan al estudio de las rastrilladas una singular relevancia porque permiten interpretar una forma de concebir el paisaje que está impregnada de un sentido tradicional que se contrapone con el ordenamiento cartesiano-moderno impuesto posteriormente por las formas de pensar occidentales.

NOTAS

1. Se debe aclarar que los mapas reconstruidos por los primeros agrimensores representan una imagen parcial del paisaje de la época, dado que las descripciones de los mismos se limitan a los bordes de los lotes o cuadrantes catastrales. Ello explica la ausencia de datos en el interior de cada lote y también el hecho de que muchas rastrilladas se encuentran cortadas y sin conexiones. Por otro lado, también debieron intervenir intereses personales y valoraciones subjetivas, sobre todo considerando las diferencias de registro entre los distintos agrimensores.

2. El origen de los Rankülches ha sido discutido en algunos trabajos y se ha aceptado que para la provincia de La Pampa las primeras referencias históricas corresponden al siglo XVIII (Poduje et al. 1993; Mayol Laferrere 1996; Fernández 1999; Jiménez 2003). También hay cierto consenso en que se formaron en un proceso de mezcla y reemplazo entre grupos locales anteriores e indígenas chilenos que ingresaron al territorio argentino (Poduje et al. 1993; Hux 1998). Esta visión, legitimada desde la historia, contrasta con la opinión de los representantes indígenas actuales y aún con datos provenientes de fuentes primarias como el diario de viaje de Luis De la Cruz en 1806, donde el cacique Manquel en diálogo con De la Cruz sostiene que los indígenas habitan allí “desde tiempos inmemoriales y que así lo escuchó de sus antepasados” (De la Cruz 1969: 243; Canhué 2003).

3. El espacio cartesiano es un tipo de visión derivada de las propuestas de René Descartes (1596-1650), matemático, filósofo y fisiólogo francés, por medio de la cual expresaba la supremacía de la racionalidad y la concepción del mundo como un lugar externo al que se puede acceder a través de una representación mental. Esta forma de concebir y ordenar el espacio y visualizar el mundo implicó también una forma de idealizar la ciencia y la tecnología como vehículos de un progreso sostenido y predecible. También Descartes fue el responsable de idear un sistema de ordenamiento espacial basado en coordenadas y compuesto por dos líneas rectas o ejes perpendiculares entre sí. En honor a Descartes, esta forma de designación de los puntos se conoce como sistema cartesiano y los dos números (x, y) que definen la posición de cualquier punto son sus coordenadas cartesianas (Gosden 1994; Hernando 1999; Kalpokas 2005).

AGRADECIMIENTOS

Al Comité Editor de la Revista por la buena disposición. A los evaluadores del trabajo quienes, con sus observaciones, lo enriquecieron. A Lidia Nacuzzi por sus comentarios y a Manuel Carrera por su participación en la investigación. Nuestros trabajos se enmarcan en el INCUAPA (Investigaciones Arqueológicas del Cuaternario Pampeano) dirigido por el Dr. Gustavo Politis y financiado por Agencia Nacional de Promoción Científica y Tecnológica (ANPCyT), PICT 04-12776.

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